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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Figuras expresivas


Las buenas caricaturas reflejan como nadie detalles inverosímiles


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
viernes, 16 de diciembre de 2011, 08:53
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A todos nos ocurrió alguna vez, cuando tuvimos una sensación estupenda o preocupante, estimulante o terrorífica; y al tratar de explicarla con palabras no alcanzábamos la precisión adecuada. Queríamos decir …pero no lo decíamos. Quedó desvaída la impresión que pretendíamos transmitir. El manejo de las palabras y sus correspondientes SIGNIFICADOS, abre muchas posibilidades; pero, traduce al mismo tiempo nuestra impotencia para dominarlas. Ocurre en los diversos asuntos tratados, el amor o las penas, la ciencia o la metafísica. O bien la frase nos quedó recortada, dejando ideas ocultas; o tecleamos en exceso , cuando no pretendíamos decir tanto. Los deslices y las carencias adquieren facetas infinitas. Además, las insuficiencias y los excesos coinciden con frecuencia.

Desde las dificultades mencionadas, en la práctica diaria abocamos a los intentos de plasmar en una figura llamativa a la idea reticente. Por quello del simbolismo y las propiedades de deteminadas imágenes para destacar un hecho o una circunstancia concretos. Las buenas caricaturas reflejan como nadie detalles inverosímiles. La condensación de caracteres en una FIGURA, ejerce dos funciones primordiales, resume ciertos contenidos amplios y revela interioridades imprecisas e invisibles por otros medios. La condición requerida será, que sea fácil su visualización. También los efectos especiales intervienen en estas manifestaciones, las luces y las sombras modifican con gran influencia los resultados finales. Las aplicaciones de estos elementos en la convivencia habitual son ricas en graciosas o tétricas representaciones. Las veamos o no las detectemos, pululan mezcladas con el conjunto de la población.

No por mucho hablar de las éticas y conciencias aumentarán estas su consistencia. Está comprobado hasta la repugnancia la distorsión que va desde la práctica a las afirmaciones teóricas. Cobran prestancia los relatos sobre PINOCHO en el comienzo de sus correrías. Los atrayentes placeres le presentan su invitación; ahora, podríamos decir, fama, posición y sobre todo dinero. Abundan los “pinochos” que ante la oferta ambiental olvidan los reparos, actúan sin freno y recurren al disimulo de la mentira taimada. Dado que no les crece la nariz ni otros reflejos gráficos de su mendacidad, la credulidad de la gente admite sus andanzas como actos situados dentro de la normalidad. El Pepito Grillo de su conciencia o de su ética parece criticarles de forma suave. Entre crédulos y blandos, las falsedades adquieren rango de habituales. Ya no hay distinción, la normalidad, por mala o estúpida que sea, equivale a la bondad, ética o moral imperantes. El protagonista de cuento fue el menos perversos de los pinochos.

Uno pudiera llegar a pensar que al tratar con la Naturaleza y con sus componentes humanos, la clave de sus elucubraciones y actos tuvieran su centro en la diversidad, en la conducta a seguir dentro de la misma. ¿Hay algo más evidente que el reparto desigual de las características? Digamos que un cierto equilibrio o un cierto desequilibrio controlado serían los objetivos centrales. Pero esa riqueza de variables rompe todos los moldes (No existen dos seres idénticos), exige un trabajo continuado de adaptación y no es recibido con agrado por la modernidad. Ahora corren tendencias amigas de la CLONACIÓN y sus aires uniformistas, aunque se cacaree lo contrario. Desde los cereales a los animales, es una figura moderna en alza. Por la vertiente que la miremos, cuesta apreciar las ventajas de dicha uniformidad; es curioso, sería la única del ancho universo, puesto que los genes diversifican sus potencias en relación con las diversas facetas ambientales. Si tomamos en serio y con ambición de futuro a la clonación, asemeja a un juego de aspirantes a dioses que jamás llegarán a serlo.

También es cierto, y desde mucho antes de pensar en la clonación, que hay numerosas tretas para la abolición de los brotes de personalidad autónoma. Con cierta lógica, esa independencia de los criterios no satisface a los mangoneadores. Dado el derecho de todos y cada uno a ejercer de persona, sin dominios ajenos no autorizados, conviene la denuncia tenaz de la intención perversa para abolir las particularidades. Sin embargo, la figura de los TÍTERES es prolífica; en los diversos ámbitos hay voluntarios para manejar los hilos de los supuestos muñecos. Aunque sea lamentable, tampoco escasean quienes actúan adaptados a los mencionados manejos, por comodidad, por otros intereses o simplemente por estupidez. Los ciudadanos pasivos, movidos por los tirones del titiritero de turno, son muy visibles en las instituciones y partidos políticos. En la población general, el número de adaptaciones es preocupante. Lo que solía deparar un buen espectáculo en los escenarios, casi siempre entrañable; adopta un sentido maléfico cuando la sociología los incluye como reflejo de unas conductas impropias, del abusón y del consentidor, porque ambos colaboran.

Entre las cualidades espléndidas del hombre reluce una, la inteligencia; sus potencialidades rozan los infinitos. Junto a esa capacidad, observamos en ella desde las primeras manifestaciones, una característica muy propia de los humanos, la ambivalencia. La majestuosa cualidad puede derivar sus influencias hacia la persecución de los mejores logros o medrar en la maleficiencia. Las experiencias actuales descubren abundantes aplicaciones desdichadas de la inteligencia, a las que aplico el emblema del CUERVO, siempre de gran riqueza simbólica. A este animal le achacamos una gran capacidad de discernimiento, sabe elegir lo más conveniente para él. Por ello fue utilizado por los arúspices en tareas adivinatorias. Aunque los malos presagios le crearon fama de un ave de mal augurio. Su carácter aprovechador de desperdicios añade un tinte sombrío a su imagen. E. A. Poe expresa ese mal aire, apegado a las penas y reiterativo, en su poema “El Cuervo”. El cuervo “Nunca más” acentúa con pesadez las cuitas del protagonista. Traduce una especie de regodeo en torno a los males. De cuervos, inteligentes, pero con muy malas artes, deberemos calificar a un sinfín de personajes públicos. Su orgullosa apariencia no dulcifica sus criterios o actuaciones. La gentuza con estas actitudes es mostrada en cada informativo y cualquiera observará un amplio muestrario. Su proliferación es un sino del cual no acabamos de librarnos.

Son tantas las pamemas y engañifas, que extienden la indefinición de la población. Es realmente un gesto de impotencia, y este, si que lleva camino de ser global. Unos disfrazan sus labores artísticas para el saqueo, otros alardean en su trajín de sus familias supuestamente intocables y otros recurren a sus habilidades tecnificadas. Todos colaboran para invertir aquella curiosa popularidad de ROBIN HOOD. Volvieron obsoleto al luchador implicado en el desvío de beneficios hacia los necesitados. Ahora devienen en luchadores que dirigen sus inquietudes justo en la dirección inversa, para evitar a la población ocupaciones de la mente, ellos arramblan con todo lo posible; a la gente sólo le dejan el sufrido lamento. Y no solamente dinero, dirigen las informaciones, los nombramientos en diversas áreas de la gestión social y quién sabe que perversas maquinaciones. Son auténticos exprimidores de quienes tengan a su alcance, invirtieron el sentido de las entrañables narraciones sobre el héroe.

Asombra la excesiva tolerancia con tantas muestras visibles. ¿Porqué será?

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