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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Un poeta para la ciudad del mundo

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
lunes, 18 de abril de 2005, 23:56 h (CET)
Alguien dijo: dadme una metáfora y moveré el mundo. Ya los antiguos trovadores nos recitaban vivos cantares, presentados bajo el disfraz del verso, que ponían en movimiento almas perdidas. En la trama del mundo, los poetas, son personajes que identifican, comparan o advierten sobre la atmósfera de la vida, en cuyo escenario debaten o describen imágenes de siempre, luces y sombras, haciéndonos ver horizontes que son, en realidad, universos a conquistar. La universalidad y contemporaneidad del Quijote, precisamente, se debe a que detrás de la voz está un soñador de versos que reflexiona en poesía. Nos hace falta, con urgencia, un poeta para la ciudad del mundo, capaz de resucitarnos la fe en los derechos universales. Convoquen recitales poéticos y haga cónclave el pueblo para ello.

Un vecindario despierto a la belleza, forjará consensos que aletarguen el caos, hará frente a las nuevas amenazas, con el verso en los labios, siempre dispuesto al diálogo compartido, sin discriminación alguna. Antes que sacar pecho, cada vecino debe mostrar el corazón. Luego, acallen la voz triunfalista los ciudadanos, si en el mundo de la abundancia hay un pobre en cada esquina o si en el mundo de la pobreza hay un rico que domina. Que vengan los poetas a plantar denuncias a todo aquel que no sienta la pobreza ajena como propia. Asimismo, al consejo de verdaderos poetas, remito petición de que aquellas autoridades que carezcan de imperativo ético en su hoja de servicios, se les impida continuar en el gobierno de la ciudad del mundo.

El mundo de la globalización necesita de un poeta que nos conmueva y nos mueva a reunirnos y a unirnos entorno a las esencias de la voz. Se dice que el secreto de Juan Pablo II fue un amor sin límites. Un amor sin reservas. Un amor a la verdad. Un amor al poema de abrir el corazón al corazón del mundo. Pienso que una vida en poesía, lejos de doquier poder viciado, es lo que nos hace falta para ahuyentar el diluvio de provocaciones que nos asaltan a diario en el diario de la vida. Cuidado con los sembradores de hostilidades. Puede llegar a considerarse la agresión como algo normal para defenderse. Cuestión peligrosa para la convivencia de los unos con los otros. En cualquier caso, los asuntos humanos, deben tratarse humanamente. Porque la paz no se escribe desde las rejas de la vida, sino desde el verso del alma.

Es una buena noticia, para la ciudad del mundo, que los telediarios de la televisión pública española emitan series de reportajes dedicados a los Quijotes de nuestro tiempo, una mirada a personajes que luchan por causas imposibles y que se empeñan en cambiar nuestro mundo. Vale la pena esta apuesta. A veces puede resultar un imposible o una meta inalcanzable que el mundo vuelva a ser la poesía que pudo haber sido y no fue, porque los intereses particulares han prevalecido sobre el bien de todos. Por ello, resulta esencial el desarrollo de una conciencia poética, puesto que, cuando está amenazada la paz en algún lugar del mundo, lo está en todo el globo terráqueo. Todas las distancias nos alcanzan de lleno.

Ya Calderón veía al mundo como un teatro que necesitaba de la voz de un poeta para alentar la vida y no morir en el intento. En este sentido, un poeta moderno como Octavio Paz, ha escrito, con palabras que parecen una glosa de los autos calderonianos, un verdadero manifiesto: “Por obra del Mito y de la Fiesta, el hombre rompe su soledad y vuelve a ser uno con la creación”. Falta nos hace volver a esa unidad perdida. Quizás sea porque la enseñanza ha dejado de transmitir conocimientos solidarios a favor del bien y la verdad. El descaro o la sonrisa fingida no pueden consentirse. En poesía, los versos forzados, nada dicen. Esto de negar la evidencia y lavarse las manos, genera un clima de anormalidad que convendría poner en orden. Tanto es así, que subrayo lo de crear un pacto por la regularidad de las instituciones y demás entes de servicio público, frente al diluvio de irregularidades que nos dan gato por liebre, hecho probado y reprobado por los ciudadanos en el parte diario de sus vidas. O lo que es lo mismo, en cartas al director de tantos medios de comunicación. Porque la justicia suele hacerse justicia tarde o nunca. Que desgracia en un Estado de derecho.

En la ciudad del mundo, donde gobierna un poeta, quiero pensar que en vez de crear centros de memoria histórica, se pone en verso, o sea en acción, la memoria literaria que nos habla de libertades que dignifican al ser humano. También quiero creer que allí no existe la revancha. Ni el desquite. Ni la represalia. Ni el desagravio. Ni el miedo. Hace falta libertad para vivir y un orden social justo para convivir. “Suéltate el pelo” dice un anuncio de belleza y moda. Quizás tendríamos que soltarnos a que cesen las muertes y los ataques a inocentes, desengancharnos del odio y la violencia, destrabarnos y lanzarnos a que nadie quede excluido de vivir, echarnos a la calle como ya hicieron poetas de otras edades, a salvar la verdad aunque no coincida con la opinión de la mayoría. Nombremos, pues, a un poeta por amor a la vida y por necesidad, en un mundo donde cohabitan dioses endemoniados, sin compasión alguna. Todo se fractura, se divide, se divorcia, se confunde. Para no fiarse ni de la sombra que lleva consigo cada cual. Que un poeta nos alegre los oídos, es tan urgente como necesario. Queda dicho.

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