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Etiquetas:   Cataluña   Soberanismo   -   Sección:   Opinión

Si yo fuera catalán…

"El nacionalismo no es el despertar de las naciones hacia su conciencia propia: inventa naciones donde no las hay" Ernest Gellner. Filósofo y antropólogo británico
César Valdeolmillos
jueves, 27 de julio de 2017, 00:00 h (CET)
En su libro de memorias “Notas de una vida”, Álvaro de Figueroa, más conocido como Conde de Romanones, que fue tres veces presidente del Gobierno de España, Presidente del Congreso y del Senado y titular de diferentes carteras ministeriales, dejó constancia de la siguiente experiencia, referida a Cataluña:

“En mi frecuente paso por el Gobierno, he aprendido que la atención de los Ministros ha estado absorbida constantemente por Cataluña; cuando no era una cosa, era otra; huelgas, regionalismo, separatismo, sindicalismo, proteccionismo. Si el resto de España hubiera originado iguales preocupaciones, la vida ministerial habría sido imposible. Durante un cuarto de siglo, los Gobiernos en España han vivido pendientes de las vibraciones catalanas”.

Cien años han pasado desde que el que reputado político español hiciera estas manifestaciones y los Gobiernos en España siguen viviendo pendientes de las vibraciones catalanas.

¿Se habrá dialogado, consultado, razonado, deliberado, discutido y negociado el problema que plantean los nacionalistas catalanes con innumerables gobiernos de todos los colores durante más de cien años? ¿Se habrán barajado fórmulas, unas públicas y otras secretas, en todo este tiempo?

Es igual. Todo ha sido, es y seguirá siendo inútil. Cualquier propuesta que se les haga, siempre caerá en saco roto, a no ser que constituya un pasó que les acerque más a su objetivo final que no es otro que lograr el dominio exclusivo y excluyente de Cataluña y romper España, anexionándose Andorra, una parte del este de Aragón, las Islas Baleares y la parte costera y más poblada de la Comunidad Valenciana,

Cuando llevamos más de cien años soportando este permanente chantaje, cuando mentes tan preclaras como la de Ortega y Gasset, en 1932, tres meses antes de que se aprobara el primer Estatuto de la historia de Cataluña, dijera:

«El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar; es un problema perpetuo y lo seguirá siendo mientras España subsista»,

Me produce auténtica hilaridad, cuando no sonrojo y vergüenza, que algunos de esos politiquillos del tres al cuarto, con más ambición que inteligencia, por un miserable puñado de votos, hagan ofertas a los chantajistas, que saben que no podrían cumplir si estuvieran gobernando, y además pongan palos en la rueda del Gobierno, cuando los españoles catalanes y no catalanes, una vez más, nos enfrentamos a un desafío de incalculables consecuencias cuyo final es imposible predecir, en función de qué fuerza política gobierne España.

Si yo fuera catalán, tendría miedo, tanto si se lleva a efecto el pretendido rompimiento, como si no, porque parece ser que se está proyectando el asalto a los principales edificios gubernamentales, grandes manifestaciones, concentraciones rápidas, ocupación de infraestructuras, acampadas indefinidas e incluso la huelga general. En una palabra: se proyecta dar carta blanca a las turbas para que se adueñen de la calle imponiendo la ley de la violencia y así hacer una falsa demostración de fuerza independentista.

Estas situaciones son muy peligrosas, porque se sabe siempre como comienzan, pero jamás hasta donde pueden llegar.

Si yo fuera catalán, me preocuparía profundamente por la viabilidad futura de la sanidad pública y la educación, por el funcionamiento de los servicios públicos, por el mantenimiento de los puestos de trabajo y las pensiones, porque Cataluña está endeudada hasta los ojos y no podría acudir en busca de recursos económicos a los mercados financieros internacionales, porque las agencias de calificación han vuelto a rebajar la nota de la deuda catalana, hundiéndola todavía más y situándola en la categoría de bono basura, al nivel de Bangladesh o Georgia, al tiempo que mantienen una “perspectiva negativa” para la comunidad, dada la “debilidad de su posición fiscal”.

Si yo fuera catalán, tendría miedo al futuro porque la realidad económica catalana, provocaría la quiebra financiera, social y política de la comunidad, la huida de las empresas más importantes y como consecuencia se dispararía espectacularmente el desempleo. Ante la disminución de la riqueza en el territorio sería imposible atender las prestaciones sociales, y casi con seguridad, se produciría la quiebra del sistema de pensiones.

Si yo fuera catalán, tendría miedo a la situación social que se derivaría del hecho que la comunidad quedara fuera de la Unión Europea y de todos los organismos internacionales que no reconocerían la secesión, quedando así Cataluña en una situación de indefensión y aislamiento internacional.

Y es que la independencia implica la creación de un Estado desde cero, sus fronteras, sus instituciones, su Constitución, sus acuerdos y Tratados con otros países. Este proceso no se lleva a efecto de un día a otro, tardaría años, posiblemente décadas, en llevarse a cabo y mientras tanto, Cataluña tendría que aprender a vivir de sus propios recursos y a comerciar con quien pueda para conseguir algo de dinero, por supuesto, dada su debilidad, en condiciones abusivas e incluso de usura.

Es claro que un proceso independentista —aun siendo legítimo— ineludiblemente implicará entrar en un estadio de desestabilidad y de empobrecimiento económico, que durante muchos años, requerirá de una rigurosa política de austeridad que impondrá a la sociedad duros sacrificios y esfuerzos.

Los productos catalanes deberían pagar aranceles para entrar en la Unión Europea, lo que los encarecería y haría más difícil venderlos al no ser competitivos.

Se puede vivir aislado del mundo, como hace Corea del Norte, pero eso implica aceptar un régimen totalitario y de pobreza que Cataluña no estaría dispuesta a aceptar.

Si yo fuera catalán, tendría miedo porque los políticos nacionalistas y secesionistas han dividido a la sociedad en buenos y malos según sean afines o no a sus tesis, han impuesto el pensamiento único, donde todo está prohibido, salvo ser uno más, donde han castrado la libertad de expresión y como en las clásicas dictaduras comunistas, han fomentado la denuncia anónima por rotular en el idioma de Cervantes.

Si yo fuera catalán, tendría miedo al futuro porque el futuro puede ser tan hermoso como una aurora boreal, o tan negro como la noche.

Si yo fuera catalán, tendría miedo, porque como diría el poeta
Suicidando mis horas estoy,
mientras insanos sigan viviendo
encadenados al desamor,
y a la división de su ciega ambición
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