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Etiquetas:   Ser o no ser   -   Sección:   Opinión

La casa de Vicente

Manuel Alcántara
Redacción
martes, 5 de abril de 2005, 21:58 h (CET)
Dónde va la gente de la balada?: donde está Vicente Aleixandre, casi siempre tendido, a su casa de Velintonia, 3. Íbamos como quien va a una ermita. Todavía no le habían dado el Nobel, pero nosotros hacía ya mucho tiempo que se lo habíamos otorgado.

Tenía un aire como de coronel inglés que decidió retirarse después de largos años de servicio en las colonias. Aparte de sus dones poéticos, que son siempre de estirpe divina, admirábamos en él otros no menos infrecuentes: la indulgencia y la sonrisa. Además íbamos a verle porque sabíamos que iba a estimular y exagerar nuestras presuntas cualidades y, de paso, a darnos algún consejo definitivo en forma de sugerencia.

Se nos cae el alma a los pies, con lo que cuesta luego recogerla, cuando vemos lo que está pasando con la casa del poeta, que era la casa de todos y la casa de la Poesía. Que si el Ayuntamiento, que si la Comunidad de Madrid... ¿La compran o no la compran?

Parece que podrían decidirse si el Ministerio de Cultura también pagase. Pero la casa ahora es una verdadera ruina. El jardincillo donde él plantara un cedro es un campo de soledad. Y las habitaciones, llenas de palabras y de libros, son un mustio collado. Como diría alguien muy querido por él, allí habita el olvido.

No sé si será verdad eso de que la posteridad es una superposición de minorías. Más bien es una filfa. En todo caso, debe darse en vida. En ese sentido él la tuvo. Aquel cortés caballero estuvo merecidamente rodeado de admiración y respeto. Ya es mucho para España. Aquí no sabemos a ciencia cierta -mejor sería decir a tierra cierta- dónde está enterrado Velázquez. Tampoco encontramos el cráneo de Goya, que según Ramón Gómez de la Serna era el cuenco donde se cocían las sopas nacionales. Así somos y así hemos sido siempre. Más o menos.

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