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Etiquetas:   Religión   Historia   -   Sección:   Opinión

Las señales de los tiempos

Los meteorólogos anticipan el tiempo por las señales del cielo, las señales convulsivas de nuestra época vaticinan un inminente juicio de Dios
Octavi Pereña
martes, 4 de julio de 2017, 00:01 h (CET)
La guerra de secesión norteamericana fue el resultado de que la nación se fue alejando de Dios que había estado con los Pilgrim Fathers que fundaron las colonias que fueron el fundamento de la gran nación que es Estados Unidos. Finalizada la guerra para independizarse de Inglaterra, Dios estuvo con los padres de la Constitución. Los primeros presidentes fueron también fervientes cristianos.

Abraham Lincoln, decimosexto presidente también lo fue. Ante el deterioro político y social que afectaba a la joven nación, en marzo de 1863 instituyó un día de ayuno nacional en que urgía a la nación al arrepentimiento y a volver al Dios que por medio de los Pilgrim Fathers fundó la nueva nación. La fe de los primeros colonos se fue diluyendo con el paso de los años hasta que el presidente Abraham Lincoln denuncia la calamitosa situación con estas palabras: “Hemos sido los receptores de las más excelentes dádivas celestiales. Durante estos muchos años hemos sido guardados en paz y prosperidad. Hemos crecido en número, riqueza y poder como ninguna otra nación jamás lo ha hecho. Pero nos hemos olvidado de Dios…Vanamente nos hemos imaginado en la falsedad de nuestros corazones, que todas estas bendiciones fueron el resultado de alguna sabiduría y virtud nuestra. Intoxicados por un progreso ininterrumpido nos hemos convertido en masa autosuficiente……demasiado orgullosos para orar al Dios que nos ha creado. Nos toca, pues, ante el Poder que nos ha hecho, confesar nuestros pecados nacionales y pedir clemencia y perdón”.

Abraham Lincoln, a pesar de sus defectos, ¡qué persona hay que no los tenga!, fue un ferviente cristiano que buscaba en la Biblia la sabiduría que necesitaba personalmente y como presidente de Estados Unidos. Es muy posible que el presiente Lincolninstituyese el día de ayuno nacional influenciado por el libro del profeta Jonás. El texto comienza con estas palabras: “Vino palabra del Señor a Jonás, hijo de Amitai, diciendo: Levántate y vé a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella, porque ha subido su maldad delante de mí” (1:1,2). El texto nos dice que la maldad de Nínive había llegado al punto de no retorno y que exigía la intervención divina para extirparla. Después de intentar eludir el profeta la orden del Señor, pasa tres días y tres noches en el vientre del pez (v.17). Jonás llega a Nínive y proclama el mensaje que Dios tenía para la ciudad pecadora: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida” (3:4). A menudo no se hace caso a los mensajeros de Dios. En este caso sí se hizo. “Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos” (v.5). El rey dijo: “¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos? Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino, y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo” (vv.9, 10). Dios les concedió unos ciento cincuenta años de gracia.

Nínive era una ciudad pagana, pero no estaba exenta de cumplir la Ley de Dios moral que deben obedecer todos los hombres. Los ninivitas como todas las naciones por el hecho de ser descendientes de Adán estaban obligados a cumplir la ley de Dios que estaba comprimida en el mandamiento: “Del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás” (Génesis 2: 17). Desde Adán hasta el fin del tiempo el ser humano se comporta de esta manera ante la súplica amorosa del Señor: “Oye pueblo mío…Yo soy el Señor tu Dios, que te hice salir de la tierra de Egipto, abre tu boca y yo la llenaré. Pero mi pueblo no oyó mi voz, e Israel no me quiso a mí. Los dejé, por tanto a la dureza de su corazón, caminaron en sus propios consejos. ¡Oh, si me hubiese oído, mi pueblo, si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos, y vuelto mi mano contra sus adversarios” (Salmo 81: 8,10-14).

El ser humano se comporta de manera parecida a como lo hizo Acab el rey de Israel cuando el rey Josafat de Judá le preguntó si había algún profeta del Señor con quien se pudiera consultar. He aquí la respuesta de Acab: “Aún hay un varón por el cual podríamos consultar al Señor, Micaías, hijo de Imla, pero yo le aborrezco, porque nunca me profetiza bien, sino solamente mal” (1 Reyes 22:8). Acab, en representación de muchos no escucha la voz del Señor que le llega por medio de sus mensajeros.

El hombre siguiendo el modelo de Adán, su primer padre, no quiere escuchar a Dios. No quiere someterse a su autoridad con la excusa de que no quiere ser esclavo de nadie. La verdad es que es esclavo del pecado. Este esclavista es el más cruel de todos los que ha habido a lo largo de la historia de la esclavitud. Jesús dijo a quienes le escuchaban: “Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8. 31,32). Los oyentes le dicen: “Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú seréis libres” (v.33). Jesús les responde diciendo: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado…Así que, si el Hijo os libera, seréis verdaderamente libres” (vv. 34,36).

Nínive al atender a la predicación de Jonás y arrepentirse de sus pecados gozó de unos ciento cincuenta años de gracia, finalizado el plazo fue destruida. Nosotros desconocemos el tiempo que nos queda. Cuando el plazo que la gracia de Dios nos otorga finalice, inexorablemente seremos destruidos. Nos dejamos guiar por los meteorólogos para saber el tiempo que hará. Sin embargo, no atendemos al anuncio de Jesús que nos indica las señales de los tiempos, que es el caos globalizado que nos oprime, que indican que el juicio de Dios se avecina si no nos arrepentimos y abandonamos el pecado como lo hicieron los ninivitas a la predicación de Jonás.
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