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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Las motos son invisibles

Gregorio Morales

viernes, 8 de abril de 2005, 20:40 h (CET)
Las calles de Granada están llenas de trampas. Quien se atreve a conducir por ellas, se aventura a que la paga mensual se le quede en papel de fumar. Policías y cámaras aguardan al menor descuido para sacar tajada. Si te equivocas y, durante unos instantes te introduces en el vial de los autobuses, has perdido el salario de un día. Si durante unos segundos dejas el coche en segunda fila con los intermitentes puestos, al regresar tienes ya la flamante multa bailando en el parabrisas. El salario de otro día. Encima, si no te identificas como conductor, te birlan el salario de toda una semana. Que se lo digan a Andrés Cárdenas o a M.ª Luz Escribano, que han tenido la valentía de airearlo.

Nos han llenado la ciudad de trampas. Benditos sean en comparación los atracadores, que se conforman sólo con 20 o 30 euros. Circular por las calles es sinónimo de ser desvalijado. ¿Y encima ponen al cobro el impuesto de circulación! Este alcalde y sus concejales tienen un humor negro que ya hubieran querido para sí André Breton y sus amigos surrealistas.

Lo de tener que identificarse como conductor desprende un tufillo inconstitucional. Confío en que esta bárbara ley haya sido recurrida, y, en algún momento, haya un fallo que la tire para atrás. El hecho de que, si no obedeces, la multa se multiplique por diez, resulta simplemente tiránico. Si estuviéramos en una sociedad despierta, nos echaríamos todos a la calle a pedir la dimisión en pleno del equipo municipal. Y, de camino, multaríamos con nuestros votos el automóvil del alcalde, que se alza flamante, solitario y orgulloso en la Plaza del Carmen. Mientras los súbditos son asaltados, el jefe campa a sus anchas.

Las multas no tienen nada que ver con la seguridad de los peatones. Son llana y simplemente un despiadado gravamen contra quienes tienen la necesidad de circular por el centro. Por eso, las motocicletas, a las que suponen menos pudientes, les pasan inadvertidas. Y, sin embargo, incumplen la normativa sistemáticamente: se saltan semáforos, invaden aceras y plazas, circulan en sentido contrario, adelantan por la izquierda, no paran en los pasos cebra... Pero no. Las motos son invisibles, rayos. Vas tan tranquilo por una calle peatonal y, en el sitio menos pensado, se te abalanza un piafante jinete y tienes que sortearlo como puedes. Tus hijos juegan descuidadamente en una plaza y, de pronto, una temeraria motocicleta les pasa rozando mientras el corazón se te pone en la boca. Vas a cruzar un semáforo, pero, como los motoristas son daltónicos, no saben que deben parar. Han cortado el tráfico para alguna romería o procesión, pero impacientes y ruidosas máquinas perturban una y otra vez el paso de la muchedumbre. Ningún policía les llama la atención. Ninguna cámara los filma.

Una de esas motos 'invisibles' atropelló gravemente el pasado sábado a un viandante ¿en un paso de peatones! Dicen que el motorista se dio a la fuga. O sea, que era tan invisible como siempre. Mientras tanto, el coche del alcalde sentaba sus reales en la Plaza del Carmen. Aquí las cámaras no graban. Aquí el concejal de tráfico no señala. Aquí la policía no echa mano de sus partes... A pesar de ser una zona prohibidísima. «¿Ah, perdón! No había caído», pienso de pronto. «¿Es que el automóvil del señor alcalde es tan invisible como las motos! ¿Claro!».

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