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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Igualitarismos falsos


La igualdad como deseo o como utopía está muy alejada de los hechos reales


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
viernes, 28 de octubre de 2011, 09:32
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Con un AGRAVANTE sustancial, en su nombre se gestaron crueles desmanes históricos, que rebrotan al menor descuido. Si resulta ardua la labor para conseguir cotas de igualdad, pequeñas parcelas donde apenas se notaran las diferencias; ese empeño exigiría un punto de partida sincero, la desigualdad es la regla existencial. Aquel falso supuesto de la igualdad real entre los hombres fue catalogado por Ortega y Gasset como una “injusticia profunda e irritante”, porque a diario tropezamos dolorosamente con lo contrario. Distinguía además dos clases de personas bien diferenciadas. Los “egregios”, con sensibilidad, ganas y tenacidad para la superación de las insuficiencias; opuestos a los “vulgares”, sin arrestos, conformados, abúlicos e incapaces de una participación activa que merezca la pena.

La comprobación de la diversidad se evidencia por sí misma. Sin embargo, la CONFUSIÓN se genera por los pronunciamientos retóricos desprovistos de buenos fundamentos; por el contrario, se repiten las declaraciones en apoyo de intereses manipulados. La experiencia ligada a las elecciones, el mismo fenómeno social de los “indignados”, abundan en ejemplos de lo comentado. Detrás de cada sigla de partido, de cada denominación populista, se apagan las luces de los individuos; se enciende la parafernalia de intrincadas comunicaciones y quién sabe qué intenciones subyacentes. El objetivo se distancia de cada persona en particular. La pretensión de que cada ciudadano sea conformado por los patrones establecidos, es justamente el sentido opuesto a los valores democráticos. Se invirtió la elaboración desde las bases.

La tesis de Th.W. Adorno apuntaba hacia la progresiva “aniquilación del individuo”. Sería absorbido por las tendencias organizativas en alza. No es nuevo este forcejeo, semejante desequilibrio perdura a través de los siglos con su presencia en las diversas zonas geográficas. Dicho afán de dominación se abre a innumerables facetas, utiliza para su servicio a tantos disfraces como le sean necesarios. Uno de los habituales se perfila en la CONCENTRACIÓN de las GESTIONES, que se plantean como una exigencia de la complejidad; aunque no se hubiera demostrado todavía que ese fuera el único camino viable. Como añadido, representa un señuelo atractivo, ese centro de gestión atrae a los poderosos. Con su llegada se cierra el acceso directo del grueso de la gente a las sucesivas planificaciones. Se sirven de una serie de argumentos según les convenga; aunque engañen al personal.

En este maremágnum se disparan sonadas controversias, en las cuales se echa mano de las falacias o de los engaños. Las ideas circulan enmarañadas, porque se confunde el sentido de las palabras. Con la cantilena del “mercado libre” han sido engatusados trabajadores y consumidores de los diversos sectores; se definía como un igualitarismo donde compite quién lo desea, con la compraventa en su versión liberada. En su lugar se desenvuelve la FARSA COMERCIAL, en la cual aparece de todo, menos la liberación del mercado. Dominan las impertinencias, algunas de carácter alevoso. La inepta senadora alemana que no descubrió el origen de los numerosos contagios, lanza la burda mentira sobre los pepinos españoles, con las pérdidas consiguientes. La actitud monopolística de los grandes emporios empresariales, aplasta otras iniciativas. Las maniobras estatales acogotan por varios flancos, los impuestos que falsean el coste de los productos, importaciones desconsideradas, omisiones en las vigilancias precisas frente a los abusos, etc. ¿Hablamos de los numerosos intermediarios beneficiados? Nos llega muy mediatizado el acceso libre a las mercancías.

La fuerza con que las decisiones políticas se introducen en parcelas impropias, aquellas que corresponden a la experiencia personal; origina una inmiscusión a base de ideologías, historia prefabricada, textos tendenciosos obligatorios en la enseñanza, leyes intervencionistas, silenciamientos de las voces discordantes, adobados a base de intensas campañas propagandísticas. Tales conductas propician la FARSA CULTURAL predominante, definida por una “corrección” igualitaria, recibida con satisfacción exclusiva por los aduladores del poder. El sentido venturoso de la cultura se justifica por las aportaciones enriqucedoras a disposición de cualquier ciudadano. Los circuitos cerrados se esterilizan en sus interiores. Un ejemplo patente de esta farsa en ambientes españoles, lo detectamos con el numeroso grupo de los autodenominados artistas y progres; que por el contrario, se caracterizan por la práctica del acatamiento dócil de las decisiones gubernamentales, proclives a la recepción de subvenciones compensadoras.

Las protestas arrecian, la culpa ajena es la preferida con mayor fuerza; mientras, los errores propios son dejados de lado con una benevolencia sospechosa. La recriminación va dirigida sobre todo hacia los demás. De un comportamiento, solemos decir con frecuencia que no es ético, que no es moral. Quizá se sobreentienda la existencia de un esquema regulador, pero entre unos y entre todos, hemos montado una potente FARSA ÉTICA y MORAL. El engaño lo asumimos como si fuera lo más natural. Reivindicamos la exigencia de una ética, pero nos alejamos de su presencia activa. ¿Refleja esa reivindicación el sentimiento general? Nada de eso, la dinamitamos con gran desfachatez. Hablar de moral o de ética, puede que se hable, pero hacemos muchos esfuerzos para eliminarlas. El respeto, el sentimiento por los otros, la conciencia, el amor, u otras cualidades de ese estilo, son vapuleados por una ciudadanía desinteresada de la cuestión. Aunque la conquista de esa colaboración comunitaria sería un buen empeño igualitario; prima sin embargo la anarquía de cada cual yendo a lo suyo, de tantas éticas como sujetos. En concordancia, así van las cosas, con una Ética en retroceso.

Son muchos los sectores susceptibles de un falseamiento generalista encubridor. ¿De qué o de quién? Es una pregunta con visos de permanente actualidad. Iguales ante la Justicia, pero no entremos en detalles sobre la consideración de las víctimas o de las tramas políticas. Autonomía personal plena a cambio de inutilizar las iniciativas particulares. Libres, pero acogotados por las reglamentaciones. Creencias a su gusto, pero sin presentarlas en las agrupaciones sociales sometidas al control supremo. Es decir, la verdadera similitud sitúa a las personas ante un ANONIMATO creciente. Detrás de las estructuras regidoras se descubre el engaño. No es que fuera precisa esa organización para el bien común; se establecen al servicio de determinados intereses gestionados por nombres y apellidos concretos, sin transparencia.

De cara a ese enfrentamiento con las corazas externas, vuelvo a la “teoría del cascabel” comentada por Ortega y Gasset; por dentro del caparazón brinca el núcleo íntimo que resuena con estridencia al chocar con las paredes. Si el rebrote no surge de esa intimidad, si permanecemos expectantes, la mera reclamación será difícil que cambie las tendencias. La agitación de ese fondo íntimo de las personas será quien revitalice el factor de la ESPERANZA, desde la menguante vivencia del presente, a una creciente ilusión en consonancia con los sones propios. La motivación sienta sus bases en esa agitación previa.

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