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Etiquetas:   Acuerdos y desacordes   -   Sección:   Opinión

Vaticanización

Ana Morilla Carabantes
Ana Morilla
jueves, 7 de abril de 2005, 22:01 h (CET)
Uno no puede dejar de enamorarse de Roma aunque lo intente. Roma, con las enredaderas y pájaros de vía Margutta, con las pizzerias del Trastévere, con los tejados vistos desde Trinità dei Monti, con el Vaticano de cielos naranjas que emerge desde el interior de la ciudad como una matriuska que hace aún más eterna la eternidad de Roma.

Uno de sus lugares más místicos e impresionantes es la “Cripta de los Papas”, a la que se accede desde el interior de San Pietro, y donde la galería suntuosa de marmóreas arcadas, cobija a ambos lados capillas presididas por las frías, blancas y lujosas tumbas yacentes de los Papas de la historia.

La Cripta dei Papi, parece flotar entre el oropel terreno y el más allá: fastuosa, ornamentada en códigos que preservan su misterio intemporal, es una alegoría poderosa de la Vaticanización del Cristianismo; la identificación entre el mensaje de Cristo, el catolicismo Romano y el poder de la curia, es una barroca paradoja que representa bien la unificación, simplificación y universalización de los mensajes religiosos.

Lo que Roma y el mundo viven hoy, hablan muy claro de la necesidad de referentes espirituales y trascendentes de nuestra sociedad; riadas de gente continúan en éste momento inundando la Via de la Conciliazione, desbordando toda previsión y lógica, dispuestas a esperar colas de 13 horas y pasar un segundo ante el Santo Padre, clamando su necesidad de atestiguar la adhesión a un credo, a una esperanza, a un mensaje.

No es fácil identificar cuál es la composición de ese credo, de ese mensaje, de qué está hecho el fervor colectivo que hoy nos inunda; cuánto hay de testimonio de respeto al que representó a la Iglesia tantos años, cuánto de adhesión a la impronta personal de Juan Pablo II, a su legado de ortodoxia católica; cuánto hay de icono, cuánto de contenido, cuanto de unificación en un mismo símbolo, el Santo Padre, de Cristo y su mensaje, del Nuevo Testamento, de la Curia Eclesial y de la doctrina de Encíclicas y Conferencias Episcopales; cuánto en fin, de pertenencia a la Iglesia divina y humana, de catolicismo - confundido o mezclado con Cristianismo - , de necesidad de fe, de valores como paz, fraternidad o amor, cuánto de vivir por unos días en una dimensión menos material, cuánto de ansia de trascendencia...

Millones de personas se congregan hoy en San Pietro o sintonizan con ellos a través de radio o televisión ¿Cuánto hay en la composición de sus credos de asunción de éste Vaticano vencedor de hoy, con su encriptamiento ritualizado y su apropiación de todos los conceptos anteriores?.

La distancia temporal nos permitirá entender si los católicos han asimilado el mensaje que representó Juan Pablo II, si se identifican con su Iglesia o si a pesar de la Vaticanización puede retornarse al cristianismo más evangélico, humanista, abierto y social que predican o predicaron Casaldáliga, Arrupe, Romero, Vicente Ferrer, o el lúcido teólogo católico Hans Küng, a quien el vaticano retiró la autorización para enseñar en 1.979.

El tiempo dirá si en la Iglesia católica hay más de adormecimiento orgánico en manos de la jerarquía o de inquietud crítica de las bases por construir un rumbo, y cuántos se cuestionan las contradicciones católicas en materia de Derechos humanos y derecho eclesial, papel de las mujeres, moral sexual, celibato sacerdotal, movimientos ecuménicos, democracia interna, clericalismo ingerente, preferencia por los movimientos ultraconservadores ( Focolari, Opus Dei, Comunione e Liberazione...), Vaticanización centralista etc...Muchos Cristianos, creen que ahora o nunca, el catolicismo debe reflexionar sobre sus ejes para estar por fin a la altura de las circunstancias. El nuevo pontificado estará obligado a posicionarse y definirse para marcar su propio paso de “aggiornamento”o simplemente acompasarlo a la contrarreforma, actualizada en los medios, de Juan Pablo II.

Pero en todo ello qué gran escenario es Roma, tan bien cantada por Antonello Venditti en “Roma Capoccia”: “...Vedo la maestà del Coliseo, vedo la santità del Cuppolone....”. Roma ahora vaticanizada, eterna, vívida, histórica, emocional, universal .... Siempre escenario.

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