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Etiquetas:   Con la mano en el corazón   -   Sección:   Opinión

Naif

F.L. Chivite
Redacción
sábado, 9 de abril de 2005, 22:52 h (CET)
Ibarretxe, Madrazo, López y San Gil. Los cuatro ahí, el otro día, en el debate aquél de la ETB. Formales. Rígidos. Y quizá también un poco atrapados. Un poco obligados por las circunstancias: contra las cámaras, contra el cronómetro. Una representación que en su aspecto puramente escénico pudo resultar decepcionante. Porque no hubo espectáculo. Ni discusión real. Ni siquiera hubo diálogo. Cada cual se limitó a reproducir lo que tenía preparado de antemano: la frase ésa que saben que deben repetir tantas veces como puedan. Pero que pese a todo, o precisamente por eso (por esa ausencia de aparatosidad, por esa envarada moderación), la experiencia tuvo un valor simbólico importante. Y por supuesto, también político. Parecía todo extrañamente normal. Por eso creo que se recordará.

E incluso tal vez acabe citándose como ejemplo. Como ejemplo de todo eso, ya saben: de corrección, de civismo, de decir gracias o pedir perdón cuando el moderador anuncia que se ha agotado el tiempo disponible. Como ejemplo también de que, como todo el mundo vio, dos minutos pueden llegar a ser demasiado tiempo para la nueva forma de vender la política: el mensaje básico, publicitario. El discurso escueto, desideologizado. Y como escenificación de una estricta (y muy pedagógica) equidad en la distribución de la cuota de pantalla. Pero luego, por encima de todo eso estaba, naturalmente, el valor de verlos juntos, a los cuatro, en buena armonía. Demasiado cercanos el uno al otro. Demasiado asimilados. Y también, si me lo permiten, demasiado similares. Similares en la actitud, en el tono. Y en fin, en ese otro asunto tan delicado que poéticamente podríamos denominar la encantadora mediocridad (o sencillamente modestia), que tanto de modo individual como en conjunto irradiaban por doquier. Desde hace tiempo tengo la sospecha de que se está generalizando entre los políticos contemporáneos un vicio (lo llamo vicio porque creo que les produce una oscura fruición), que consiste en adoptar una actitud deliberadamente ingenua. Un estilo naif. De pronto, lo hacen todos. Supongo que tiene mucho que ver con el miedo a parecer incorrectos. Y con la necesidad de gustar: la ingenuidad seduce: suele pasar por inocencia, y eso nunca está mal. Pero, me pregunto: ¿Es lícito fingir ingenuidad? No sé, que cada cual se responda lo que quiera. Ibarretxe, al despedirse, aún tuvo el candor de pedir perdón a los telespectadores por el aburrimiento que temía haberles causado: así se va creando el personaje. Al principio, había pensado titular esta columna con la palabra aburrimiento. Pero quizá no sea para tanto. La palabra naif, como todo el mundo sabe, alude al candor deliberado.

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