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El adiós más multitudinario

Patricia Zamorano Granados
Redacción
miércoles, 13 de abril de 2005, 22:47 h (CET)
Juan Pablo II ha sido enterrado. Un acto solemne y lleno de emociones a flor de piel para todos los fieles, tanto para los presentes como para los que han seguido el acto por televisión. Pero lo más destacado ha sido la presencia masiva de los feligreses, no importaba la edad, el país de procedencia, el color, la lengua o cualquier otro tipo de diferencias, todos estaban allí con el mismo propósito, dar su último adiós al Papa y hacerle un último homenaje.

Durante una semana se ha demostrado la pasión que desataba la persona de Juan Pablo II, porque antes que Papa ha sido eso, persona. Quizá por ello habrá cometido errores, incluso puede que durante sus veintiséis años de Pontificado, pero ¿Quién está libre de pecado? Las personas no, me atrevo a decir que los sacerdotes y demás personalidades religiosas tampoco, por qué no reconocerlo, la Iglesia también comete y seguirá cometiendo errores. La perfección no existe, ni para los más bondadosos ni buenos del mundo.

Puede que haya sido ese carisma de sencillez y de humildad el que haya hecho que Karol Wojtyla, nuestro Papa, se haya ganado el cariño incondicional de millones de personas. Demostración, la suya, de amor al prójimo; se acercó a todos, fuesen o no cristianos, porque lo más importante no son las creencias religiosas de las personas sino el ser humano en sí, la bondad de la gente. Como se suele decir “la belleza está en el interior” y la belleza de Juan Pablo II ha sido especial.

Y es que ha sido capaz de repartir amor y conseguir la unión mundial de los pueblos incluso estando muerto. Su funeral ha supuesto el encuentro de casi todos los altos cargos de cada país del mundo, de miles de personas procedentes de muchos países, blancos, negros, cristianos, musulmanes,... Todos ellos en un ambiente de armonía, de paz. Por eso quiero dejar la siguiente pregunta en el aire: Si se ha conseguido la unión entre los pueblos durante una jornada sin debates y reproches, ¿Por qué existen los enfrentamientos bélicos, la violencia entre civilizaciones, no podemos conseguir vivir en paz unos con otros cuando una sola persona, y muerta, lo ha conseguido durante unas horas? Cada uno que recapacite su propia respuesta.

Ahora sólo nos queda el recuerdo de alguien que luchó por la paz, atrás debemos dejar las imágenes de su sufrimiento en sus últimos días de vida y pensar que, mientras lo tengamos en nuestra mente, seguirá vivo en nuestros corazones. Nuestro deber es ahora, seamos o no creyentes, seguir su ejemplo y continuar una de sus obras más importantes, el camino hacia la paz. Éste debe ser nuestro papel porque él confiaba en nosotros.

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