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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Mortus est, requiescat in pace

Mariano Estrada
Redacción
martes, 5 de abril de 2005, 21:59 h (CET)
Todos los periódicos del mundo, todas las radios y las televisiones. Todos los países, razas, organizaciones religiosas. Todo se ha movido en torno a él en estos últimos días. Naturalmente, hablamos de Juan Pablo II, el Papa de Roma, nada menos que el representante de Jesucristo en la tierra. Nunca nadie había suscitado hasta ahora tanta admiración y respeto como lo ha hecho este hombre con su recia fe, su firme tenacidad, su machacona constancia, su sonrisa entre amable e irónica, su intransigencia en determinados asuntos relacionados con nuestro tiempo y, finalmente, su inagotable capacidad de sacrificio.

Algunos de los que por razón de su profesión se dedican a hablar a los demás, llegaron a decir que había que obligarle a dimitir, que su larga y dolorosa enfermedad estaba haciendo daño a todo su anterior apostolado y poco menos que dejando en ridículo a la Iglesia, institución de la que ha sido el principal mandatario durante el último cuarto de siglo. Precisamente, yo creo que una de las cosas que ha logrado con su postura de resistir hasta el final es hacer visible la dignidad que puede conllevar la vejez en el último recorrido hacia la muerte.

Juan Pablo II, el hombre que acabó con los falsos regímenes comunistas con un solo disparo, el que otros dirigieron contra él. El hombre que perdonó inmediatamente a quien había intentado matarle. El hombre que visitó en la cárcel al que en la intención fue realmente su asesino. El hombre que abrazó a los enfermos del mundo y que sin embargo mantuvo sus más firmes posturas contra algunas de las cosas que, con toda seguridad, pudieran evitar sus enfermedades y muertes. El hombre que abrazó a los pobres y, sin embargo, favoreció el desarrollo del capitalismo, del que finalmente tuvo que criticar algunos de sus extremos, no sé si con toda la contundencia deseable. El hombre que, en contra de muchos de sus antecesores, no sólo no alentó ninguna guerra, sino que se pronunció categóricamente contra todas.

Ése es el hombre que ha muerto, el que quiso llevar la paz personalmente a todos los rincones, el que acaso fue un viajero excesivo, el que no se conformó con predicar desde su poltrona vaticana, sino que quiso dar trigo desde su actividad infatigable y permanente, el que de una u otra forma participó de todo lo que, durante su largo pontificado, se ha cocido en el mundo.

Personalmente, creo que la profilaxis es buena en todos sus campos de aplicación y que la ciencia debe de seguir su camino. Por supuesto que sus descubrimientos deben ser usados exclusivamente para el bien de la humanidad, para la curación de las dolencias y las enfermedades. Es cierto que hay riesgos de confundir el bien con el beneficio y que en el beneficio mal entendido puede estar incluida la perversión del poder, o sea la monstruosidad. Ahí es donde hay que poner los cortafuegos. Y en este punto concreto, el Papa que acaba de morir no se fió de los hombres. Por lo menos de los que mandan. Sólo el tiempo dirá si la razón estaba o no de su parte. De lo que no hay duda ninguna es de que el descanso y la paz los tiene bien merecidos. Así, pues, requiescat in pace.

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