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Etiquetas:   A sangre fría   -   Sección:   Opinión

Se equivocó la Paloma

Jesús Nieto Jurado

viernes, 8 de abril de 2005, 22:28 h (CET)
Sobrevolando la neblina primaveral y húmeda del Tíber, el helicóptero de la RAI, difunde a la ciudad y al mundo, tomas e imágenes de peregrinos fanáticos que esperan la santidad o la extenuación en las imponentes filas que rodean el Estado Vaticano desde el Puente de Santo Angelo a la columnata de Bernini.

Filas de cristianos aparentes, impacientes por conseguir la inmortalidad y el cielo eterno en la contemplación a escorzo de los restos del pontífice Wojtyla, que durante 26 años de pontificado, y tras el experimento social de Juan XXIII, plasmó en la tierra un reino de Dios, que al polaco se le antojó cerrado y anclado en Trento, pues de entre la totalidad de sus escritos, puede aseverarse con claridad meridiana, que la empresa de Juan Pablo II en vida fue la exterminación de todo el legado social que la Iglesia había ido adquiriendo lentamente.

Hasta en los momentos finales del pontificado del conservadurismo, la consigna de Wojtyla se mantuvo fiel a los principios de su reinado celestial en la tierra, un culto a la personalidad desaforado, que en plena era de las telecomunicaciones asumía los preceptos propagandísticos que la Iglesia Católica asentó en Trento,contrarreformistas, mediante un exacerbado culto a la personalidad papal, como en la época de Hitler o Stalin, apoyado por manifestaciones multitudinarias y un mensaje ultraconservador, apocalíptico y de una efectividad proporcional a la preocupación humana por lo trascendente.

Desaparece con Wojtyla una manera añeja de asumir los preceptos de la fe, un modo de interpretar el catolicismo, contrario y beligerante con los únicos religiosos dignos de alabar y honrar en su deceso, aquellos curas obreros, que en Vallecas, Chiapas, el Matto Grosso , Tegucigalpa o El Salvador luchaban para que cruces, biblias, libros rojos, hoces y martillos construyeran en un marco de respeto y cooperación mutua, un futuro de progreso e igualdad, frente a las continuas amenazas de la CIA o de la Santa Sede a la única forma ética y moralmente autorizable de cristianismo, la “Teología de la Liberación”.

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