Aunque quizá intuyamos la respuesta; pero actuamos sin acierto a la hora de concretarla. ¿Qué es el amor? ¿Cuál es el fundamento de la vida? La pregunta de hoy ha sido formulada por mucha gente, que no acierta con la respuesta contundente. Entre las contrariedades y las alegrías aparecen tantas diferencias, que habrá contestaciones para todos los gustos. Quizá enfrascados en la rutina ni entremos en estos planteamientos, las ocupaciones no favorecen la reflexión. No quedamos muy bien parados si nos limitamos a unas conductas rutinarias. ¿Colaboramos irreflexivamente a la hora de traer hijos al mundo? ¿Barajaremos sólo argumentos racionales? ¿Valoraremos también las realidades menos fáciles de explicar? Desde el pesimismo al optimismo fluyen las variadas opciones.
Hay novelas de reducida extensión, pero con enorme densidad enriquecedora en cuanto a sus contenidos; ahondan en las circunstancias del relato con aportaciones ilustrativas. “La sonata a Kreutzer” de L. Tolstoi es una de ellas, con referencias adecuadas a la pregunta que planteo hoy. Los viajeros conversan en el departamento del tren, lamentan el SIMPLISMO cultural de su tiempo, a pesar de la supuesto progreso en la instrucción. De qué les sirven los avances culturales si reducen a los hombres y mujeres a meros objetos, sean económicos, sexuales, machistas o feministas; especialmente si les apartan del resto de sus capacidades para acudir a otros horizontes. De esa simpleza reductora, en este caso hacia lo carnal y sexual, sobreviene el lamento del protagonista Pozdnychev. Desmarcado de otros objetivos, el fracaso le condujo primero al asesinato y después al alegato, sería mejor no colaborar en la venida de más hijos a esta vida. En dicho relato, las desdicha acumuladas abocan a unas conductas obsesivas que no disponen de los atenuantes precisos. Situados en esos extremos, el malestar impone sus criterios frustrantes y trágicos.
En otra entretenida obra, “El foco de la tempestad” de Patrick White, salen también a colación estos temas. Eso sí, bajo el enfoque de otras circunstancias más parecidas a las actuales. Las sucesivas escenas reflejan unos ambientes decrépitos, en los que destaca la aureola de unos ricachones decadentes y con muy pocos fundamentos. La anciana madre, está en sus últimas horas y repasa sus vanidades, con gran desapego por las personas que la acompañaron en su vida. El hijo es un actor fatuo y la hija rememora a la aristocracia rimbombante; ambos exponen sus carencias en cuanto a los afectos y las ocupaciones familiares. La FRIVOLIDAD desempeña un papel primordial en la convivencia de estas personas. La esterilidad es profunda, se inicia por el cerco mental erigido por ellos mismos, desprovistos del calor humano necesario, encerrados en sus grandezas. La trama continua con la melancólica reflexión de una de las enfermeras ante su eventual embarazo. ¿Hasta qué punto fueron deseados unos hijos? ¿Cómo se valora ese deseo o su ausencia? Esa misma enfermera hubiera preferido no haber nacido, debido a las exigencias de la vida. La renuncia a los compromisos de la paternidad, simplificaría las angustias posteriores. Los caprichos, los complejos, las encrucijadas vitales, desaparecerían sin las nuevas vidas.
Sirvan estos dos ejemplos como un bosquejo de la lista interminable de referencias al respecto (Nietzsche, Unamuno, Benatar, Jenkins, Borges…). Queda meridianamente expuesta la inquietud de unos sentimientos, a través de los cuales, cada persona extraerá sus percepciones peculiares, que forzosamente no podrán ser razonadas agresivamente. Sobre todo, dado el componente misterioso intrínseco a la presencia humana en el mundo, que impide la unidad de criterios. No cesan las pinceladas sobre esta materia, cada una con sus matices; sin embargo, pasada la primera inquietud chocante, las valoraciones sobre la vida y nuestra participación en su desarrollo, presentan una clara dificultad argumentativa. ¿Es mejor haber nacido que no? Podremos no pensar en ello, no tenerlo en cuenta; pero la impresión personal estará subyacente. Quizá con la tres preguntas hipocráticas precisemos el planteamiento.
¿Qué es lo que percibe usted? Desde el principio cabe cualquier repuesta, una ojeada nos lo confirma con nitidez. Quienes viven de una manera automática no saben de cuestionamientos teóricos, su aleteo vital es espontáneo, sin recurrir a ninguna otra precisión. Les sucede, para bien o para mal, que no son amigos de disquisiciones ajenas a sus problemas inmediatos surgidos en cada actividad. Pudiéramos denominarlos como practicones. Después, el pesimista, como los optimistas, comienzan con las actitudes polarizadas; sin alcanzar los extremos, pero sí con las sensaciones opuestas. Cuando los razonamientos no son suficientes, entramos en la gama de las intuiciones e instintos; son percepciones entre las cuales las discusiones acérrimas están fuera de lugar, no se puede ser concluyente con ellas. Cada cual, con su talante, responderá al QUÉ con sus propias tendencias; indiferentes o preocupados de su situación. Con una primera conclusión, la diversidad es la regla. La inquietud interrogativa abre la espita a los múltiples enfoques.
¿Desde cuando lo nota usted? O lo que viene a ser lo mismo, en qué momento le acució la pregunta sobre el sentido de la vida. Porque los muy pragmáticos quizá no lleguen a esas consideraciones. ¿Para qué? Si a ellos les basta con la satisfacción de las necesidades más inmediatas. La precocidad o el retraso en estas cuestiones surge de la intimidad, desde esos fondos de las personas, que por ser subconscientes, tienen pocas explicaciones rotundas y precisas; a la vez que resulta innegable su presencia. Aunque, en el sentido contrario, son unas fuentes prolíficas para promover sentimientos. Así, unos notarán que el haber nacido colma sus mejores sensaciones existencialistas; mientras otros percibirán una orfandad que no les presagia nada bueno y les acogota.
¿A qué atribuye usted el tipo de respuesta? El sino de los humanos, predecesores, contemporáneos o futuros; nos otorga una inmensa libertad evanescente a la hora de las interpretaciones. ¿Todo viene determinado por un destino cerrado? ¿Existen otros resquicios para la participación personal? ¿Dónde quedan la genética y las circunstancias, los orígenes y las consecuencias? La posición que cada uno adopte, graduará su grado de implicación en los diferentes sucesos vitales. Las preferencias por la eventualidad de haber nacido, o por la contraria de no haber existido; no parece consistir en aciertos o errores. Las pruebas y argumentos circulan por una profundidad que sólo alcanzamos con la intuición. Por lo tanto, después de las preguntas y reflexiones, el vitalismo arranca con esa gran riqueza de posibilidades creativas. No parece suficiente con que determinados grupos pretendan su anulación. Aletean enérgicos orígenes que no dominamos.
Las opciones particulares no lo tendrán nada fácil a la hora de cambiar el rumbo de la vida humana o de invertir su dirección. Los topes de la razón y la insuficiencia de las demás percepciones, mantienen abierta una panorámica fascinante, a la que podremos acercarnos con buena o mala disposición. Si fuera buena, participaremos en la fascinación de la vida. Si lo hacemos con actitudes endiosadas o desfavorables, la negrura del horizonte engullirá a los vivientes. ¿Qué es lo que vale la pena?