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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Del universo al verso de Juan Pablo II

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
lunes, 4 de abril de 2005, 22:09 h (CET)
Siempre ha sido del verso y la palabra, porque los poetas nacen y brotan como la primavera. Juan Pablo II cultivó los jardines del verbo desde el perfume de la belleza e hizo con ellos un mar de autenticidad al que se llega con el corazón muerto y se sale con el corazón vivo. Su lenguaje es claro y hondo, de verso en pecho. Pienso que todas sus obras han sido injertadas por la poesía. Nos elevan como si fuera un cantautor de la vida, parece que un poeta en guardia es quien nos habla, con las pausas del silencio y los tonos del abecedario. Alaba el amor del Creador recreado en pura mística y sus irrepetibles loas nos invitan a crecer en las ideas del ser y de la existencia: ¿Quién es Él?/ Es como un espacio inexpresable que abarca todo/ Él es el Creador: / Abarca todo llamando a la existencia a partir de la nada, / no sólo en el principio sino para siempre…” Hay conmoción en su decir, propio de un poeta cristiano que reflexiona en voz alta, sin estridencias, sobre los temas de nuestro tiempo que tanto nos conmueven, siempre cruzando el umbral de la esperanza, evocando vivencias vividas, en continua meditación versátil, sin perder la memoria, ni la identidad.

Cuentan los biógrafos de Juan Pablo II que sintió con tal fuerza la misión de anunciar al Señor y la necesidad de quitar el hambre de Dios a toda la humanidad, que quiso culminar sus estudios teológicos con una tesis sobre un hombre de experiencia de Dios, un místico y maestro de verbo, San Juan de la Cruz, el poeta de la Noche oscura y del enamoramiento de Dios. Se comenta la predilección de unos versos que al Papa llenaban su corazón, que bien pueden servirnos hoy para evocar su camino y su cruz: “Oh noche que me has guiado; / oh, noche más amable que la aurora; / oh, noche que has unido al Amado con la amada”. También se ha dicho que la tesis a la que había dedicado tanto tiempo no era sólo una investigación científica, era una necesidad de acercarse a un hombre como San Juan de la Cruz, que le sedujo desde el primer instante, para así prestar la vida y dar a conocer a este Dios que se nos ha revelado en Jesucristo. Llevados por este horizonte penetrante de pureza que nos trasciende, se comprende más profundamente estos versos del Santo Padre cuando se refiere a Jesucristo: “No estáis solos en vuestro camino. / Jamás, ni siquiera en un instante, / se separa de vosotros mi mirada”.

Se ha dicho que el Papa falleció tras participar en misa de la fiesta de la Divina Misericordia, proclamada por él mismo hace cinco años. Y una vez más, nos trae a la mente, en cierta forma, soplos de versos que nos avivan: el anuncio de la piedad, compasión, clemencia, indulgencia, bondad, gracia, perdón, ternura…de Dios con cada ser humano. Una atmósfera tan espiritual como piadosa, tan poética como clarividente. Todo se funde y se infunde como si de su propio verso manara: “El final es igual de invisible como el principio. / El Universo fue creado por el Verbo y al Verbo regresa”. El camino de la Divina Misericordia acompaña a Juan Pablo II en estos momentos en los que su poesía es una estela de esperanza que nos renueva y renace, una extraordinaria donación por la que todo el mundo, sin diferencias de credo, siente admiración. Se ha hecho valer y ha sido la persona mejor valorada en el mundo. Ha venido a vernos y nos ha dejado cautivos por la palabra, por ese verso salido del alma y por esa voz en favor de los sin voz.

Se ha pasado la vida entregado a comunicar la verdad que percibe en su propio corazón, y al igual que todo verdadero poeta, versifica los asombros que percibe hasta asombrarnos su manera de expresar tan níveo sentimiento: “Lo que tuvo forma se volvió informe. / Lo que era vivo, he aquí muerto. / Lo que era bello, he aquí ahora la fealdad del despojo. / ¡Mas no me muero entero, / lo que es indestructible en mí, permanece!” Tras de sí, ese vivir de amor plasmado en versos, espiga una tierra nueva, renovada. En toda su poesía hay un denominador común, una gran profundidad teológica y espiritual inspiradas en la sagrada Escritura. Cantó todas las expresiones de la caridad divina de Cristo, como las presenta el Evangelio.

Ya se sabe, la poesía es eterna, es del tiempo, para el tiempo y para todas las edades. El libro del universo, al que tanto amó Juan Pablo II y que tanto le gustaba respirar desde la soledad de la montaña, donde se confunde el horizonte con el cielo, no tiene fecha de caducidad. Como tampoco la tienen poemas escritos hace miles de años y que todavía hoy nos siguen conmoviendo, llevándonos a reflexionar sobre nuestra ingenuidad y nuestro misterio. Por este motivo, considero que ha sido de suma importancia esa apertura del Santo Padre en relación con el mundo de las letras y de los artistas, pues como él mismo dijo: “la belleza salvará al mundo”.

Ahí queda para toda la eternidad su libro de poemas “Tríptico romano”, en el que el Pontífice medita sobre la vida y la muerte, recuerda cuando fue elegido Papa en la Capilla Sixtina y habla del día en que los cardenales se reunirán para nombrar a su sucesor. “¡Se permitió al hombre morir una sola vez y, luego, el Juicio! / La transparencia final y la luz. / La transparencia de los hechos / La transparencia de las conciencias / Es preciso que, durante el cónclave, Miguel Ángel / concientice a los hombres / No olvidéis: Omnia nuda et aperta sunt ante oculos Eius. / Tú que penetras todo, ¡indica! Él indicará...” Desde luego, Juan Pablo II ha sido un verdadero poeta, que nos abrió la ventana del verso, como una invitación a gustar la vida y a degustar del amor, a vivir en paz con todas las culturas y a soñar un futuro en poesía. Ese ha sido su poder, el de saber podar para que la rosa acreciente los pétalos y perfume a toda la humanidad de ese halito creador que el santo Padre tuvo por bandera, la alborada del verso estrechamente vinculado a su vivencia de fe y a su convivencia sembradora de luz.

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