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Etiquetas:   Acuerdos y desacordes   -   Sección:   Opinión

¿Los mejores momentos de nuestra historia?

Ana Morilla Carabantes
Ana Morilla
sábado, 16 de abril de 2005, 04:22 h (CET)
Impactante la frase de Zapatero: “Estamos en los mejores momentos de nuestra historia”. Quizás buscaba un titular impúdico y triunfal y ha conseguido plagiar el estilo Aznar: sin autocomplacencia no hay marketing político que valga para gran consumo.

Todos los ciudadanos tendríamos que estar obligados a hacer un análisis ponderado y constructivo de los aspectos positivos y de los mejorables de cada año de Gobierno, tipo redacción de colegio; ello haría que matizásemos nuestros blancos y negros en éste país tan carente de moderación, que equilibrásemos nuestra propia percepción del Ejecutivo y que obviásemos anécdotas tipo la estatua de Franco. Supondría partir de la autodisciplina de la información ampliada y de un constante filtrado de los medios de comunicación, para después quitarnos las vísceras, que diría Rajoy.

De los aspectos positivos de éste año de legislatura, encuentro especialmente satisfactorio uno que es contenedor de muchas medidas con imagen de marca ZP: y no, no es la retirada de las tropas, sino el gusto del Gobierno por la pedagogía democrática y lo políticamente correcto. De él se derivan la reactivación de la vida parlamentaria, el ímpetu desordenado de cumplimiento del programa electoral, la promoción del concepto de ciudadanía y la extensión de su plenitud jurídica a las minorías.

De la pedagogía democrática surge también la formalización del Código de Buen Gobierno del Ejecutivo, la práctica pactista – también obligada - con los Grupos parlamentarios, la elevación de las formas – talante, diálogo, negociación – a bandera proselitista -, o la implicación de la sociedad civil a través de comités de expertos y sabios para objetivar – y consensuar – múltiples reformas como la de la TV pública.

Aspectos más controvertidos, como el esfuerzo táctico de integración de los nacionalismos periféricos y la apuesta por la vía dialogante, civil y parlamentariamente refrendada de las reformas estatutarias, emanan también del mismo principio entusiasta de enfatización democrática, al igual que la polémica reforma de elección proporcional y no mayoritaria de jueces, o la afiliación a un Europeismo agradecido, multilateralista, laico y, hasta hoy, solidario. Hay muchos más ejemplos a reseñar que nacen de ésta pedagogía de matriz socialdemócrata, entre otros, la inclusión de la asignatura “Educación para la ciudadanía”, o la promoción progresista de derechos civiles y de los principios de igualdad y no discriminación.

¿Y en los aspectos mejorables?, vivienda y más vivienda y precariedad y mercado laboral. Es imposible que el mercado de trabajo o la vivienda puedan realmente afrontarse sin amplios planes trasversales e interministeriales en los que echar el resto y donde Solbes no oponga su realismo continuista. Política es reformismo y avance y no podemos vivir en una sociedad que trabaja más horas que ningún país del entorno, en la que es imposible conciliar la vida profesional con nada que no sea dormir, donde comprar un piso incluso de 30 mtrs2 es imposible, y en la que los jóvenes deben trabajar gratis y en precario hasta los 30 años. Es que entre otras cosas, no habrá Pacto de Toledo que resista la falta de hijos que todo esto conlleva. La reforma laboral debe ser mucho más ambiciosa y a Maria Antonia Trujillo hay que darle presupuesto o nombrarla directamente Ministra sin cartera.

Además, por pedir que no quede: Observatorio nacional y autonómico de medidas gubernamentales, Servicios públicos de Empleo proactivos que miren a la empresa y generen oferta de empleo de calidad, más ayudas a la creación de empresas y autoempleo, fomentar el acceso a la lectura y la cultura, más televisiones con menos telebasura( sí, más canales y porqué no CNN+ 24 horas en abierto), impulso de la Responsabilidad Social Corporativa en empresas y en la Administración y medidas contra la deslocalización, ( ¿es que nadie nunca va a limitar a China?), Pactos de Estado en política exterior e inmigración, política de acuerdos y encuentro con países árabes ( otra forma de llamar a la Alianza de civilizaciones), impulso a las relaciones con MERCOSUR, y que Portugal sea por fin parte de la península Ibérica.

Claro que falta algo, pero es que no me parece tan trascendente que nos perdonen Bush y Condolezza.
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Ana Morilla Carabantes, es Asesora en Gestión Pública y comunicación política

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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