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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Rapto de Europa


Basados en el respeto democrático, el horizonte europeo ofrecía una garantía muy a tener en cuenta


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
viernes, 25 de noviembre de 2011, 08:49
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También era cuestión de tamaños, la unión vibraba con aquel sueño de ser potentes para la mejor resolución de los problemas. El hecho de la unión de paises europeos venía a consolidar viejos anhelos. Sea por soñadores, por bien pensados o por ambas actitudes, la ENTIDAD derivada de aquellos planes dibujaba realidades de un cierto postín. ¡Quién hubiera dudado de las bondades proyectadas! Sin embargo, a la vista de todos, sobrevino el rapto de aquella Europa. Pronto pergeñaron tramas inapropiadas, escamotearon las valiosas cualidades y en esa dirección continuan. ¿Sin que nadie sepa como ha sido? Los protagonistas del rapto estaban ahí, aunque no percibiéramos sus trapisondas. Hemos tolerado la tapadera utilizada bajo la forma de alardes y grandilocuencias.

El arte bien entendido expresa con finura las matizaciones de cuanto discurre en torno a la vida. En ocasiones es suficiente con una sola pincelada para la definición precisa de unas determinadas influencias. En el famoso cuadro de Coypel sobre el rapto de Europa, son los dioses mismos quienes arrebatan a la magnífica Europa. En los tiempos actuales sería extemporánea la atribución a ciertos dioses de la autoría del RAPTO; en todo caso, referida a ciertos personajillos endiosados, que de estos si tenemos en abundancia. Pablo Picasso, en el lienzo de su “rapto”, utilizó una socarronería muy expresiva que refleja con acierto los manejos actuales. A Europa se la lleva aparentemente un toro muy español, pero la mirada del toro nos muestra la gravosa realidad, el animal soportaba la pesada carga en sus lomos, sin otras ventajas a la vista; más que un rapto parece un abuso de confianza. Cada observador saque las impresiones que tenga a bien.

Inmersos en la situación crítica del presente, ya no tratamos con las inquietudes habituales, porque son verdaderas angustias las que nos invaden. Las etiquetas sirven de poco ante la crudeza de la crisis. A la pretendida CEE le robaron el sentido de las siglas. Con respecto a lo de “Comunidad”, no ejerce como tal, impera el dominio de unos poderes intrincados. Llamarla “Económica” no deja de ser un sarcasmo, ante el dislate económico desarrollado. Y en cuanto a “Europea”, el conjunto está sometido al poder alemán, a una parte beneficiada. ¿A qué viene llamarla europea? Los criterios iniciales de la organización económica han sido escamoteados por los intereses de los dominadores. Con semejante panorama, nos acosa un verdadero MONOPOLIO de la USURA. En su nombre han de someterse quienes hubieran pensado en alguna decisión discordante. Con lo cual, no estamos ante una unión de diversos miembros, sino frente al aplastamiento de unos por otros hasta quedar bien exprimidos. No hay lección económica válida para todos mientras la tendencia juega a favor del más potente, tampoco cuando los gastos no tienen en cuenta los ingresos.

El árbol europeo es entendible con raíces, ramas y savia, con todos sus componentes. Sin vida propia, de qué tipo de árbol estaríamos hablando; seco o mutilado no serviría de mucho, pero esto suele quedar en el olvido. Pues bien, en el tinglado europeo, veamos como es el trato dado a cada elemento. Con un poco de atención que prestemos será suficiente, cada uno de los sectores afectados suele ser muy expresivo. Como es el trato recibido por las diversas actividades agrícolas o ganaderas, los productos lácteos, las diferentes variedades de la pesca, la industria textil o la fabricación de juguetes, junto con otras actividades. Pronto detectaremos la impresión generalizada de que los afanes protectores o de promoción fueron poco más allá de las declaraciones, para consolidar el EJERCICIO controlador por excelencia. El desplazamiento es muy visible cuando uno mira de cerca estas actividades. El desdén emitido desde las estructuras centralistas no favorece el sentimiento de comunidad, no parece el camino apropiado para las tareas constructivas y de progresión. Naranjas o pepinos, quesos y vinos, siembras o ganados; sufren la repercusión del menosprecio.

Los mejores arbitrajes pasan desapercibidos en el curso del partido; por una razón, no deben desvirtuar el trabajo de los protagonistas, sólo encauzarlo. De manera similar, la gestión de los gobiernos tampoco tiene como misión sustituir a los ciudadanos, máxime si la extensión y la diversidad son importantes, como desde Suecia a Italia, o desde Francia a Grecia. La pretensión excesiva de unas decisiones centralizadas provoca un dirigismo a ultranza en cada una de las áreas afectadas. Desde esas posturas, la homogeneización presentada estará falseada, porque las particularidades no habrán desaparecido; con la consiguiente sucesión de desajustes innecesarios, cuyo resultado primordial será la DISTORSIÓN progresiva. Los sujetos activo de los diferentes sectores estarán incómodos con esa presión y, necesariamente, buscarán escapatorias. La respuesta comunitaria adecuada exigiría la adaptación y la colaboración sincera.

Desde la detección de un problema a la consecución de las soluciones pertinentes, los trámites burocráticos convierten a la extremada lentitud en una característica peculiar del marco creado en Europa. Bien estarán los estudios necesarios o los diálogos que fueran precisos, pero la agilidad en las tramitaciones es fundamental. Ante una epidemia, oleadas de inmigrantes o catástrofes; la inmediatez no suele ser la regla. Insisto sobre un defecto grave, cualquiera de las respuestas requeridas ha de superar la CRIBA CENTRAL y eso consume un tiempo excesivo; el retraso deja en muy mal lugar a las disposiciones adoptadas, con frecuencia las transforman en improcedentes. Son situaciones que inciden en las escasas atribuciones confiadas a cada miembro. ¿Habrá que pensar en la imposibilidad de una configuración con otras tendencias?

El ajetreo mundial acelera sus ritmos, de tal guisa y variedad, que la vorágine nos impide la respiración pausada; serían necesarios una serie de criterios bien elaborados para afrontar con dignidad los retos. Tal estado de cosas acentúa una de las carencias flagrantes de la Unión Europea, los criterios para las relaciones EXTERIORES, que sufren un bamboleo anárquico sin justificación, precisamente por la ausencia de criterios consecuentes. Con frecuencia no se actúa a tiempo y sí de manera desacertada. Sirva Libia de ejemplo reciente, pero la sucesión de despropósitos es de largo alcance. Desde una relaciones y negocios con gobiernos impresentables, venta de armas, participación en acciones militares pacificadoras que atacan a sectores de la población civil, inhibiciones clamorosas o ayudas que se dispersan por el camino. No distinguimos unos planes sensatos y oportunos en esas relaciones con paises y gentes ajenos a la Unión. No vamos a extrañarnos ahora, porque la gran creación asociativa, grande por su tamaño; deviene por medio de estas andanzas en un monstruo de acciones imprevisibles.

Quién les diría a los precursores de la ideas europeístas, Salvador de Madariaga entre ellos, que el sueño participativo y de colaboración franca, sería fagocitado por unas tramas mastodónticas, alejadas de las ciudadanías respectivas. La desinformación convierte en un rapto a las decisiones adoptadas, aumentando la distancia a la que intuimos aquella Europa soñada.

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