El debate político parece haber encallado en las agrestes landas de la dicotomía neoliberal-neokeynesiano. Y no va más. La banca del casino global está a punto de estallar por los aires, pero aquí de lo único que se habla es de cómo refundar el capitalismo sin tocarlo (nanotecnología financiera telemática) o tocándolo con cariño (erotismo pajillero).
En la crítica al capitalismo nos está pasando lo que nos pasó con la crítica al comunismo. Es decir, nos estamos equivocando de cabo a rabo. Yo soy bastante menos partidario del capitalismo que del comunismo, pero tampoco soy un fanático comunista. Con todo, entiendo que ninguno de los dos es la encarnación de la peor fantasía luciferina.
Me quedo con el estudio de Loretta Napoleoni sobre la economía canalla. El capitalismo es injusto por naturaleza y los valores en que se fundamenta son muy discutibles; algunos, odiosos. Pero el dramático espectáculo que nos ha venido ofreciendo el capitalismo en las últimas décadas, con guerras y hambrunas incluidas, no está completamente en su naturaleza. El capitalismo practicado a pies juntillas sería infinitamente menos sanguinario de como ahora se manifiesta. La brutalidad de este capitalismo se debe a la economía canalla.
El comunismo fue criminalizado injustamente, pues la brutalidad de los regímenes que lo pusieron en práctica no es hija del comunismo sino de la burocracia canalla que lo pervirtió. El capitalismo está siendo injustamente criminalizado, pues la brutalidad de las “democracias” que lo sostienen no es hija del capitalismo sino de la economía canalla. Hay que volver a leer a Loretta Napoleoni... y a Arthur Koestler.