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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Solamente una vez

Ángel Esteban
Redacción
martes, 5 de abril de 2005, 21:58 h (CET)
HE cumplido 42 años. En mi vida han pasado ya muchas cosas, bastantes muy buenas, otras no tanto. Pero, sin duda, el minuto más emocionante de toda mi existencia fue cuando, a mis 17 años, pude intercambiar unas palabras con Juan Pablo II. Puedo decir, sin temor a ser exagerado o revolcarme en la pedantería, que he vivido millones de sensaciones y emociones radicales, muy fuertes, altamente impresionantes: he sobrevivido dos veces a un peligro grave de muerte, he visto morir y nacer a mis más queridos seres, he comido con Premios Nobel, he entrevistado a los mejores escritores de la segunda mitad del siglo XX, he estado en el Taj Mahal, en las cataratas del Niágara, en el Cañón del Colorado, en la Capilla Sixtina, en el pináculo de la Torre Eiffel, en la roca donde fue colocada la cruz de Cristo y el sepulcro donde fue enterrado, me he sentado en la mesa en que Cristo celebró la Última Cena, he visitado la terraza de las Torres Gemelas días antes del atentado que acabó con ellas, me he perdido en las selvas amazónicas, he conocido a Fidel Castro, a Nelson Mandela, he celebrado in situ el histórico doblete del Atlético de Madrid hace diez años, he conducido a más de 200 por hora... Las páginas de este periódico no serían suficientes para que cada uno de nosotros contáramos todas las emociones que han dado forma a nuestra personalidad. Pero he de insistir: el momento más trascendental de mi vida ocurrió a mis 17 años, la única vez que pude hablar cara a cara con Juan Pablo II. No he conocido una mirada más profunda, una actitud más entregada, una sonrisa más sincera. No recuerdo lo que me dijo, sólo atesoro su mirada. Aquel día decidí tomarme el cristianismo mucho más en serio. Sabía que lo que se escondía detrás de él no era sólo un hombre con carisma, un Papa o un profeta: sabía que la huella de Dios estaba flotando a nuestro alrededor sólo porque aquel polaco la había dejado entrar a raudales.

Por eso mismo no me extrañan las manifestaciones de afecto y solidaridad que millones de personas están teniendo estos días, acudiendo a la Plaza de San Pedro o a las iglesias de cada ciudad del planeta. No es al hombre a quien buscan, lloran o celebran: es al mismo Dios, que se vuelve a encarnar en cada uno de sus enviados. Si Juan Pablo II removía -nunca mejor dicho- Roma con Santiago, hacía caer muros, regímenes totalitarios, sobrevivía a atentados y perdonaba a sus asesinos, es porque una fuerza sobrenatural lo movía.

Hace unos años, un alumno de la Universidad vino a pedirme consejo para hacer un trabajo sobre la poesía de San Juan de la Cruz. Yo le dije que tenía que leer el libro de Karol Wojtila al respecto, y me preguntó quién era ese crítico literario. Yo le contesté que el Papa, a lo que me respondió en forma de pregunta: ¿Pero el Papa no se llama Juan Pablo? Hoy nadie tendría esa laguna, porque este Papa ha roto todas las barreras de la popularidad, incluso entre quienes se consideran críticos con la doctrina que él predica o la orientación que ha dado a la Iglesia. Y lo que más celebro no es la gran cantidad de frutos visibles que indudablemente ha tenido su Pontificado, sino el bien individual que se habrá producido en cientos de miles de almas, algo de lo que nunca tendremos constancia, pero sí una prístina certeza moral.

Aquel muchacho de 17 años que en la Semana Santa de 1981 cantó delante de él vestido de tuno, que luego estuvo un minuto a solas con él y no se acuerda de lo que le dijo, ahora sabe que no habrá una segunda oportunidad, pero tiene la seguridad de que no habrá otro momento más intenso en toda su vida, aunque el Atlético ganara la novena Copa de Europa con un gol de chilena de Kiko.

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