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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

En Canadá

Santiago Aizarna
Redacción
viernes, 8 de abril de 2005, 09:21 h (CET)
De las crueles agonías a las campanas que pueden sonar a liberación. Si en alguien pensó Ligorio para su 'buena muerte', no fue en esa imagen de Terri Schiavo en su tránsito de tantos largos días de dieta absoluta como una santa traspasada por dardos como se nos trasparecía, que su boca reía a pesar de todo y reían sus ojos y era que su alma navegaba en el infinito. Y, para sumar más patéticas imágenes, las del papa Wojtyla, el polaco contumaz que agonió impertérrito porque guardaba, sin duda, su carta oculta y estaba capacitado para enfrentarse a la muerte con las palabras del de Tarso. «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?» (I Corint. 15, 55).

Seis Papas. A cada uno nos suenan las campanas a nuestro aire. Las de Santa María sonaban a Bing Crosby, y a gélidas notas de nieve roja las campanas de las matanzas de las focas canadienses en los mares del oprobio. Personalmente, cuando llevo ya sobre mi memoria las campanadas funerales de seis papas -que las de Benedicto XV en 1922 me cogen un poco lejos para mi calendario personal- curiosamente las que más me resuenan son las del primero de todos ellos, Achille Ratti (Pío XI), y ello, por ese detalle que tiene que ver con el ritual funerario de los papas, el martillo de plata que golpea por tres veces la frente del ya ex sumo pontífice de la Iglesia mientras se le pregunta por su nombre de pila («Achille Ratti, ¿me oyes?», en versión más o menos popular), que nunca sabré por qué, desde que la leí en mi lejana infancia, es frase que se me quedó nítida en el recuerdo y como no sucedió con las restantes, que será, acaso, porque aquel suceso de mi pubertad (1939) se grabó en una memoria como la mía que era como una flor sensitiva, una flor un poco como carnívora si bien se mira que se abre en corola y que se cierra sobre su presa y chupa la savia de todo lo que cae bajo su dominio.

Ante el silencio como respuesta, dícese que comienzan a movilizarse los restantes rituales funerarios del papado, la destrucción de los sellos, las campanadas, etc, sobre todo las campanadas que son como palomas volanderas vestidas de muerte, no se sabe si de blanco como se dice que optan los chinos para sus fallecidos, o el violeta que es como el glamour que la Iglesia usa para algunos de sus eventos funerarios como la vestidura del camarlengo en la cámara mortuoria del papa fallecido o el rojo simplemente que es el color luctuoso del papa y no el negro que es como si se dejase para las abluciones mortuorias del vulgo. Violeta pues, como poco, como en los huecos de las hornacinas de la iglesia en los viejos tiempos en cuaresma en el bajo de las alas de las palomas que nos sobrevuelan mensajeras que acaso hay que distinguir estas campanadas-paloma vestidas de violeta de las vestidas de negro que doblaban en la comunidad rural donde viví mi niñez, esquilas de muerte que eran también esquelas volanderas que es uso que viene de muy lejos que las campanas anuncien la muerte que no hay más que reparar en las que, en cierto modo al menos, pueden ser las campanas más famosas de toda la poética mundial, las que cantó John Donne (1572-1631) y de las que se apropió Hemingway para título y frontispicio de una de sus novelas más famosas.

Donne. Difícil poder seguir su sugerencia: «No preguntes por quien doblan las campanas», aconseja John Donne, que no está hablando de la muerte transitiva, que viene y que se va sino de la que se queda, muerte reflexiva. «Ningún hombre es comparable a una isla» y, ¿cómo no ser isla?. Pedro Salinas (1891 -1951), voz debida a la intimidad amorosa y enamorada, ni siquiera nos recomienda «islas, palacios, torres» para vivir, que la alegría más alta es «vivir en los pronombres», que tampoco importa que se trate de tú y yo, pronombres íntimos, pero sin llegar al plural, nosotros, vosotros, ellos (donde está el peligro, la intimidad que se desborda, la catarata que inunda).

«Nos disminuye la muerte de cualquier hombre», nos avisa, pues, Donne, muerte menguante que se va acercando a la frontera del peligro, amigos, conocidos, enemigos también por qué no, que se nos van perdiendo como los guijos de Pulgarcito, montoncitos de lápidas de las que la vida nos va sembrando el camino, pero que sabemos que Pulgarcito ya no volverá a andar por tales caminos, que el túmulo siempre es despedida, hasta nunca. «Y no hallé cosa en qué poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte», endecasilabea Quevedo, mirando a los muros de su patria, ¿por qué no a sí mismo?.

Hachazos.. Hay quien piensa en campanas y los traduce a hachazos, vg. Chejov, que finaliza su mejor obra, El jardín de los cerezos, a hachazo limpio, la música de Yermolai Lophakin que es como un Heathcliff sin amor trasplantado a Rusia desde Cumbres Borrascosas y que es un melómano cuya alma se pone rusiente de placer al escuchar la música de los hachazos sobre los cerezos del jardín que de tal manera trastorna a Lubova, una escena que contagia al argentino Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría 1883-1962) quien, también en su obra capital, Desierto de Piedra, narra la tragedia cacofónica del tío Pepablo, con notas más trágicas aún que la pesadilla de Lubova Andreievna ya que el Lophakin y el Heathcliff todo junto es de su propia sangre, su sobrino Midas que regresa vencido y pobre de la ciudad y consigue mandar, contra la voluntad de su tío, a cinco hachadores con hachas nuevas a que corten los algarrobos en los montes vírgenes de Ontiveros y, cuando «el golpe de sus hierros retumbó en la soledad del valle y el viejo lo sintió, como si los primeros hachazos los hubiesen descargado en sus piernas, lanzó un gemido y fue a esconderse en la cocina».

Muescas. Y, hay quien esas campanadas las traduce a muescas, así «el bandido adolescente» (así llamado por Ramón J.Sender) William H. Boney, alias Billy el Niño, mítico personaje del Viejo Oeste, con quien ya no estamos ni con Bret Harte, ni con O'Henry y sus historias en donde la ternura halló asilo a pesar de todo, sino que nos hallamos en el pleno desierto de la bronca realidad del tiro limpio, el pistolero que sobrevive por ser más veloz que su oponente y sopla sobre el cañón el humo de la pólvora que ha quedado como dormido, y se pone a grabar la muesca correspondiente en la culata, que la vida, al fin y al cabo no es más que la aventura de ir grabando muescas, muriéndosenos familiares, amigos y demás gentes, todos nuestros y todos nosotros y sólo nos acompañan las campanas que doblan a muerto y que doblan por Terri Schiavo, por el Papa Wojtyla, por Donne, por Chejov, por Billy el Niño, por mí, por tí, por todos y hasta por las focas sobre los mares helados de allá o de acá.

Todo, siempre en Canadá, claro.
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