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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Lo que toca: muerte en Sirte


Estremecen por su crueldad las imágenes del asesinato de Gadafi difundidas en las televisiones


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 21 de octubre de 2011, 10:03
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Una turba enloquecida, al modo y manera de los spaguetti western, linchó hasta la muerte a Gadafi, anteayer el dios de plastilina de estos mismos libios que le masacraron y hoy convertido por arte y gracia de las potencias que ansiaban el petróleo bereber en un diablo en toda regla. La crueldad de las imágenes es inenarrable, las cuales han sido emitidas por todo telediario sin advertencia previa de su inhumanidad, poniendo en riesgo de conmoción no sólo a los adultos, sino también a los niños, y no sólo por su mucho más que rechazable barbarie, sino porque estaban orladas de felicidad y exultación como si se presenciara algo bueno o festivo, o como si perpetrar tal crimen fuera algo plausible, tolerable o justificable.

Cuesta un esfuerzo moral imposible comprender que tales imágenes puedan ser difundidas por periodistas responsables, cual si la muerte de un ser humano, por abyecto que sea, pueda ser algo asumible o respetable; pero cuesta todavía mucho más esfuerzo comprender que se presente como héroe a quien le arrebató la vida, sin acusación ni juicio, negándole sus derechos sagrados a la existencia, y uno, cuando presencia esta abyección investida como algo lúdico, no puede sino sentir que le duele el alma, que vivimos en un orden en el que la Justicia ha sido expulsada por indeseable, que se quedó definitivamente sin Dios este rincón del Paraíso. Sin embargo, ahí están las imágenes, para nuestra ignominia.

Los dictadores son bárbaros que perpetran ignominiosos daños a la especie, pero son de nuestra especie y se supone que los despreciamos porque nosotros no somos como ellos, que no somos bárbaros que perpetramos ignominias o exaltamos a las turbas para que, con un comportamiento animalesco que reprobarían los mismos animales, cometan execrables crímenes como el que a trangullones hemos presenciado contra nuestra voluntad porque no nos advirtieron de lo abyecto de las imágenes que iban a difundir y repetir y repetir y repetir. La mera difusión de esas imágenes no sólo convierte a los periodistas en cómplices del crimen, sino que nos convierte a todos en copartícipes, o, al menos, a los que no rechazamos ese crimen atroz como un crimen igualmente deplorable.

Sin embargo, dudo mucho, muchísimo, que estas imágenes hayan llegado a todas las pequeñas pantallas o a las portadas de todos los periódicos por simple amarillismo colectivo de todos los periodistas del mundo al unísono, o por ansias desmedidas de sensacionalismo de ésta nuestra sociedad que se está convirtiendo en esta cosa ñoña y aborregada, sino que mejor creo que han sido impuestas por quienes manejan el poder, sin duda como advertencia a otros dictadores que están en el disparadero, los cuales –hay que decirlo- hasta ayer, lo mismo que sucediera con el malogrado Gadafi, gozaron de los apoyos, bendiciones, aplausos y reverencias por parte de quienes hoy pretenden sustituirlos por intereses estratégicos o mezquinamente pecuniarios.

La grandeza de nuestra supuesta escala de valores está fundamentada en la inalienabilidad de los derechos humanos. Todos -sin excepción- tenemos derecho a la vida, y, aún ante los crímenes más atroces, todos -sin excepción- tienen derecho a un juicio justo, a defenderse de las acusaciones y, en su caso, a que la condena que se les imponga sea humana, aunque ellos no lo hayan sido. Se le ha acallado a Gadafi con la muerte, sin embargo, y debemos entender que porque los agresores, Occidente, temían sus palabras, temían sus respuestas, estaban asustados de los secretos que pudiera desvelar si le hubieran dejado manifestarse. Muerto el perro, adempero, no se acabó la rabia.

Otros dictadores, ya en el punto de mira y con la sentencia promulgada aunque no se haya hecho pública, saben ahora que no tienen salida, que están acorralados y que sólo les queda morir como los bueyes o dando cornadas. Es de temerse, pues, que los que se encuentran en el disparadero, obren con enajenada locura, que mueran matando tanto como les sea posible: ése es el resultado. Un resultado que, mucho me temo, esté calculado y sea el deseable por algunos, encontrando en las acciones exacerbadas venideras de éstos la excusa que están esperando con tanta ansia para justificar el programa de violencia extrema que está planificado, la justificación para difundir universalmente sangre, muerte y plomo, tal vez males peores, porque las potencias en crisis necesitan consumir sus arsenales para llenarlos con las nuevas armas que ya las industrias militares llevan algunos años produciendo a mansalva.

De alguna manera, me temo, esto de Libia han sido maniobras no sólo militares de puesta a punto y ensayo para lo que se está preparando (Siria, Yemen, Irán, Paquiatán, Corea del Norte…), sino una provocación en toda regla a ciertos actores imprescindibles que se desea que enciendan la mecha de la pirotecnia venidera, además de ir acostumbrando a los ciudadanos a lo que se les viene encima.

Puedes conocer toda la obra de Ángel Ruiz Cediel: Un autor que no escribe para todos (Sólo para los muy entendidos)

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