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El precio de la paz
No se mendigan la paz ni la libertad: se conquistan
Tanto la paz como la libertad son los bienes más valiosos para el hombre, pero también son su gran utopía por ser prácticamente inalcanzables para la práctica totalidad de los seres humanos de cualquier época, entre otras cosas porque la esencia de la vida es conflicto en sí misma. Una lucha permanente contra las esclavitudes impuestas por las propias condiciones de cada individuo y por el contexto social en que cada hombre se desarrolla. Sólo en la conciencia puede haber paz y libertad verdaderas, y rara vez en lo exterior: nadie es del todo libre, ni nadie está del todo en paz.
La paz aparente de la sociedad se mide a veces por los conflictos manifiestos, pero la sociedad nunca está en paz. Siempre hay algunos violentos que tratan de sacar ventaja de sus actos de fuerza o de muerte (mafias, terroristas, descontentos, delincuentes, etc.), y siempre habrá violentos que en nombre de una organización con supuestos fines políticos o con meros fines económicos tratarán de imponer sus ideas en base a crímenes o que de vivir bien apropiándose de los bienes de sus semejantes asesinándolos. Sobran ejemplos y sobran explicaciones.
La libertad es la capacidad de optar soberanamente y sin influencias o presiones entre distintas posibilidades, y lo es, especialmente, en la conciencia. La libertad, en fin, es la capacidad de elegir, aún cuando lo que se elige sea contrario a la Justicia. Por esta razón, precisamente, no siempre la libertad es buena ni es Justa, y tal vez por ello siempre ha sido necesaria una explicación adicional para definir la libertad a la que el hablante se refiere, si es que no se la ha discriminado entre libertad y libertinaje. Decisión soberana y libre es la que toma en conciencia quien roba o quien mata con la voluntad o el deseo de hacerlo, y en este sentido el obrante es libre, pero convendremos que no es un tipo de libertad que nos convenga respetar. La libertad, pues, es difícilmente entendible bajo el propio epíteto sin apellidos o definiciones, y no es, en consecuencia, un bien sagrado en términos absolutos.
ETA quiere dejar las armas, extenuada por su propio anacronismo, y hay una parte de la sociedad española que la mendiga, si bien no queda claro por qué, pues que es posible que algunos lo hagan por miedo y otros nada más que por ventaja política. Entre los que tienen miedo, especialmente los hay vascos, hombres y mujeres que, con o sin hijos, están hartos de que les roben su libertad de ser, de hablar, de pensar o de actuar conforme a su conciencia, porque la discrepancia en su propia tierra ha supuesto durante décadas tenebrosas el aislamiento social, en el mejor de los casos, o la persecución y aún la muerte violenta, en el peor de ellos. Los que lo hacen por ventaja política son los mismos que anteayer se conjuraron contra esta misma banda, los que no dudaron en facilitar medios y ceguera para que la banda recibiera contrapago con atentados selectivos –que no siempre fueron muy selectivos-, y quienes hoy esperan obtener de esa supuesta paz, si se alcanzara, una opción de continuidad política ante su descrédito social, una especie de absolución de sus muchos y muy terribles pecados contra la sociedad y las clases trabajadoras que son su base de voto, pues que siempre la han mentido, engañado y sacrificado gratuitamente para su propia ventaja de partido.
Poco o nada creo en el PNV, de una de cuyas escisiones, allá por los fines de los cincuenta, nació esta banda que tanto dolor ha sembrado. Es más, como soy algo mal pensado y tengo comprobado que en política no hay azar, me temo que ETA terminará en verdad cuando a este partido le interese en verdad que lo haga. La dualidad, el poli bueno y el poli malo, el brazo político y el violento, el apoyo oficial a una postura y el manejo extraoficial de la contraria, son herramientas políticas que han usado todos los Estados desde siempre, así en cuestiones internas como en política exterior. Los mismos que apoyaron a Franco son los que crearon a la ETA que supuestamente le combatía, y sucedió desde fuera, desde la potencia hegemónica, y sucedió desde dentro. O, al menos, eso me temo. Jugar a dos cartas, simultáneamente con los dos bandos, es jugar a ganar porque se controla por completo todas las posibilidades. Sobran explicaciones.
