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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

España al borde de un ataque de nervios

Los políticos no tienen derecho a mantener al pueblo en tensión constante
Miguel Massanet
lunes, 17 de julio de 2017, 08:34 h (CET)
Es evidente que, lo que viene sucediendo en España desde que se inició la crisis de las sub prime americanas, allá por el año 2008, tiene una parte en la que la economía asumió todo el protagonismo de lo que les sucedió a los ciudadanos españoles, que se vieron sorprendidos por unos acontecimientos que, quizás los más expertos vudús de las finanzas o los más selectos pensadores de los ciclos económicos, hubieran podido predecir, pero que, evidentemente, fuera por la euforia del sector de la construcción o por la creencia generalizada de que aquellos tiempos de progreso y bonanza no tendrían fin, nadie se atrevió a denunciar y, si se hubieran atrevido, con toda seguridad los resultados no hubieran variado mucho, dada la inercia de una situación en la que los ciudadanos se encontraban cómodos, seguros de que la gallina de los huevos de oro nunca acabaría de seguir poniéndolos.

Fuere como fuere, la realidad es que, a partir de aquellos momentos, las cosas comenzaron a ir mal en nuestra nación, las empresas empezaron a perder dinero, los negocios flojearon, las inversiones cesaron y el fenómeno de la reducción de plantillas empezó a ser la mayor amenaza para la nación española. Se comenzó a perder la confianza en el futuro, a reducir riesgos, a bajar la cifra de ventas, a cerrar negocios, a quebrar industrias, a crecer amenazadoramente las cifras del paro y a caer en picado la construcción y las empresas relacionadas con ella, que fueron la mayoría. Los bancos fueron los más directamente afectados y las cajas de ahorros las que amenazaron con el gran cataclismo económico, debido a los riesgos desproporcionados que habían asumido, la mayoría de ellas, con el sector de la construcción.

Y aquí, señores, comenzó para el pueblo español la gran odisea, la travesía del desierto que, a través de restricciones, falta de trabajo, recortes de salarios, incertidumbre respecto al futuro, miedo a perder el puesto de trabajo, recortes de beneficios sociales, congelación de las pensiones, reducción de los gastos familiares y a verse obligadas muchas familias a acoger en su seno a familiares que no disponían de lo necesario para vivir; se hizo endémica para el pueblo español. Esta fue la primera etapa en la que la crisis y las medidas del Gobierno para intentar sobrepasarla, empezó a afectar al nivel de vida de los ciudadanos y a la economía de toda la nación española. Pero quedaba una segunda parte, todavía menos previsible, que desgraciadamente parece que no tiene trazas de llegar a su fin.

Los sindicatos, los políticos, los partidos de las izquierdas y los propios españoles que, fuere por el pánico, por la inseguridad, por el temor a empeorar más la situación o por constatar que se trataba de una crisis que afectaba a casi todo el mundo, que repercutía de una forma parecida en todas las naciones y que, cualquier protesta, acción intempestiva o reclamación extemporánea, no haría más que aumentar el riesgo de que la nación entrara en quiebra soberana. Durante los primeros años se mantuvieron en una actitud expectante, se amoldaron a las restricciones y permitieron que, cuando el PSOE tiró la toalla y le pasó el relevo al PP, éste pudiera poner en marcha una serie de medidas duras, evidentemente molestas y necesarias, siguiendo las indicaciones de la UE, para evitar que se tuviera que pedir el rescate por parte de las instituciones económicas europeas. Se evitó y se logró obviar lo peor.

Pero cuando parecía que la crisis iba evolucionando a mejor, cuando empezaron a asomar rayos de esperanza en el horizonte, intervinieron de nuevo los políticos. Era el momento de aprovechar los primeros síntomas de mejora para posicionarse, desplazar a quienes desde el Gobierno habían logrado cambiar el signo de la economía, reflotar el sistema industrial y darle la vuelta al paro, para que, todos aquellos partidos que no supieron enfrentarse a la crisis, ahora, a tiro pasado, vinieran a reclamar el trozo del pastel, incluso antes de que estuviera cocinado por completo. Primero surgieron los carroñeros venidos de fuera, los buitres bolivarianos que, fieles a sus métodos anarquistas y a sus procedimientos marxistas, utilizaron la insidia, la mentira, la propaganda, la demagogia y la marrullería para sembrar la cizaña en una parte del pueblo más directamente afectada por las penurias de la crisis. Lograron, en parte, su objetivo y, de paso, provocaron un verdadero caos político que afectó a todos los partidos que tradicionalmente formaban parte del arco parlamentario español.

