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Divorcio a la carta
La democratización del divorcio ha producido más perjuicios que beneficios
Por el matrimonio, dos personas, un hombre y una mujer se convierten en una sola carne. El hombre y la mujer por el vínculo conyugal encuentran la compañía idónea, lo cual que significa que ni el hombre ni la mujer deben ir a buscar su plenitud fuera del vínculo conyugal. En tanto el pecado no entró en el mundo por la desobediencia de Adán a Dios, los corazones del hombre y la mujer latían al unísono. Parece ser que esta armonía duró poco. El diablo hablando por medio de una serpiente sedujo a Eva para que comiese el fruto del árbol prohibido. Para no quedarse aislada persuadió a Adán a hacer lo mismo. El hombre hizo caso a su mujer y tan pronto como comió el fruto se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. De repente la luna de miel se convirtió en luna de hiel.
Estamos familiarizados con las recriminaciones que los esposos se lanzan mutuamente. Tal vez ignoramos cuál fue la primera acusación que un hombre espetó a una mujer: “Y el hombre respondió (a Dios): la mujer que me has dado por compañera me ha dado del árbol y he comido” (Génesis 3:12). Fíjese el lector que Adán quiere desentenderse de su responsabilidad acusando a Dios por haberle dado la mujer que era su compañera idónea y a la fémina como responsable de su fechoría. ¡Adán es el inocente! Pero no hay excusas que valgan. La ingestión del fruto prohibido fue la causante de que las relaciones conyugales acabaran con el corazón dividido dando comienzo a que la pareja siguiera caminos distintos.
Hoy se banaliza el divorcio considerándolo una cifra fría de estadística. Realmente tiene unas consecuencias muy negativas, tanto para la pareja como para los familiares más cercanos, siendo los hijos quienes salen más malparados de la ruptura. Clint Eastwood, que no se caracteriza precisamente por ser un buen modelo de esposo, escribe: “Le aseguro por experiencia que el divorcio no es una vivencia demasiado buena además de ser muy cara”. El prestigioso siquiatra Luis Rojas Marcos, afirma: “A consecuencia del divorcio las parejas rotas tienen una predisposición más grande a sufrir toda clase de enfermedades físicas y mentales, de ataques de corazón a la depresión” El pecado es un ácido que corroe la relación conyugal. Es cierto que los matrimonios deben esforzarse para combatir los efectos del pecado: control del carácter, fidelidad al cónyuge, preocupación por el bienestar familiar, no olvidarse de la colaboración con la escuela para mejorar la educación de los hijos…Si no se resuelve el problema del pecado todos los esfuerzos que se hagan están destinados al fracaso. Podrán no acabar en el divorcio público, pero las relaciones de pareja se resienten y se hace difícil mantener la harmonía. La democratización del divorcio no es la solución.
Una boda siempre es motivo de alegría. Los contrayentes desbordan felicidad moviéndose ágilmente entre los invitados. Es muy posible que del compromiso mutuo terminado de firmar de que se mantendrán fieles el uno al otro en las diversas circunstancias por las que pase el matrimonio hasta que la muerte no los separe, no se acuerden. El recién compromiso dado es necesario tenerlo aparcado ya que este es el mejor momento de sus vidas. ¡Error colosal! Las dificultades que se presentarán durante el matrimonio no se podrán superar con alegría aparente. Se precisa el cimiento que ayude a hacerlo.
El matrimonio es mucho más que una vivienda perfectamente equipada con componentes de gama alta que dan comodidad y la posibilidad de hacer viajes de ensueño en lugares exóticos. Es la relación íntima entre dos personas imperfectas que mutuamente se acusan de sus respectivas imperfecciones. Este comportamiento produce mal vivir. El pecado siempre rompe la armonía que debería existir entre los esposos. Por la fe en Cristo Dios empieza a restaurar la buena convivencia que debe darse entre los cónyuges existente antes de la Caída. Hoy no se recuperará la plena armonía, pero se inicia el viaje hacia ella.
Es cierto que se seguirán presentando acusaciones. Ahora, con la presencia de Jesús en la pareja, los cónyuges claman al Señor con el resultado que los conflictos se solucionan sin dejar cicatrices, fortaleciéndose las relaciones mutuas. El resultado es un matrimonio estable al que no hacen zozobrar los acontecimientos. El divorcio no existe para un matrimonio verdaderamente cristiano.
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