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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Corea Norte   -   Sección:   Opinión

Kim-Jong-Un providencial para Donald Trump

Peor que un dictador al uso
Miguel Massanet
jueves, 10 de agosto de 2017, 08:55 h (CET)
Todos sabemos que, el actual presidente de la república comunista de Corea del norte, es un sujeto sicópata, un dictador inhumano y un peligro potencial, no sólo para sus vecinos de la China, la India y el Japón sino que, incluso, con el potencial balístico del que dispone y la potencia nuclear que controla, puede constituir una amenaza para todo el mundo civilizado, si se tiene en cuenta que tiene atemorizado a su propio pueblo a los jefes militares de su ejército y a todo aquel que sabe que un simple error, una inconveniencia o un mínimo descuido en el momento de rendirle sumisión o acatar sus locuras, puede significar sentencia de muerte para el infeliz que lo cometa.

Sin embargo, este loco, esta persona que es peor que un dictador al uso, debido a la insania que se ha apoderado de él, puede llegar a constituir una de las bazas al alcance del señor Trump, que le permita recuperar parte del prestigio que ha perdido durante este primer periodo de seis meses de su mandato; en parte por su falta de experiencia en el mando, en parte por sus maneras impulsivas de actuar y también por los ataque, en ocasiones infundados y tendenciosos, que los demócratas, enrabietados por la derrota inesperada de los Clinton y decepcionados por haber perdido unas elecciones que se habían creído tener aseguradas, y la colaboración, verdaderamente suicida, de una parte de los políticos republicanos, que no han sido capaces de asimilar las formas, evidentemente poco ortodoxas de su representante en la presidencia de los EE.UU, y han optado por la división ( algo que, en cualquier partido en el que se produzca, viene a representar su sentencia de muerte) encabezada en este caso por el señor McCain, el senador por Arizona, que no se sabe si por la enfermedad que padece, por ganas de encabezar una rebelión dentro de los mismos republicanos o por este afán de notoriedad que algunos, que nunca han conseguido alcanzar sus objetivos, se empeñan en expresar, en los momentos menos oportunos políticamente.

Es evidente que, la forma alocada y evidentemente suicida del comportamiento del líder coreano, está creando, con sus provocaciones y amenazas, una situación de gran tensión en aquella zona del Pacífico; donde Corea está situada estratégicamente en una posición que le permite amenazar con misiles de crucero de mediano alcance a China, Rusia, Japón, Taiwán, Filipinas y la base americana en la isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas. El intercambio de amenazas y la falta de contención de Kim-Jong-Un hace que el juego se esté convirtiendo en peligroso y, en este caso, es evidente que el pueblo americano, caracterizado por sus respuestas unánimes cuando se ha visto amenazado desde el exterior, olvidándose de cualquier diferencia interna, va a estar con Trump en el caso de que el coreano tuviera la mala idea de seguir con sus provocaciones.

Puede que, desde Europa, pensemos que estamos muy lejos de aquellos países y que, lo que suceda en aquellas latitudes, difícilmente nos va a afectar a nosotros; pero cuando hablamos del uso de armas atómicas, del lanzamiento de proyectiles intercontinentales o cuando naciones de la importancia del Japón o la India pudieran ser objetivos de Corea o de la misma China, todo lo que suceda que pudiera iniciar una seria de ataques y represalias, sin duda alguna acabaría por afectar a todo el mundo, en una contienda de dimensiones catastróficas para toda la humanidad. Es curioso que fuera el señor Trump el que, en su campaña electoral, apelara al patriotismo de los ciudadanos norteamericanos; el que acusó a Obama de haberse arrugado ante las amenazas rusas en el caso de Crimea o el que retiró con precipitación tropas de Irak, provocando que las huestes del EI o Daesh pudieran progresar en su ofensiva, como también lo hicieron en Siria, hasta que los rusos se dieron cuenta de que si no se apoyaba a Bashar-Al-Assad toda Siria acabaría, al poco tiempo, en manos de los insurgentes islámicos. Y tampoco deja de llamar la atención que, si bien es cierto que la popularidad del presidente Trump está solamente en un 37%, los analistas coinciden en decir que, a pesar de todo, el suelo electoral del señor presidente se mantiene en parecidos números de cuando fue ganador de las elecciones presidenciales.

