Fueron, primero, las necesidades de pasar de una sociedad de supervivencia a una sociedad de consumo, las que forzaron a las empresas y supermercados a copiar la idea de los puntos-regalo que tan de moda estaban en otros países desarrollados, cuando aquí teníamos una dictadura que se iba haciendo dictablanda gracias a la llegada de los Opus-boys al poder franquista.
Spar, regalaba puntos por el importe de las compras, los cuales completaban cartillas y éstas se podían canjear por regalos (de chicha y nabo), y tuvieron tanto éxito que Zahor y Dulcinea, ambos fabricantes de algo incierto a lo que por aquellos días de carpanta le llamaban chocolate, imitaron la cosa, permitiendo que los consumidores canjearan las fundas de las tabletas por estupendas muñecas meonas, platos Duralex o magníficos balones de plástico en los que impúdicamente se blandía el anagrama “Zahor”. ¡Madre mía, la de vergüenza que habremos pasado muchos chicos de entonces con pocos posibles, con aquellos balones publicitarios con los que jugábamos casi a escondidas porque no eran de badana!
Llegó cierto bienestar a la sociedad a la sociedad en la explosión industrial de los 60 y los 70, y fueron los bancos los que tomaron el relevo de tan denigrante sistema de promoción y captación de clientes de bajo perfil, haciéndolo con tal entusiasmo y variedad que uno entraba en cualquier sucursal y le parecía haberlo hecho en el bazar de la tía Ambrosia, pues que por domiciliar la nómina o las cuentas de gastos, lo mismo te ofrecían una baraja de naipes que una batería de cocina, si es que no un juego cama de matrimonio o una televisión como la caja de un muerto. ¡Y funcionó, vaya si funcionó! Tanto fue así, que uno iba de visita a casa de alguien, y, sólo por el ajuar, sabía de qué banco era cliente.
Nada de extraño había, pues, en que ante la caída en las ventas de periódicos y revistas por causa de masificación de internet, los diarios más prestigiosos se echaran a la concupiscencia de los regalos “sólo por un euro” o lo que sea, convirtiendo las librerías y quioscos en bazares improvisados en los que podías adquirir como ganga cualquier suerte de porquería made in China, si es que no saldos literarios impresos en tres claves: pésima, mal y fea.
Lo que sorprende mucho, muchísimo, es que ahora el bazar sea el del tío Rubalcaba, ése que aborrece las siglas de su partido –con razón, gracias al descrédito que se han trabajado con tanto ahínco y tan eónico desacierto-, y que ahora te ofrezca una cafetera o cualquier chirindanga por hacer el curro que él –ellos- no sabrían porque en su vida han dado un palo al agua, fuera, claro, de chupar de bote del despelote.
Pero ahí lo tienen, tan campechano él, gritando a los cuatro vientos: “¡Regalos, oiga, para el nene y la nena, para el papá y la mamá, sólo por currar gratis para mí!”, que es poco más o menos lo que ha intentado hacer con las masas laborales de este país. Bálsamos labiales, vasos-termo, tazas-térmicas y cuadernos Moleskine con el lema impreso del tío Rubalcaba, son algunos de los enjundioso regalos de esta novísima –y ridícula- forma de hacer campaña electoral. Todo un programa de futuro, al mismo tiempo que un identificador de hasta dónde llega la miseria. Es todo cuanto tiene que aportar el Candidato, en fin, porque en cuanto a actos ya los conoce el que tiene memoria, cante o no cante el Faisán y estén desempleados o parados sus votantes. ¡Viva el retro-futuro! Ya saben, a la vista de todo esto, en qué nos quiere instalar: en los gustos de la miseria y los años del hambre. Si todo lo que tiene que aportar es que reglarnos cositas chinas muy horteras porque la peña trabaje gratis para él -ellos-, ya sabe lo que le espera a quien le vote. Y, a todo esto, a su jefe de campaña (la que esconde las siglas del partido por vergüenza suma), un 10, oiga: ¡tacita-térmica de regalo!
Puedes conocer toda la obra de Ángel Ruiz Cediel: Un autor que no escribe para todos (Sólo para los muy entendidos