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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

El gran plató del mundo

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 10 de abril de 2005, 23:32 h (CET)
La Iglesia católica ha sabido desde la eternidad de los tiempos realizar una perfecta puesta en escena para hacer creíble su doctrina. Me eduqué en un colegio católico y todavía recuerdo con un cierto pavor todo el atrezzo de aquellos ejercicios espirituales en los que prácticamente olíamos el azufre de Satanás mientras ardíamos entre las llamas del fuego eterno. Y todo gracias a las pláticas de los padres que allí nos desasnaban y a su puesta en escena: la elevada mesa del profesor recubierta con una tela carmesí y encima de ella un crucifijo y una cráneo de plástico rescatado de las estanterías del laboratorio del colegio. Las vidas de santos y mártires leídas durante aquellos largos días espirituales en los que los juegos del recreo se trocaban en rezos interminables en la capilla hacían que muchos de mis compañeros expresaran su voluntad de llegar a la santidad por medio del martirio. “Antes morir que pecar” era el lema que nos inculcaban en aquellas aulas unos sacerdotes ensotanados.

Desde su nacimiento la Iglesia ha sabido hacer llegar su mensaje mediante la exaltación mediática de sus creencias. La muerte de Cristo en la cruz rodeado por dos ladrones mientras su madre y un coro de mujeres lloran a sus pies y el cielo se oscurece, los primeros cristianos lanzados a los leones mientras encaraban su martirio cantando himnos como hemos visto en tantas películas. Los martirios de tiernos infantes y de muchachas que prefirieron la muerte antes que la deshonra ensalzados al máximo. Todo el ceremonial del rito católico con sus coloridas casullas, las albas almidonadas, las capas pluviales y, sobretodo, el olor a incienso y la utilización del latín, un lenguaje que el pueblo llano ignoraba y que hacía todavía más misterioso todo el ritual.

Pero ha sido con el último Papa con el que la utilización de los medios ha llegado a su culminación. Juan Pablo II, que a lo largo de su papado ha visitado 129 naciones y realizado en sus viajes tantos kilómetros como la suma de tres viajes de la Tierra a la Luna, ha demostrado ser un gran comunicador. Aquella puesta en escena, igual en todos los lugares visitados, de arrodillarse en tierra y besar el suelo que comenzaba a pisar era el disparo de salida de toda una utilización de los medios para lanzar su mensaje. Sus dotes de actor las explotaba bien y conocía el momento y el lugar justo para cada gesto. Y sabía perfectamente que las cámaras estaban registrando hasta el menor de ellos y la utilización de los mismos. Así para condenar toda la “teología de la liberación” le bastó un solo gesto: la bronca que dio en público a su llegada a Nicaragua a Ernesto Cardenal.

Finalmente el pasado viernes tuvo lugar la culminación de toda esta utilización de los medios para ensalzar una figura que, como mínimo es discutible por los sectores más progresistas del catolicismo, y una doctrina que, en su versión oficial, siempre ha estado al lado de los poderosos. Convertida la Pl. de San Pedro en el mayor plató del mundo y actuando como actor secundario, con aspiraciones a principal, el cardenal Ratzinger conocido también como el Gran Inquisidor, los asistentes, quiero creer que de manera espontánea, lanzaron un grito: Santo súbito. Santo pronto, serán las palabras que resonaran en los oídos del próximo Papa, seguramente fiel seguidor de Juan Pablo II, Ya desde algunos medios afines se ha publicado que en Bosnia y un día antes de su muerte el Papa se apareció junto con la Virgen a un vidente. A partir de ahora comenzaran a surgir milagros por doquier y como últimamente el llegar a santo no es muy difícil ni cuesta muchos años, recordemos que Juan Pablo II canonizó a 476 santos y entre ellos al fundador del Opus Dei, pronto veremos en los altares a San Juan Pablo el Grande. Mientras, en las selvas latinoamericanas y en los arrabales de nuestras grandes ciudades otra iglesia seguirá luchando contra la injusticia y la pobreza.

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