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Opinión
Etiquetas:   Juan Carlos I   Monarquía  

¿Rey emérito o rey excluido?

“Así que, el que piense estar firme, mire que no caiga” 1 Corintos 10:12
Miguel Massanet
viernes, 30 de junio de 2017, 00:18 h (CET)
Señores, ya hace cuarenta años de aquellas elecciones de aquel l5 de junio de 1977 en el que, el pueblo español, acudió masivamente a las urnas. Para muchos, seguramente, fue un gran acontecimiento, para otros, un momento de nostalgia y para el resto una circunstancia de incertidumbre y dudas ante un futuro, que parecía garantizado, pero con algunas sombras que oscurecían aquel panorama aparentemente tan optimista. Una figura, la del Rey, nueva para la mayoría de españoles acostumbrados a vivir bajo el caudillaje de Francisco Franco y unos partidos políticos que, los que recordaban la experiencia de la pasada II República, pensaban que no garantizaban ni el orden, ni el progreso ni, por supuesto, la tranquilidad de todos los españoles, una de las cosas que el despreciado régimen dictatorial del anterior jefe de Estado había garantizado mal que algunos echaban de menos más libertades políticas y más apertura democrática.

El retorno de Carrillo con su partido comunista fue una bomba para todos aquellos que recordaban su papel en la revolución de Asturias del año 1934 y en aquellos terribles asesinatos de Paracuellos del Jarama en aquellos días en los que las “sacas” de presos de derechas de La Modelo madrileña, para ser conducidos al matadero de la sierra en manos de los victimarios que les aguardaban para asesinarlos. Hasta los que no somos monárquicos deberemos reconocer el papel, importante y decisivo del rey Juan Carlos I en aquellos primeros años de democracia, su habilidad para atraerse a los españoles y su simpatía natural que le granjearon multitud de amigos fuera de la frontera española. Cómo cualquier humano tuvo sus debilidades, sus prontos, sus infidelidades y sus enemigos que intentaron sacar partido de ellas, sin que consiguieran más que hacer el ridículo. Tuvo un papel decisivo en el golpe del 23 F y supo llevarse bien tanto con Felipe González como con Aznar. El caso de Suárez ya fueron higos de otro costal.

Hoy, cuando se ha celebrado el 40 aniversario de aquellas efemérides con un acto celebrado en las Cortes, no sabemos las razones pero parece que, a la Zarzuela, no les ha parecido bien que aquella persona que tanto papel tuvo en la democratización del país, el asentamiento de la monarquía y en mantener el orden constitucional, en unos momentos en los que fue puesto en cuestión; tuviera una presencia destacada en esta celebración e, incomprensiblemente, han cometido la ruindad de hurtarle, al rey Juan Carlos, un merecido homenaje al que se había hecho acreedor. Tenemos la desagradable impresión, el firme convencimiento y la incómoda duda de que, en la ausencia del Rey emérito en los actos de celebración del aniversario de aquellas elecciones democráticas, ha tenido mucho que ver esta mano oculta, una mano negra que se mueve por la Zarzuela, que ya consiguió que, el actual Rey, apartara a una parte de su familia de su alrededor y de que, su comportamiento, puede que políticamente correcto, resultara ser humanamente mezquino, con su hermana Cristina, procesada. Ahora, no se sabe por qué tipo de prejuicios, de miedo a perder protagonismo o de afán de mantener bajo control al rey Felipe, esta misma mano, que mueve los hilos del palacio real, ha vuelto a actuar para que don Juan Carlos I, rey emérito de España, no pudiera gozar de su momento de gloria. Tiempo habrá para que salgan a la luz estas pequeñas conspiraciones rasputinescas y sepamos las causas verdaderas que han impedido la presencia del anterior monarca en unos actos en los que su presencia debía de estar cantada.

Tenemos que alabar, no obstante la firmeza con la que, el actual Jefe de Estado, se referido respecto al desafío separatista de los catalanes; las advertencias con las que ha dejado paladinamente expresado su rechazo a todas estas aventuras que, los actuales directivos del cotarro independentista, están maquinando; con la única y evidente intención de dejar clara su revolución antiespañola y su desprecio por todas las instituciones españolas, a las que acusan de estar en contra de los catalanes, de vivir a su costa y de, poco menos, que expoliarlos a base de sus aportaciones solidarias al resto de España.

