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Etiquetas:   Bromas aparte   -   Sección:   Opinión

El Ultimo Peregrino

Ezequiel Estebo
Redacción
martes, 5 de abril de 2005, 21:58 h (CET)
Ha muerto Juan Pablo II, ¿y qué puede este humilde columnista decir a estas alturas que no se haya dicho ya? Casi nada no; nada. Desde el momento mismo de su muerte los medios de comunicación han desplegado su poder y desde los móviles pasando por internet hasta llegar a las cadenas de televisión, radios, prensa... un torrente informativo nos ha invadido con ímpetu devastador. El ejercicio ha sido inmenso y las noticias de su muerte, de la gente que lo acompañaba en la plaza de San Pedro, que rezaba en las iglesias, las campanas que repicaban por su fallecimiento, las primeras, y las segundas y las terceras declaraciones, los datos más conocidos de su vida, y los no tan conocidos,... Todo se ha dicho ya. Y en tan poco tiempo.

Juan Pablo II ha sido el último peregrino que ha recorrido el mundo llevando su mensaje de fe, esperanza y vida a todos los rincones. Fue el Papa de los católicos, un referente para todos los cristianos y un hombre bueno que se hizo querer en todo el mundo por propios y extraños. Un hombre que se aferró a sus principios y convicciones y llevó el mensaje de la fe en Cristo a todo el mundo; y no sólo con palabras, sino con hechos. Contribuyó en la desaparición de la antigua Unión Soviética, en la caída del Muro de Berlín, en el fin del comunismo y en el fin de la dictadura de Pinochet, por citar sólo algunos de sus hitos. Contribuyó y ¡de qué forma! en la actualización de la Iglesia a los tiempos actuales. No en la forma que muchos desearían, no cabe duda; pero sí de la forma en la que entendió que así se lo exigía su fe en Cristo. Fuertemente marcado por la figura de la Virgen, a la que profesó siempre una gran devoción, Juan Pablo II fue el Papa de los jóvenes, de los hombres y mujeres más jóvenes que se acercaban por primera vez al mundo. A ellos dedicó su mayor esfuerzo.

Juan Pablo II además de ser un evangelizador incansable, ha sido el líder y referente de una época, como hombre de Dios, como líder del mundo libre y como persona. Uno de los poquísimos hombres que pasarán a la Historia por perdonar a quien le había intentado quitar la vida. Tal vez esto solo bien merezca las lágrimas que estos días millones de personas en todo el mundo han derramado por su pérdida.

Pero al irse Karol, se ha ido además de todo esto, una parte de mi vida. Así lo recordábamos un grupo de amigos en las horas previas a su muerte.
Crecimos al tiempo que Karol Wojtyla gobernaba a la curia cardenalicia. La educación que recibimos, las creencias que nos inculcaron fueron proclamadas en todas las esquinas del mundo por este hombre infatigable, que no cesó en su misión hasta su último aliento; y aunque el mensaje no es nuevo ni suyo, al marcharse de entre nosotros, es imposible abstraerse de una honda pena interior. No por nada le llamamos "padre".

La verdad es que ha sido una época importante. Hemos visto nacer los ordenadores, los móviles, internet. Hemos visto caer el comunismo, asistido a la visión de guerras cruentas, a atentados sangrientos, a la sinrazón del ser humano en su estado más puro. Pero al final, bajo el manto protector de Karol Wojtyla el mundo no enloqueció del todo y hemos podido crecer y vivir en paz. Hemos tenido suerte y muchos son los motivos para estar agradecidos.

En la Plaza de Colón Karol Wojtyla se despidió de los españoles, y en la Plaza de Colón nos despedimos de él los españoles en estos días. El último viaje del peregrino es sin retorno. Las lágrimas han caído, y caen y caerán por él, y la noches se han llenado, y se llenan y se llenarán de oraciones por su alma. Juan Pablo II se ha ido de entre nosotros. Su recuerdo será como aquella paloma que volvía a la ventana y se negaba a alzar el vuelo.
Incluso la paloma quiso a Karol.
Hasta siempre, Karol. Descansa en paz.
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