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Etiquetas:   A cara descubierta   -   Sección:   Opinión

Memorias de un hombre sencillo

Diego Taboada
Redacción
miércoles, 6 de abril de 2005, 22:17 h (CET)
Mis padres nacieron entre polvo, grietas y silencio, en la Galicia profunda del tardofranquismo… en familias cuyo asidero vital era el día a día, Dios, o el mero instinto de supervivencia, si es que no es lo mismo. Mi madre paseaba descalza por caminos de lodo y piedra gastada, persiguiendo con un palo de madera la única fuente de subsistencia de mi abuelo : la vaca, ese tótem sagrado. Su madre falleció en el parto, le siguió rapidamente una segunda, que también falleció –absurdos de la vida- al caerse de una higuera. A la segunda le siguió también una tercea; mi abuelo, a pesar de sus modales aparentemente rudos y viriles, nunca pudo soportar la soledad. Mi madre siguió cogiendo la hoz, caminando por pistas de tierra y persiguiendo a sus vacas, con la insólita alegría de quien se acostumbra, sin saberlo, a las adversidades. Aunque lo que hoy llamamos adversidad, en otros tiempos era mera costumbre.

Mi padre nació el segundo de una serie de once hermanos, en una familia humilde, cuidada por un padre ciertamente indiferente y sencillo, y por una madre católica. Lo que hoy llamamos ser católico, creo que no pasaría de una mera declaración de principios, sin fines prácticos o vitales, o la ignorante beatería de los hijos de las familias más pudientes, que luego son, por desgracia, los que nos acaban gobernando. Mi secreta admiración por mi abuela radica en haber sido, no sólo católica, sino también practicante, y en ser más tolerante y comprensiva que muchas mujeres que hoy llamamos “modernas”. Su inteligencia nunca consistió en una acumulación aparentemente útil de conocimientos, sino en la sutil capacidad para conocer, intuitivamente, a las personas. A ella no se le ocurriría nunca decir, como muchos científicos, que no hay empleo porque las leyes naturales del mercado lo impiden, mas bien diría que no lo hay porque cristo no ha tirado suficientemente de las orejas al señor Caldera. Esta es una explicación menos científica, cierto, pero más humana, más acertada… y más exigente. Seguramente, ella tenga esa capacidad innata, en ciertas personas, de ver lo infinito en lo cotidiano, de dotar de sentido a todo suceso aparentemente trivial : para la abuela, cocinar no es freir huevos para llenar el estómago, sino guisar dos pavos para reunir a sus hijos. Hoy confundimos medios con fines. Ninguno de mis tíos ha tenido vocación religiosa, no les ha hecho falta… han tenido siempre los platos de mi abuela, que son el mejor rezo para alcanzar la dicha.

No todas las abuelas son santas, pero las hay que –sin saberlo- están muy cerca de serlo. En el fondo, este país necesita una inversión de roles : las abuelas deberían administrar el dinero público, para emanciparlas de las tareas culinarias… la clase política debería dedicarse a freir huevos, para librarnos de sus ideas.

Mi padre siempre ha sido de esas personas cuyo sentido común le ha llevado siempe a cometer verdaderas locuras; se adentró en las profundidades del monte Gallego para rescatar a mi madre de la hoz y las intrascendentes conversaciones con sus vacas. Lo hizo por amor, y eso, hoy día, es una cordura que muchos locos no están dispuestos a poner en práctica. La idea del rescate, no fue muy del agrado de mi abuelo materno, que lo recibió –según dicen- con una escopeta y cara de muy pocos amigos. Pero mi padre, erre que erre, con esa cabezonería que caracteriza a todo hombre vital y sano, se la llevó a casa de su familia y le dió alojamiento.

Tomar decisiones cuerdas, no es tan fácil como parece, siempre hay algún loco que insiste en decirnos que estamos perdiendo la cabeza… lo cual es ciertamente molesto. A mi padre no le bastó con internarse en las faldas del Monte Faro, a robarle la hija a un campesino con malas pulgas, poco dinero y escopeta, cuya hija se dedicaba a perseguir descalza a sus vaquitas y a rozar los tojos mientras entonaba alegres melodías folklóricas. No, no le bastó con eso : se casó con ella. Con el tiempo, acabaron emigrando a Suiza, no sé si huyendo de la escopeta de mi abuelo, o buscando el trabajo que aquí no había ni –ciertamente- hay. Supongo que ambos factores fueron determinantes.

Mi infancia en Suiza ha ido solidificando, poco a poco, la convicción de que uno puede sentirse orgulloso de haber nacido en un sitio, sin necesidad de sentir taquicardia con la contemplación de una bandera, y de que uno no es de donde nace, sino de donde desea vivir. Yo no escogí vivir en Galicia, nací –cosa distinta- en ella, como tampoco escogí vivir en Suiza. Para mí, Suiza siempre será silencio, tranquilidad y serena felicidad, porque ese suele ser el estado de ánimo de un niño sano. Mientras después de la transición aún se seguía –y aún se sigue- con la soporífera cantinela del orgullo nacional, yo, en Suiza, seguía maldiciendo al imbécil del vecino por su repetida insistencia en amenazarme con sus pistolitas de petardos : era hijo de una murciana. Creo que, desde aquellas, me he ido convenciendo de que petardos los hay en todas partes, el ser Vasco o Polaco no nos justifica, aún diferenciándonos. Creo que la labor pedagógica de toda escuela debe ser fomentar valores humanos, no nacionales.

Uno puede admirar a Dostoievsky, por ser un gran escritor, pero no por ser ruso. Uno puede admirar la catedral de Burgos por ser gótica, pero no por ser Española. Uno puede deleitarse observando el mar, por ser mar, pero no por ser mar Francés, aunque alguno no dudaría en afirmar, con toda la serenidad que Dios da a ciertos locos, que las olas del mar Francés son diferentes a las del mar Inglés En resumen, uno puede –y debe- resaltar diferencias, comparando lugares entre sí, pero también puede –y debe- ver las similitudes, como si las partes formasen parte de un todo, aún siendo las partes distintas… peculiares. Supongo que esta forma de pensar, me convierte en un loco, a los ojos de ciertos chauvinistas, pero es una locura más sana.

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