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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La dignidad de su mirada

Ana Bustabad Alonso (Valladolid)
Redacción
domingo, 24 de abril de 2005, 06:17 h (CET)
Es pequeño y peludo. Excepto sus bracitos, donde la falta de pelaje delata probablemente un estado de estrés prolongado en el tiempo. Vive en una jaula pequeña, dentro de un gran parque en el que otros pocos -herbívoros y sin duda mucho menos inteligentes- disfrutan de espaciosa libertad. Dentro de la celda sólo unas hojas de eucalipto encerradas en un cristal recuerdan remotamente su verde natal. Tiene un compañero de celda que parece más joven y que, despreocupado aún, no le hace mucha compañía. Permanece casi todo el tiempo sentado, con expresión dolorosamente resignada. Expuesto y callado, con la mirada del que sabe que no hay remedio. En algunas ocasiones, si se siente observado, si escucha palabras cariñosas, apoya ufano su carita cansada en la mano, como queriendo recuperar un poco de la dignidad perdida. A veces los niños se ríen de él.

Es un chimpancé y no sé cómo se llama. En la web del parque donde malvive, figura "Um Bongo", pero seguramente sea tan irreal como las fotografías que muestran, o la “plena liberdade” que anuncian. El Badoca Park es un pseudozoo situado en la región portuguesa de Alentejo. Un recinto que presume de tener no sé cuántas hectáreas de terreno, y en el que los únicos que retozan libres son unas cuantas gacelas, una jirafa fantasma y poco más. El resto del terreno está ocupado por insulsos alcornoques. Mientras, él vive prisionero en unos pocos metros cúbicos y no puede tocar ni una sola de esas porciones de naturaleza. No corren mejor suerte las preciosas aves exóticas almacenadas en jaulas diminutas que hace mucho perdieron la ilusión de alcanzar las nubes. O el águila que pasa gran parte del día atada a un poste bajo el sol, o lo que se tercie. Y aún así, seguramente ninguno es tan consciente ni desdichado como él.

Sin entrar a debatir acerca de los parques zoológicos y sus ventajas e inconvenientes, sobre lo que no consigo formarme una opinión definitiva, considero absolutamente gratuita la tortura de vivir innecesaria y doblemente torturado, en un raquítico espacio inadecuado, al otro lado de un enorme espacio infrautilizado. No sé si es más desgraciado el preso que no tiene ventana o el que, a través de ella, ve un mundo maravilloso que sabe que no podrá disfrutar nunca.

Podría documentarme acerca de la legislación europea al respecto. Consultar los derechos de los animales. O de los animales europeos. No lo haré porque quiero seguir creyendo que un espacio de justicia como el nuestro ha de defender forzosamente sus derechos. Y no sé si a él la normativa también lo considera “ciudadano europeo”. A diario me siento afortunada por serlo, por vivir en un espacio regido por la libertad y los derechos humanos. Sé que la inmensa mayoría de las personas viven en mundos bien diferentes. Luego –si cabe- podría denunciarlo a las autoridades portuguesas, o a las europeas, o a las organizaciones que velan por los derechos animales. Poco más. Los fracasos me han convencido de que sólo ganaría en lágrimas y en impotencia.

Así que, de momento, cobarde, lo único que he hecho es escribir estas líneas. Deseando con todas mis fuerzas que algún propietario de varita mágica las lea, y se apiade y haga un poco de justicia (o magia) para él. Sólo unos metros más, algunos árboles, quizá un paseo al atardecer. También, si puede ser, que alguien acaricie alguna vez sus bracitos pelados y acurruque su carita pequeña.

O si nadie quiere quitarle (quitarnos) la tristeza innecesaria-injusta-angustiosa-doble-absurda-miserablemente prisionera, que al menos estas líneas sirvan de indigno homenaje a su mirada inolvidable, a la que lo único que le sobra es dignidad.

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