Pero, al parecer, no era suficiente para acabar de enrarecer el ambiente social en nuestro país. Los nacionalistas, en este caso los catalanes, quisieron aprovechar las aguas revueltas para, suponiendo que el gobierno Central estaba debilitado, intentar lanzar su particular órdago para sacar provecho de la situación de inestabilidad en la que se suponían que se encontraba toda España, para dar su particular golpe de Estado, con la clara intención de poner al Gobierno ante la amenaza de una secesión en toda la regla, que le obligase a sacar los tanques y los aviones para detener la sublevación catalana. Y en estas estamos.

Lo peor es que, los partidos que siempre se habían declarado con contrarios a cualquier intento de ruptura de la unidad del Estado española, pretenden jugar con dos barajas cuando, por una parte ( como hace el señor Sánchez del PSOE) dicen apoyar al Gobierno en cuanto a impedir el referéndum que se proponen hacer los separatistas de Puigdemond y Junqueras, pero, por el otro lado, están hablando de dialogar, de evitar enfrentamientos, de cambiar la Constitución para contentar a los rebeldes, cuando, como es evidente, el usar semejantes procedimientos que, si los catalanes hubieran querido, ya se hubieran podido utilizar en etapas anteriores; en la crispada situación actual, al mismo borde de que se lleve a cabo la amenaza de declaración de la independencia; es obvio que ningún estado, con dos dedos de sentido común, se prestaría a dejarse chantajear por una banda de traidores a la nación y al resto de españoles.

Y hete aquí, señores, a lo que nos estábamos refiriendo en el titular de este comentario. Los españoles, desde finales del 2007 hemos estado sometido a toda clase de presiones de todo tipo. Empezando por las de tipo económico, laboral, social, financiera y política. No ha bastado que la crisis y la recesión nos hayan tenido contra las cuerdas durante unos años, en los que hemos estado al borde del precipicio; sino que, los políticos, los que simplemente han procurado para su propia conveniencia, los que tanto les da lo que le ocurra a España y a los españoles, con tal de situarse en el poder, llenarse las faltriqueras y hacer y deshacer a su antojo; todos estos individuos a los que, lo mismo les da organizar manifestaciones en las calles que decretar una moratoria contra el turismo en Barcelona o actuar contra la propiedad privada, imponiendo tasas sobre las viviendas vacías; estos vividores que han encontrado su modus vivendi en la política, donde han conseguido asegurarse unos sueldos que nunca soñaron recibir, a cambio de no dar golpe; insultar al resto de representantes del pueblo; maquinar contra la actividad de las cámaras en las que ellos mismos participan; reprocharles a los del PP lo que hicieron en favor de España y reclamar que se les cedan a ellos las potestades para poder darle la vuelta a la tortilla, convirtiéndonos en un estado dividido, con un sistema anarquista y desechado del resto de naciones europeas.

Los ciudadanos hemos llegado al límite del aguante, del desconcierto, de la abominación de la política y de sus representantes y sólo deseamos que se nos deje en paz, se aplique la Constitución, que para esto la aprobamos mayoritariamente entre todos, que se meta a los chorizos en las cárceles y que, cada partido, proceda a descargarse de la carga de advenedizos que, a través de los años, los han ido corrompiendo. España ha vuelto a una situación que, a los que tenemos recuerdos de otros tiempos y que tenemos conocimientos de lo que sucedió a partir del abril de 1931; de los nefastos sucesos que se fueron produciendo durante los años que siguieron a la proclamación de la II República, nos hace pensar que aquellos tiempos de criminales, asesinatos, quemas de iglesias y guerra civil, lejos de constituir un recuerdo lejano, tiene verdaderas posibilidades de reproducirse.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos la impresión de que llevamos viviendo siglos sometidos a tensiones políticas, que nada tienen que ver con la situación económica en la que nos encontramos, cuando parece que, todos los datos que van apareciendo, siguen siendo favorables a una recuperación evidente de nuestra nación, si es que, los que están empeñados en negarla, no consiguen salirse con la suya y nos conducen a uno de estos paraísos comunistas en los que sueñan.
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