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Tags: Opinión · Disyuntiva · Rafael Pérez Ortolá
Huellas esquivas


¿Sabrás, acaso, descifrarla en el rumor del agua que se evade sin remedio y para siempre?Á. Mutis. Si oyes correr el agua


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
viernes, 11 de noviembre de 2011, 09:09
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En la eternidad quizá se juegue con otro reglamento, quien sabe; pero desde donde estamos, la relación con el transcurso del tiempo es inevitable. Que tratemos de no darnos cuenta de ello, no cambia los hechos. La duración, la poca duración, se plantea con una terquedad extrema, marca el sino de las personas. También repercute sobre las cosas inanimadas, sobre las obras de arte o la Naturaleza en general. De manera gráfica, lo apreciamos en la evolución de las RUINAS, con su deterioro progresivo.

Los hallazgos arqueológicos impresionan por su duración; maravillados con sus restos, prestamos menos atención a las desapariciones previas de otras realidades. ¿Dichas desapariciones, hacia dónde dirigirán sus pasos? Pues bien, también a nivel de los humanos interesa una valoración sobre los distintos tipos de huellas con las que nos manejamos. Su estado de conservación influirá en aspectos cruciales de la existencia. ¿Tratamos de manera adecuada las distintas señales a las que accedemos? ¿Nos importan? ¿Las aprovechamos de cara a unas elecciones? Constituyen un panorama abierto a la atención puesta por cada sujeto.

Uno de los errores fundamentales viene derivado de una práctica muy de nuestra época, aquella de ceñirse en exceso a las imágenes. ¿Valdrán más que las mil palabras? Estoy en la respuesta negativa. Reconozco que se captan con una simple mirada, sin esfuerzo, aunque la valoración de su mensaje no suele ser profunda; es rápida, superficial y fugaz.Los pormenores no se detectarán, no saldrán a la superficie de inmediato ni con facilidad. Las INFLUENCIAS que participaron en la creación del fenómeno que vemos ahora, quedan diluídas detrás de las vistosas apariencias; escasean las huellas de aquellos influjos. Da lo mismo que hubieran sido buenas o malas aportaciones, de carácter individual o colectivo; no penetramos en los detalles. Con ese talante de la mirada superficial, prescindimos del meollo de las experiencias, la sustancia de lo que luego apareció en la imagen. Quizá no nos interese, andamos sobrados con las primeras impresiones.

Las huellas son testigos de los sucesos ocurridos con anterioridad, antiquísimos o recientes, según las observaciones efectuadas. Las víctimas de actos terroristas aún están de actualidad, con su sello trágico de difícil olvido. Los despilfarros políticos ampliaron las secuelas de la presente crisis económica, el aumento de la precariedad en tantas familias es un hecho. Son huellas bien visibles. En general, la permanencia de señales como las apuntadas, ejerce su testimonio para que no se nieguen ciertas realidades previas. La testificación es muy importante, porque si no, entramos con facilidad en unos DELIRIOS incontrolados, como si no hubieran sucedido dichos comportamientos. Los políticos son muy propensos a esos delirios (0bservense los mítines); que podemos considerar como auténticas mentiras, si no aceptamos su ignorancia , y por el contrario, sospechamos de su perfidia. El pretendido homenaje del Congreso a las víctimas, abusó de interpretaciones sectarias y desconsideraciones; ausentes gran parte de sus señorías y producida la renuncia de una representación mayoritaria de las víctimas a una supuesta burla; muestran el menosprecio dirigido a la huellas mencionadas, la de los actos luctuosos precedentes.

La cultura intensifica los perfiles globales, avasalla las creaciones de menor tamaño encontradas a su paso, no tolera las oposiciones; siendo asi que, la valía de ambas no gira en torno al tamaño, pero sucede de ese modo. En el extremo opuesto, desde cada persona, emana la interpretación particular de las cualidades a tener en cuenta; es el componente necesario para toda realidad cultural que se precie. Sin los individuos, la aspiración queda confusa. Entre estas contraposiciones, llaman la atención las FIJACIONES DEMOLEDORAS, destructivas, aplanadoras; por medio de las cuales los asideros y apoyos sufren un deterioro progresivo. Tratamos con una fijación obsesiva, que priva al ciudadano de elementos convincentes. Se invalidan criterios, mitos, creencias, aspiraciones, virtudes, derechos humanos en general, como cualquier otra entidad que contribuya a la esencia de las personas. ¿No tienen importancia? Cada uno verá, porque desprovistos de esas señas de identidad, no quedarán sino peleles dispuestos al servilismo bobalicón.

La barahúnda social ha introducido de lleno el reino de la amarga sospecha. Entre el revoltijo ocasionado aparece de todo, sin que la justificación no sea el principal criterio. Disponemos de un conocimiento de las cosas moldeado por el utilitarismo, según las conveniencias de los intereses manipuladores. Con tales maneras, las variadas señales que nos llegan son EMISARIOS sospechosos desde el primer momento. Qué nos dicen y sobre todo, que nos ocultan. ¿Las inversiones millonarias en restauración de catedrales o en museos centran sus empeños en la religión o en el arte? No piensen mucho en eso. La planificación, el número de turistas y la política, utilizan a esas entidades para otros enfoques. ¿Nos fiaremos de los personajillos que nos presentan con grandes alharacas? Nos modifican la historia, las luces y las sombras. Con tanta ligereza de equipaje propio, a ver si acabamos transitando sin que se noten nuestras pisadas. Nos creemos que el gobernante está desnudo o vestido; mientras, se apoderan de los equipamientos culturales de las personas.

Las consecuencias reflejadas en las observaciones actuales, no siempre estarán relacionadas con antecedentes muy remotos; máxime, en estas vidas tan aceleradas. Como es evidente, hay huellas procedentes de comportamientos o de acontecimientos de relativa proximidad; en cuestión de restos o secuelas, no todo es arqueología. Por otra parte, ese acortamiento de los tiempos nos permite apreciar las huellas de lo provocado por nosotros mismos, o por gente que hayamos conocido en directo, en los entornos próximos. Dicho con otra expresión, nos damos cuenta de la capacidad de la que disponemos para ocasionar determinadas señales, como consecuencia de las decisiones previas que tomamos. Participamos en la ELABORACIÓN de esas huellas, buenas o malas. Así, la responsabilidad es directa. Lo que hagamos con la infancia, la convivencia, la senectud o en cualquier otro sector, dejará de atribuirse a una rémora ancestral; estaremos implicados hasta las cachas y dejaremos las huellas derivadas de los comportamientos elegidos. La rapidez pone en evidencia la cuota personal, las consecuencias serán relativas, pero no tanto. Podemos analizar el papel desempeñado por los actuales convivientes. Ecología, educación, corrupción, planes económicos, van entrando en la lista de sectores afectados.

Los resultados de las sucesivas intervenciones de los humanos son complicados, la vida misma es compleja. ¿Abdicamos del esfuerzo propio? ¿Delegamos en los demás para la preparación de los proyectos? La comodidad responderá que sí, lo cual lleva aparejado el que nos desvitalicemos por decisión propia. ¡Nos arrastrarán los planificadores!, que no necesariamente son buena gente ni altruistas. Quizá algún día demos con la REACCIÓN oportuna; diremos como Maqroll el Gaviero, “¿Quién convocó aquí a estos personajes?”. Para unos lucimientos tan pobretones, al menos, que hubieran sido huellas fijadas por nosotros y algo mejores.

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