Es España hemos tenido la desagradable sorpresa de comprobar que, unos advenedizos, subvencionados desde Venezuela y con el apoyo de algunas cadenas televisivas españolas, curiosamente de propiedad del señor Berlusconi, permitieron a los del partido Podemos, hacerse con 5 millones de votos que nadie, en su sano juicio, hubiera podido pensar que iban a conseguirlos en un país, integrado en la UE y, por añadidura, dentro de una democracia que lleva vigente desde que en 1978 cuando se promulgó la Constitución, con un amplio respaldo de todo el pueblo español. Esto quiere decir que, en política, a veces, depende de pequeños estímulos para que lo que se ve verde en unos momentos, al poco tiempo, todo el mundo lo vea repentinamente de color rojo.

Es evidente que hay una corriente nueva, realimentada desde países de izquierdas, por la que se vuelve a intentar poner en marcha, con el nombre de populismo, lo que antes conocíamos como comunismo; fruto de la sonada revolución rusa de octubre de 1917 (la de febrero fue otra cosa). En esta ocasión, el foco surgió de algunos países de América latina, en los que, con el pretexto de la mala situación de muchos indígenas, de los abusos de gobiernos de terratenientes que, a su vez trajeron revoluciones y contrarrevoluciones, ahondando en la miseria del pueblo, los agitadores de este nuevo anarquismo indígena encontraron terreno abonado para implantar el comunismo y, seguidamente, la dictadura impuesta a la fuerza, que es la que todavía persiste en algunos de aquellos países víctimas de su propia incapacidad para luchar contra lo que les fue impuesto a la fuerza.

Es evidente que, como empieza a suceder en los EE.UU, una parte de la ciudadanía intenta rebelarse en contra de su propio sistema democrático, como los separatistas y los comunistas buscan desacreditar nuestro sistema democrático; intentando que los gobiernos democráticos cada vez se encuentren más mediatizados por grupos, etnias, lobbies, mafias y antisistema que van intentando minar el orden, la seguridad, la ética y la moral, para así ir avanzando en sus propósitos de menospreciar las urnas y los resultados de las mismas para intentar implantar la acción directa, el asamblearismo, la voluntad de los grupos más influyentes o de aquellos que tengan más fuerza para ir imponiendo sus propias leyes que, para nada, tienen que parecerse a las de una democracia y que, indefectiblemente, acaban desembocando en un dictadura de los más duros, los más implacables y los más intolerantes, uno de cuyos mejores ejemplos lo tenemos en el señor Maduro de Venezuela.

Trump puede tener sus limitaciones, sus defectos, su falta de continencia verbal o sus carencias que, sin duda pueden impedir, al menos por un tiempo, que algunos temas puedan ser solucionados a satisfacción de las mayorías pero, hasta que se produzcan unas nuevas elecciones, hasta que se demuestre que la mayoría que lo ha apoyado para su llegada a la presidencia deje de apoyarlo, todos los americanos que crean en la democracia tienen la obligación de ayudarle a gobernar para todos y no pasarse, como ocurre en estos momentos, buscando la menor imperfección que se le pueda señalar para impedirle gobernar, algo que viene sucediendo con las dos cámaras, empeñadas en contradecirle en todas las decisiones que toma, algunas de las cuales de más sentido común del que algunos pretenden negarle.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, cuando vemos lo que está sucediendo fuera de nuestras fronteras ( lo que sucede dentro ya es suficiente para no dejarnos dormir a gusto), no nos queda más remedio que empezar a temblar si, por una parte, las hordas de yihadistas siguen intentando trasladar los efectos de las derrotas que los ejércitos que luchan en contra del EI, poco a poco les vienen infringiendo, arrebatándoles todo el terreno del que se habían apropiado; sustituyendo la influencia que han perdido sobre el terreno de batalla, por un incremento del terrorismo en los países europeos, sobre los que parecen dispuestos a descargar su decepción por sus pérdidas territoriales, y por la otra, vemos que la UE sigue mirándose el ombligo entretenida en cuestiones internas, descuidando lo esencial que, en este caso, aparte de la defensa contra la amenaza terrorista sigue sin dedicar a la defensa las cantidades que serían precisas para ser capaz de defenderse de quienes pudieran intentar aprovecharse de su debilidad.
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