Claro que, visto lo visto, y la actitud de algunos partidos, especialmente de los de la izquierda más radical; estos sujetos del comunismo bolivariano, que siguen sin aceptar que Maduro es un ser impresentable, que masacra a su pueblo y lo está matando de hambre, literalmente, sin que nadie, especialmente el Ejército venezolano, haya decidido mover un solo dedo para acabar con una situación, que recibe críticas de todas las democracias del mundo pero sin que ninguna haya tenido el coraje y la decisión de plantarle cara, cortando drásticamente sus relaciones comerciales con la república venezolana, en tanto ésta siga bajo las órdenes de semejante sujeto, una muestra evidente de lo que sucede cuando se eleva a un palurdo sin cultura ni formación a niveles en los que su zafiedad le hace imposible cumplir con las obligaciones del cargo y, máxime, cuando el cargo es el de presidente del país.

Tanto IU como Podemos, cada uno desde su ubicación en el Parlamento, han demostrado su desprecio por el pueblo al que representan, su mala educación ante la presencia del Jefe del Estado, el Rey, manteniéndose hieráticos, sin aplaudir y mostrando pancartas de apoyo a los sediciosos catalanes. Queramos o no, estamos en un país plenamente democrático, dónde se puede votar libremente, regidos por una Constitución aprobada por los votos de todos los españoles y gobernada por el partido más votado y el control, por parte del Parlamento de la nación. Cuando los señores de Podemos demuestran lo poco que estiman el régimen democrático desautorizando al gobierno legítimo, diciendo que España no es un país democrático o poniendo en cuestión las legítimas decisiones tomadas por los representantes de las mayorías, demuestran de forma clara y sin duda torticera, que lo que ellos propugnan, lo que vienen intentando desde que llegaron a España no es, precisamente, que España siga siendo un democracia, de acuerdo con los tres poderes establecidos por Montesquieu, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, de modo que, cada uno de ellos, actúe dentro de sus funciones específicas como contrapeso de los otros dos, garantizando, de esta forma, que ninguno de ellos, individualmente, pueda actuar a su antojo y perjudicar al país o a los ciudadanos que los votaron.

Con una temeridad que ya los califica como antidemocráticos; con una inmunidad que sólo se entiende que se pueda sostener en un país donde las libertades son respetadas al máximo y las de opinión, expresión y manifestación especialmente acatadas; estos señores comunistas no dudan en calificar a sus oponente políticos con los calificativos más vulgares, insultantes, obscenos y propios del lumpen más descastado de cualquier colectivo, demostrando la baja categoría y el poco respeto por el resto de formaciones políticas que no comparten ni sus maneras, ni sus radicalidades ni, por supuesto, sus intentos de subvertir el orden establecido, las tradiciones, las libertades, la seguridad personal y jurídica, los derechos constitucionales y la convivencia pacífica con el resto de españoles, algo en lo que están específicamente empeñados buscando la lucha de clases, el enfrentamiento de unos con los otros y la intolerancia con las ideas de los demás.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, y desde un punto de vista de republicano de derechas, abominamos de todos aquellos que demuestran su mala educación en presencia de la máxima autoridad de la nación, en este caso, SM el Rey; que no respetan, como Podemos, IU, la CUP y todo el resto de separatistas, los derechos de las mayorías, que se rebelan contra las opiniones mayoritarias atribuyéndose a sí mismos derechos que el resto de españoles no les han concedido y que pretenden suplantar la soberanía del pueblo, representada por las dos cámaras de representación popular, por las algaradas callejeras, los destrozos vandálicos o las agresiones a las fuerzas del orden público. Es preciso reaccionar ante tanta barbarie y demostrar a todos estos grupos antisistema y totalitarios que, en España, no estamos dispuestos a dejarnos avasallar por sus trucos y falsedades, empleando para ello la fuerza de la Ley y, en su caso, los recursos constitucionales para luchar en contra de aquellos que pretenden convertirnos en uno más de los países sometidos a las dictaduras ejercidas por quienes no creen más que en la fuerza y la opresión.
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