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Etiquetas:   Desde el sur   -   Sección:  

De acuerdo, llámenme antiespañol

Alfonso Sotelo
Redacción
martes, 12 de abril de 2005, 23:05 h (CET)
Puede que sea antiespañol, sí. Y no lo digo a raíz de unas declaraciones de José María Aznar o de José Bono, sino por un absurdo mensaje de móvil. Algunos móviles tienen infrarrojos, cámara, polifonía, mms, incluso se puede llamar con ellos y sirven para mandar sms como al que me refiero. A cierto programa de radio, más famoso por hacer publicidad de una cerveza (uh, uh, uh), propaganda política de pensamiento único ciertos días y por pedirle puritos a un tal Pepe que por otra cosa, se pueden enviar mensajes de móvil comentando la actualidad. Uno de ellos afirmaba que el director de dicho programa era “antiespañol” porque había defendido a Rossi y no a Gibernau tras el polémico adelantamiento del italiano. Y si eso es ser antiespañol, yo también lo soy.

Soy antiespañol, por esa absurda teoría, porque no defiendo a ultranza a Sete. No lo soporto. No lo conozco personalmente, pero no me irradia buenas sensaciones. Debe ser manía persecutoria o yo que sé, pero no lo defiendo. En dicho adelantamiento yo no es que defienda a Rossi, pero como no trago al bueno de Gibernau, pues nada, que viva Rossi. Y según eso, si quieren nombrarme antiespañol del año, seguido de Carod-Rovira y de Arnaldo Otegi, háganlo.

Seguro que también me dan puntos en esa clasificación por desear que pierda siempre el Real Madrid en Europa. Cada vez que los blancos juegan en la Champions animo al otro. Eso del centralismo no va conmigo. Y menos, como ya he dejado caer por este rinconcito algunas veces, eso de la prepotencia. No los soporto la verdad. Pero bueno, sumo y sigo.

Tampoco animo a Fernando Alonso. Soy un amante de la Fórmula Uno desde que tenía ocho añitos o así (tampoco es que sea demasiado mayor, todo hay que decirlo), pero no puedo ni con Alonso ni con Antonio Lobato, el comentarista de Telecinco. Están en mi lista negra a la altura de los Schumacher (Ralf y Michael, sin orden de preferencia), de Guti y del árbol genealógico al completo de la familia de Emilio Aragón. Soy de Raikkonen, de Pedro Martínez de la Rosa, de McLaren y, para siempre (4EVER, como ponen los catetos), de Mika Hakkinen y de Taki Inoue, cada uno por distintas razones que no vienen al caso.

Pero el colmo de mi antiespañolismo viene con la selección española de fútbol. Ya sea ante Alemania en unos cuartos de final de un Mundial (donde siempre la eliminan) o en un simple y absurdo amistoso ante China en Salamanca un día de frío y de lluvia, yo siempre quiero que gane el país contra el que juega el combinado nacional. Es algo que me ha pasado desde que Yugoslavia nos mandó a casa en Italia’90. Es algo congénito. De ahí puede ser que yo apoye al nacionalismo andaluz y defienda cualquier otro, menos el violento y el de las Mágnum Parabellum. No soporto ver a Raúl mirando al cielo en un momento de misticismo con el himno nacional ni al equipo de deportes de Antena3 abriendo un telediario con un amistoso ante San Marino mientras gente muere luchando por las libertades que ya tenemos, ahogados por un Tsunami o por una maldita guerra santa que dura ya más de dos mil años. Además, en San Marino no creo ni que viva nadie. Sólo once, y con ellos hacen el equipo nacional. Al menos yo no viviría allí tampoco. Ni en España, no me dejan, soy antiespañol. Llámenme así si quieren. Vivo en Andalucía. Soy andaluz, y a mucha honra, y manque pierda, como se suele decir.

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