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Juan Pablo II

Manuel Leguineche
Redacción
miércoles, 6 de abril de 2005, 23:06 h (CET)
Lo que primero me llamó la atención de Juan Pablo II fue su presencia física, su desenvoltura, su energía, su sentido del humor, su compromiso ecuménico. Nada más llegar besó el suelo turco. «Este hombre -dijo el ruso Gorbachov al conocerle en Roma-, un Papa que nunca fue autorizado a viajar a Moscú, es la mayor autoridad moral sobre la tierra y es eslavo como yo». Entre los dos enterrarían al comunismo. Pero antes el KGB y los servicios secretos búlgaros intentaron matarle, como venganza, en la plaza de San Pedro en 1981.

El helicóptero acababa de tomar tierra en Estambul, Turquía, en uno de sus viajes más difíciles. Un compañero, periodista de la televisión dijo y lo recuerdo: «Este hombre está hecho para nosotros, para la cámara».Y para el coraje físico, la curiosidad, la comunicación, el contacto con los demás a lo largo de más de cien viajes.

Estaba destinado, de principio a fin, a trasmitir en directo sus alegrías coreográficas y sus sufrimientos, propios del alma eslava y polaca. Llena una época, proclama a 480 santos y 1.330 beatos. Pronuncia miles de discursos en los más diversos idiomas. En la era de la globalización televisada. Conservador en materia doctrinal, fue moderno en materia de justicia social, en la condena del capitalismo salvaje, en guerras como la de Irak.

No podía esperarse otra cosa de un hijo de la Iglesia polaca del silencio, víctima de Hitler y del comunismo stalinista, elegido al pontificado en plena guerra fría. Venció al comunismo. Decidió, al ser elegido Papa por sorpresa, un no italiano, arzobispo de Cracovia, dar un salto al mundo, huir de la torre de marfil vaticana, al menos en su proyección externa para predicar fuera. Tenía a su favor su energía, sus encíclicas, su capacidad para abrirse a los demás, su magnetismo que no incluía tan solo a su parroquia católica.

Lo volví a ver en Argentina durante de la guerra de las Malvinas la misma actitud abierta, la misma vocación de compromiso. Era una autoridad moral y ética, sin divisiones (sobre las que preguntó Stalin) por medio.

Ha estado muy presente en estos veintiséis años de tantos cambios históricos. A favor de la Iglesia, por los desamparados. «Estoy a favor de lo sagrado, de la Iglesia antes que de la sociedad civil», dijo en una ocasión. «La Iglesia es una sociedad sagrada».

Juan XXIII, en los albores del Concilio Vaticano, anunció el compromiso entre el catolicismo y la modernidad. Juan Pablo II abrió otro camino, el de la centralidad del Vaticano. A cambio abrió también la presencia en el mundo, la apertura a otras culturas, el pontífice itinerante que con su sola presencia se solidariza con las víctimas sin acabar de lanzar una guijarro al estanque. Es el Papa de la globalización, con la ayuda de su magnetismo. En ese sentido ha enriquecido la dimensión espiritual en una época materialista.

Ha sido inflexible con las aperturas de la teología de la liberación, incluida su admonición en el aeropuerto de Managua a Ernesto Cardenal, el sandinista que luego dejó de serlo. Otro tanto había ocurrido con Pedro Arrupe.

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