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Espacio de encuentro

Víc
Redacción
domingo, 24 de abril de 2005, 22:07 h (CET)


ESPACIO DE ENCUENTRO
Pienso que nos hace falta un punto de encuentro, coincidente en autenticidad para poder sobrellevar el mundo más en blanco que en negro. Tras el concepto sociológico de lo “políticamente correcto” inventado en los Estados Unidos para que pase la vida sin ofender demasiado visiblemente a nadie, yo prefiero algo más hispano de normalización de la mirada y regulación de hechos. Lo de hacerse ver y oír con la verdad por delante puede ser un buen propósito. O si se quiere, algo más genuino como puede ser la fijeza del Caballero de la Triste Figura en la búsqueda por la supervivencia, por el inextinguible anhelo de sobrevivir contra todas las calamidades, mediante el tesón de la voluntad. A veces nos falta ardor para entrelazar tonos y timbres en este universo de gamas, una actitud visionaria de reencontrarnos. Al contrario que a don Quijote, nos mueve poco el afán aventurero. Y la vida, en definitiva, es eso; una aventura, un haz de pequeñas cosas para seguir adelante. Ya se sabe, vivir es nacer cada momento. Los hay que abandonan en el intento.

Frente a ese afán de lo “políticamente correcto”, todo un dislate a soportar, utilizado hasta la saciedad por la clase política hispana a la que le desvela más los votos que el bien común, recapacito y pondero la idea útil de fijar un punto de encuentro donde se reencontraran las artes y las letras, las ciencias y las conciencias, los tiempos históricos y los espacios actuales. Porque la verdad es un lenguaje de bondades y rebelión, de novedad y permanencia, de transgresión y de observancia… Considero buena estela el programa de vida de Benedicto XVI, que consiste en hacer la voluntad de Dios, no sus ideas; quizás los gobiernos de todo el mundo también tendrían que hacer más la voluntad de todos los ciudadanos, sin exclusión alguna, y menos partidismo interesado. Todas las artes, incluida la literaria, refleja al hombre y al mundo, pero sin dictados ni obediencias ideológicas, que no sea la verdad en su estado níveo como texto, contexto o pretexto. Estos maestros de veracidades profundas y de postulados hondos, la humanidad no debe olvidarlos. Pues, a través de ellos, es como la belleza recuerda su verdadera vocación: la eternidad y los estremecimientos.

Precisamos un punto de acuerdo y acordar que la vida es para vivirla. Por ello, se precisa conciliar la amistad con el descubrimiento del amor, (el amor hay que descubrirlo cada día), hacer un pacto de dominio de la corrupción tan extendida en mundos enfrentados, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad en naciones, nacionalidades o pueblos, que debieran ser más exigentes en cuanto a hacer realidad lo que se predica de Estado social y democrático de Derecho. El Premio Nobel de Literatura, Seamus Heaney, versificó que “cuando Francisco predicaba el amor a los pájaros/ lo escuchaban y revoloteaban, y aceleraban su respiro/ al cielo azul, como bandada de palabras…”, para luego interrogarse sobre el mejor poema escrito por los labios del santo, que no era otro que “su hipótesis sincera”. Ahora nos sobra hipocresía en la escucha, dobleces en el vuelo y palabras de fingimiento. Olvidamos que, sin franqueza, nunca brilla claridad alguna. Por consiguiente, se me ocurre, que una buena manera de acercar pensamientos, sería aquel revoloteo que mane rectitud en el batir de alas. Todo pasa por el adiestramiento. Lo educativo, es la única posibilidad de una revolución pacificadora por la que vale la pena vociferar desde todos los foros como desde todas las aulas.

En verdad, todos los altares son pocos para la educación. La familia, la escuela, las instituciones… y también las empresas. Es una buena noticia que, en el mundo empresarial, sean cada día más las sociedades que crean una fundación social o cultural. Personalmente razono que debiera ser de obligado cumplimiento fundar este tipo de mecenazgo. Tan importante debiera ser producir ganancia económica como beneficio cultural. Quizás tengamos que llevar la economía más al corazón y hacer de su poder, un alma de vida. La cultura es lo único que nos universaliza. De ahí que sea tan vital cultivarla. Que nadie se abandone en el cultivo. Es preciso hacerlo, hasta para producir una verdadera liberación comercial se precisa antes haber cosechado una acertada liberación cultural. Nos falta perseverancia por la armonía de las identidades que han de identificarse cada ser con la totalidad del mundo, la búsqueda de un vida más plena, fértil y más feliz Por el contrario, la opulencia de líneas directrices, de planes que nos esclavizan en exclusividades sin sentido, tan sólo para aumentar la competitividad de empresa, más que humanizarnos nos deshumaniza.

Me reafirmo, pues, en la urgente necesidad de un espacio de encuentro donde nadie se sienta extranjero. El problema no es que miles de inmigrantes que quieren entrar en España superen el examen del padrón con documentos que no prueban nada; la cuestión es bien distinta, poder dar vida digna a los que vida buscan; sin hacerles padecer experiencias laborales próximas al esclavismo, con una indefensión absoluta en ocasiones, en cuanto a protección social y económica de la familia que raya la dominación, sumisión y vasallaje. Para esta apertura no hace falta ser un Séneca. Hay que tener otro espíritu de entendimiento, de comprensión y confraternidades. En lugar de mantener la confusión de lenguas, hemos de esforzarnos por hablar un lenguaje colectivo, en el que todos nos hallemos, a fin de reconstruir vecindarios que se hablen y, así, construir la unidad de una familia; la humana, que no por crecida ha de ser desatendida. Contamos todos, como dice el eslogan de la radio pública. Debiéramos contar. El punto está en el punto en el que nadie se aparte. O sea, en hacer común lo que es común para hacer comunidad y continuidad: el amor como espacio de encuentro. No hay otro salvavidas.

Víctor Corcoba Herrero
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