Corría el año de gracia de 1975 cuando, promovidos por los norteamericanos y puesto en planta por el rey alauita, una ingente masa de civiles avanzó hacia la provincia española de Sáharacon el objeto de apropiársela. La enfermedad terminal de Franco –aunque en su lecho de muerte dijera: “Guerra a Marruecos”-, añadida a la delicada situación política que vivía España, facultaron posiciones intermedias por parte española como el minado de la frontera con Marruecos y una movilización del Ejército que se resolvió en una retirada vergonzante pero humanitaria, porque nadie, ni los españoles siquiera, hubiéramos visto con buenos ojos que se sacrificaran civiles inocentes por ninguna causa. Perdimos el Sáhara, abandonando a nuestros civiles y compatriotas saharauis, y fueron muchos más los civiles –españoles, pues que lo eran los saharauis- los que pagaron con su vida y con la pérdida de su patria aquella maniobra artera pero eficaz. Los fosfatos de Bucráa, la mayor reserva del mundo, bien valió tal acto de prestidigitación política del Imperio, y aún una guerra, si hubiera llegado el caso.
El resultado, pues, fue mucho mejor que el soñado por quienes diseñaron esta nueva modalidad de conquista pacífica, si es que así puede llamársela. Cierto que aquella paz fue en realidad una guerra, pero sobre todo fue un ensayo de novedosas estrategias que, debidamente analizadas y depuradas, hoy se están poniendo en práctica por doquier para derribar gobiernos inconvenientes a los intereses de quienes pueden manejar a las masas, y sustituirlos con otros más de su conveniencia.
No mejoraron los marroquíes sus condiciones de vida después de la Marcha Verde, ni lo han hecho los albano-kosovares, los egipcios, los libios, los yemeníes o cualesquiera otro pueblo que se haya implicado en revueltas de parecida índole. Ganaron los que explotan los recursos, pero no los ciudadanos, quienes siguen pagando los mismos o mayores impuestos, padeciendo parecidos males y, quizás, hayan abonado un alto precio en vidas por cambiar el orden de la Historia en beneficio de algunos que están interesados en reordenar las naciones en base a sus espurios intereses.
Japón, por ejemplo, fue obligado al comercio… mediante el bombardeo de Tokio por la marina norteamericana en los albores del siglo XX. Así es como se arman los grandes negocios. Detrás de cada conflicto, por lo común hay intereses económicos, riadas de millones, multinacionales, y no sólo de la industria armamentística. La inestabilidad política y social de los países con recursos es algo que interesa mucho a los poderes financieros, y hacen todo lo posible por promoverla, ya sea con maniobras de corrupción, ya con el ardid de crear bandos, apoyando simultáneamente a ambos para usarlos según les conviene. La marca y la contramarca del mismo fabricante, en fin, algo que es sobradamente conocido como un recurso de eficacia demostrada por cualquier individuo formado en estrategia comercial o de mercado.
Las agitaciones sociales espontáneas, permítanme decirlo clarito para que todos lo entiendan, son ilusiones que sólo pueden tener cabida en los muy crédulos o en los muy ingenuos, o aún en quienes tienen una muy precaria formación en Historia. Los pueblos siempre, siempre, han sido manejados, frecuentemente usando los poderes loables eslóganes para conseguir los fines más abyectos. Ejemplos sobran. Y hoy, en vista de que parece haber toda una generación de ingenuos, estas tácticas tan aberrantes se están poniendo de moda en medio mundo, precisamente el mismo que algunos intereses pretenden reorganizar conforme a sus conveniencias.
Como suele suceder con los planes ambiciosos, siempre se comienza con objetivos mínimos que puedan servir de ensayo para aplicar medidas de corrección si se aprecian desviaciones de método, y así está sucediendo con el mundo y las Marchas Verdes. Funcionó en Marruecos, pero tuvo un costo excesivo en Yugoslavia. Se aplicaron planes de corrección y contingencia, y se aplicaron en Egipto con un excelente resultado, y en Libia y Yemen con un resultado razonable nada más. La cosa parecía funcionar, y, en vista de ello, en la creencia tal vez equivocada de que podían aspirar a fines más altos, encentaron el jamón de Siria e Irán, y, en vista que Rusia se les cuadró, han huido hacia delante promoviendo agitaciones semejantes en el corazón del adversario con motivo de supuestos pucherazos en las últimas elecciones, quién sabe si intentando el divide et venceré que disperse la capacidad de respuesta del enemigo o, al menos, lo debilite. La cuestión es que el juego, en llegando a tan altos objetivos, puede resultar particularmente peligroso, porque igualmente, habida cuenta del altísimo envide, el contrario puede desmarcarse con un órdago, y entonces las Marchas Verdes podrían convertirse en rojas.
Puedes conocer toda la obra de Ángel Ruiz Cediel: Un autor que no escribe para todos (Sólo para los muy entendidos