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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Líderes y peregrinos

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 9 de abril de 2005, 22:52 h (CET)
Los líderes políticos, espirituales y religiosos son humanos y, como tales, vulnerables a la enfermedad, a la muerte, y eso nos sorprende. Nos sorprende a menudo la muerte, a pesar de ser tan común; pareciera que estuviera reservada a extranjeros lejanos, perceptibles si se asoman a pantallas mediáticas; pareciera que fueran a salvarse los niños, los jóvenes, nuestros seres queridos, los líderes y grandes personajes, los reyes, los artistas, los familiares o nosotros mismos, y no, a todos iguala.

Un gran funeral y entierro como el de Juan Pablo II, capaz de reunir a los líderes del planeta en el respeto, en el dolor y en el recuerdo, puede ser una mera historia de fechas si nos olvidamos de los millones de peregrinos que han revuelto y colapsado Roma. Me pregunto si hacen algo parecido por sus muertos, enfermos, mayores y pobres. Pues, se da la paradoja que se abandona y descuida lo próximo para llegar a conquistar lo inalcanzable, lo imposible, lo morboso y sacrificado. Me pregunto si aplauden en otros funerales, si cantan cerca de otro cuerpo presente, si enarbolan banderas, si ponen velas, hacen vigilia de sus fallecidos o si visitan tumbas.

El ser humano necesita guías, referentes morales y éticos para poder sumarse a las masas y circular con ellas en exaltada procesión de sentimientos. Juan Pablo II, el Magno como le llaman, fue magno en su vida, magno en humanidad, con los medios, magno en los viajes, en sus encuentros de juventud. En esta sociedad que se toma la vida de modo ligero y desproporcionado en tragos light o en avalancha de sed exagerada, Juan pablo II es magno sin quererlo, es magno entre los magnos. Llegó a las multitudes y ellas le veneran de un modo fetichista, hasta el punto de que la multitud le eleva a los altares súbitamente cual santo popular y súbito. Este Papa poeta se ama sobre todas las cosas. Podría convertirse en el gran “canonizador” canonizado. Los peregrinos le aclaman, ya le piden favores de santo, pero él solo desea que recemos por él, humildemente.

Se marcha de esta vida con zapatos usados, en madera pobre de ciprés, rodeado de desnuda tierra. Es el Papa de todos, de los jóvenes, de los líderes de otras religiones. Quiso unir a los habitantes del planeta en la fe de un solo Dios todopoderoso y a su muerte casi lo consigue. Roma se confunde estos días con Cracovia, lo católico se funde en lo ortodoxo, las lenguas del mundo se unen en homilía bajo un diccionario de amor. La Vía “Conciliacione” tiene un sueño de calle, sueño al fin: que se haga realidad su nombre en las conciencias. Se prohíben las armas en el Vaticano, las reales y las disparadas por cerebros de líderes que rezan arrodillados, hasta en su muerte este hombre los deja desarmados. El Papa ha muerto y queremos ser buenos. El incienso se hace más sagrado, suenan los salmos poéticos de oriente hasta occidente. Por unos días al mundo le dan ganas de perder su pereza y viajar incansable; se buscan las anécdotas de los países por él visitados. Algunos llaman a esto frivolidad de peregrinos o, por el contrario, candidez humana. Se indaga en el testamento donde no hay riquezas, se mezcla el dolor con el poder, el frío de la noche con el calor del ángelus. Se limpian lágrimas, pero se espera con delirio la fumata blanca hecha de paja y golpe de campanas. Se comulga a lo grande y se llora también de modo colectivo. Murió un Papa social y dialogante, un Papa extranjero que se hizo vecino natural del mundo, ya se vende su vida por fascículos de quiosco con el nombre de Magno y Atleta de Dios, porque es negocio. Una vez preguntó: ¿Cómo puede el Papa ser aceptado por todos? No supo que la respuesta la daría su muerte. En vida defendió al ser humano y al Dios de todos pero al final se preocupó especialmente de pedir perdón.

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