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Opinión

Etiquetas:   Ser o no ser   -   Sección:   Opinión

Volver a morir

Manuel Alcántara
Redacción
lunes, 4 de abril de 2005, 22:09 h (CET)
Se lo cuento, con cierta pesadez, a mis amigos, que son todos más jóvenes que yo, salvo mis condiscípulos, que suelen tener mi misma edad. Una vez, estando con mi venerado César González-Ruano, le oímos decir a don Gregorio Marañón, al hilo de una charla sobre otras cosas: «Teniendo en cuenta que las guerras civiles duran un siglo...». Se notaba que lo daba por sabido y consabido. Luego, a solas, le pregunté a César si había reparado en lo que había dicho Marañón, pero no le dio demasiada importancia. A César le traía sin cuidado la política y sus alrededores, quizá porque estaba convencido de que sin mejorías individuales son imposibles las colectivas. ¿Será verdad que es imposible el olvido, sobre todo cuando exige una proporción de piedad, hasta que pasen por España tres generaciones? Parece muy difícil cumplir el consejo de O'Neill: «Olvidemos el pasado: aquellos no éramos nosotros».

Desde luego, yo no era. No tenía edad ni para matar ni para que me mataran, aunque esto último pudo pasarme, gracias a los bombardeos o gracias a las cartillas de racionamiento. Todo queda muy lejos, pero parece que hay un empeño en acercarlo. Curiosamente no parte de los historiadores, que si son verdaderos aspiran a la imparcialidad, sino de los más rezagados contables. El caso es que estamos en un 'revival' peligroso. Cuando se mete la mano en la ceniza que creíamos apagada puede uno quemársela y ya no se puede saludar a nadie. La memoria es una ciega abeja de amargura, pero no hay que convertirla en un avispero. Oigo a amigos, que lo eran más antes de empezar la conversación, discutir sobre la desaparición de las estatuas o sobre el nuevo uso de un monumento funerario. Percibo que todo está aún muy reciente. Por lo menos, está claro que no ha transcurrido un siglo. Etimológicamente, recordar es volver a pasar por el corazón. Otros dicen que es volver a vivir. Más bien volver a morir, en nuestro caso.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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