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Tags: Opinión · Disyuntiva · Rafael Pérez Ortolá
Valoración


Para hablar de lo que está bien hecho, con las debidas condiciones; es imprescindible la referencia a los individuos protagonistas de cada intervención


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
viernes, 9 de diciembre de 2011, 09:14
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Quién no habrá exclamado alguna vez, ¡Qué poca responsabilidad!, o bien ¡Habrá que desenmascarar a los responsables del desguisado de turno! Es verdad que insistimos con menor entusiasmo a la hora de las alabanzas, por las razones que sean, las empleamos con unos tonos más suaves. El uso de la referencias dirigidas en ambos sentidos es fácil, no son más que palabras y estas suelen desaparecer arrastradas en el tiempo. Ahora bien, la apelación a que uno responda de sus actos, con la precisión y la honradez necesarias; es una cuestión de mayor enjundia, requiere consideraciones de una COMPLEJIDAD evidente. Es cierto que los tiempos acelerados y propensos a la frivolidad no acompañan para la comprensión de estas cualidades, y todavía menos, para la pretendida corrección de su práctica defectuosa.

Para hablar de lo que está bien hecho, con las debidas condiciones; es imprescindible la referencia a los individuos protagonistas de cada intervención. Si no tenemos en cuenta a quienes actúan en un hecho concreto, mal podremos revisar la bondad o perversidad de las acciones. No iremos a quedarnos con la idea de que las cosas sucedidas sólo son debidas al destino frío, que nadie sabe donde radica. Por lo tanto, ¿Quién está detrás de cada acontecimiento? ¿Con qué grado de participación? Conocidos u ocultos, uno o varios, los participantes estuvieron ahí. Pues bien, como contraste extraño, ahora abundan los orígenes ANÓMICOS. Desaparecieron los nombres, cada vez sabemos menos quien estuvo en el meollo de lo acontecido. Que si es cosa del sistema, de la organización, política de la empresa como ente, una enajenación transitoria del actuante o simples directrices emanadas de los grandes gestores. Nos quedamos mirando al infinito y no encontramos a los implicados. Son escurridizos estos personajes.

Cuando tratamos de cuánto ha participado cada quisque en una determinada elaboración o gestión, las respuesta silenciosa encubre en no pocas ocasiones, un cierto grado de implicación. La que podemos catalogar como COMPLICIDAD TÁCITA, la que está disimulada entre los manejos inconfesados. Viene a ser como el no sabe no contesta, pero con falsedad descarada. Uno asiste atónito a las noticias de cuantiosos dispendios y pagos por servicios irrisorios o incluso no prestados. Aún con los responsables del más alto nivel puestos al descubierto, ¿Quiénes han sido cómplices? Citemos las movidas recientes cercanas al anterior Gobierno de Baleares, la SGAE o la realeza. Veremos en lo que queda todo ello, pero lo mismo sucede con otros casos con esas trazas. Cabe la pregunta  sobre los silencios de tesoreros, banqueros, políticos o cargos intermedios próximos a los escándalos. ¿Nadie supo nada ni reaccionó? Eran cómplices necesarios y su participación llega hasta el fondo. Como digo, valen otros ejemplos similares. La implicación de los silenciosos supone un trabajo sospechoso como mínimo, sin demasiadas protestas del público o por lo menos, no lo suficientemente enérgicas.

Reincidimos en numerosas acciones repetitivas, aunque cada día aporta sus rasgos novedosos para desentrañarlos y tomar las decisiones oportunas. Lo haremos a la ligera o con la debida atención, con una preparación adecuada o nula, con inteligencia o con pocas luces, rutinarios o concienzudos. Sin embargo, las responsabilidad tira de otras cuerdas para vencer la ambigüedad de las condiciones previas; ellas, de por sí, no impedirán bondades ni maldades. Una de las cuerdas necesarias y potentes es la de la CORDURA, sobre todo para no destrozar la sintonía con el resto de los humanos. De qué valdrá ser una lumbrera, si avasalla a los demás con desfalcos millonarios, agresiones físicas o psíquicas, xenofobia o por simple abandono hasta las últimas consecuencias. Lo que ocurre es que para unas actuaciones responsables, hemos de valorar primero y promover con dedicación infatigable, aquellas cualidades como la mencionada cordura; que no entraña gran dificultad, pero surge desde una libertad inteligente, no es impuesta. Ese es su sino, grandeza y servidumbre. Es un pilar de los más consistentes para una buena responsabilidad.

La impotencia de la Justicia es manifiesta ante la avalancha y la amplitud de los desmanes en continua efervescencia; pero no todo lo arreglaría tampoco la aplicación de las leyes. Fuera de ese ámbito legalista son valores y criterios de otras características los que deberían cuidarse, por que inciden directamente en las actuaciones. Los enfoques de la responsabilidad cubren todos los campos donde hay actividades y dependen de los caracteres complejos de los individuos. Las RAMIFICACIONES de ese carácter individual circulan por tareas administrativas, por querencias familiares, el ejercicio de una profesión, la vecindad o en relación con el intercambio de conocimientos; en cada sector atañen responsabilidades distintas y no siempre a la vista ni medibles. La simplificación es una amputación nefasta, debido a las complejas facetas de lo humano. Uno puede generar violencia si persiste en el empeño de ceñirse a un solo sector de la personalidad. El derecho y la fuerza de cada individuo radica en su riqueza de facetas simultáneas. Dicho carácter complejo convierte en personal a cualquier decisión interviniente, con la correspondiente dosis ineludible de responsabilidad. Desde fuera es imposible en la práctica la captación de todos los matices.

Vendrá bien llamar a cada cosa por su nombre adecuado, por que la confusión es promovida y utilizada por los desalmados en su tarea de medrar a sus anchas. De ahí que insista en la promoción de un enérgico DESTAPE INSTITUCIONAL que desbarate los laberintos diseñados a expensas de los organismos y estructuras creados para un teórico servicio a la sociedad. Primera trampa, ese servicio social ya no nombra a cada individuo como ente particular, sólo lo da por supuesto o lo admite como sumiso servidor. Los intelectuales, periodistas o gente bien intencionada deberán agilizar sus mentes. Como Foucault indicaba, conviene que dejen de profetizar y soltar recomendaciones quiméricas para el futuro; para que insistan en una permenente aclaración de cómo funcionan realmente las instituciones, con que consecuencias, con que sistemas de pensamiento que las apoyan y mantienen. Veremos que no es sólo cuestión de lenguaje, los dislates actuales las convierten en auténticas nidadas de alimañas, por lo menos abundan.

La llamada “cifra oscura” referida a los delitos, engloba los casos no denunciados y los no descubiertos; de manera similar en torno a la responsabilidad emana también una zona nebulosa, en ella desaparecen los autores por un arte mágico o perverso, según los casos analizados. Aunque de las circunstancias a la acción propiamente dicha, siempre existe el interruptor personal; la decisión particular queda difuminada entre los diferentes condicionantes. De tanto hablar de los factores influyentes, solemos dar por bueno un DESLIZAMIENTO interesado; la decisión personal pierde su prestancia, dando la impresión de una dependencia total desde las circunstancias. La causa de unos comportamientos se desliza a ciertas anomalías biológicas, psicopatías, conflictos en la zona, diferencias culturales o creencias: pero cada vez asumen en menor grado el origen en la decisión del protagonista. No digamos si entre esas excusas entran las triquiñuelas normativas de los políticos, informaciones privilegiadas o amiguismos truculentos. La responsabilidad desaparece por demasiados resquicios.

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