La oportunidad de la paz está sobre la mesa. Hay voces muy cualificadas que, sin duda con buena voluntad, se quieren poner una venda en los ojos para justificar la acción como una fórmula que emplea la banda para disolverse sin rendirse, sin claudicar, sin perder. Son voces que hay que escuchar y que valorar, pero hay que hacerlo desde la plenitud de la conciencia, desde una libertad sin complejos que, además, sea justa. ¿Qué o quién es ETA?... ETA es una escisión del PNV, un grupo de exaltados que recurrió a las armas para supuestamente conseguir unos fines políticos que, incluso ya en su nacimiento, eran anacrónicos, incoherentes, fuera de todo sentido… justo, más que nada porque su delirio hunde sus raíces más delirantes en las remotas guerras carlistas. ETA fue un grupo de hombres armados que empleó el tiro en la nuca o la bomba lapa (¡qué valentía!) para enfrentarse al que ellos llamaban en su argot “el Estado opresor”, aunque no fueron nada selectivos y no dudaron en matar niños (Begoña Urroz, los niños de la Casa Cuartel de Zaragoza y muchos otros, preciosos, irrepetibles..., nuestros niños) o mujeres embarazadas que estaban maniatadas y amordazadas. En ellos no hay ninguna valentía, no hay ningún heroísmo en sus acciones. Seguramente, para ellos nuestros jóvenes y niños, nuestros hombres y mujeres, eran víctimas colaterales, ese eufemismo que desviste al crimen de la atrocidad de su propia abyección. Y siguieron matando. Siguieron asesinando hasta contabilizar casi mil personas, en una trayectoria tétrica, criminal y suicida, cuyo camino quedó jalonado de cadáveres horriblemente mutilados. Ni siquiera con sus prisioneros tuvieron piedad, porque ETA siempre desconoció lo que era la piedad o la misericordia, y sobran ejemplos de una crueldad tan extrema con sus cautivos y aún con sus propios disidentes, que a sí propio se desnudaron del calificativo de humanos. Sin embargo, nosotros sí les hemos respetado sus vidas.
La paz está sobre la mesa, pero es una paz que mendigan algunos y es una paz que no entienden -entendemos- otros. Habría que preguntarse qué obtendríamos si aceptáramos la paz de rodillas, como si comulgáramos una hostia tinta en sangre inocente. ¿Vale la paz cualquier precio, incluso el de la Justicia?... Si se aceptara esa paz, la cuestión para condonar crímenes estaría nada más que en el número de ellos que se hubieran perpetrado, y, tal vez, tendríamos que haber suplicado a los nazis una paz porque mataron a muchos millones de personas, o a los jemeres rojos, o a los dictadores latinoamericanos de la Operación Cóndor. E incluso, por extensión, deberíamos buscar una paz semejante con la mafia calabresa o la siciliana, con la marsellesa o la neoyorquina, con los cárteles de la droga o con las bandas de atracadores de bancos. ¿Cuánto vale la paz?... Y, sobre todo, ¿qué tipo de paz es ésa que se mendiga renunciando a nuestro criterio soberano de Justicia y nuestra libertad de elegir el bien sobre el mal, que es la vida sobre la muerte?... ¿Condonaremos la muerte cruenta muchos por la vida cómoda de algunos?...
La cuestión de ETA no es política, aunque a muchos se lo parezca, sino de conciencia. La sociedad debe saber perdonar como debe saberlo hacer cada individuo, pero debe tener mucho cuidado con a quién perdona y debe tenerlo especialmente con qué perdona, porque es una ligadura que atará nuestras manos de futuro. Perdonar crímenes terribles como estos, sería asesinar por segunda vez a quienes fueron asesinados… y a las víctimas que quedaron mutiladas física o psicológicamente, además de a todos nosotros, porque nuestro concepto de Justicia no es que se haya devaluado, sino que habrá quedado irremediablemente mutilado para siempre. Perdonar al arrepentido siempre es un acto grandioso de la conciencia, un acto que, si es libre y soberano, enaltece a quien lo practica; pero se debe perdonar al arrepentido, y el arrepentido debe saber y asumir de antemano que ha cometido crímenes terribles y debe estar dispuesto, por su propio arrepentimiento, a pagar taz a taz por ello: no hay perdón sin penitencia.
Sin embargo, ETA no está arrepentida en absoluto, ni lo está el PNV ni el PSOE. Los unos quieren la paz en pie y con orgullo de sus fechorías, y los otros que los demás libremente nos arrodillemos y participemos en la comunión de esta misa negra. A diferencia de las personas, para estos partidos, por el contrario, no hay en todo esto ningún asunto de conciencia, sino de política, y la política actual, esta política, es antagonista de la libertad y es enemiga e la Justicia. ¿Paz o guerra?... La vida es una guerra continua porque prevalezca lo bueno sobre lo malo. A cada quien le toca valorar en libertad qué precio tiene la paz. Para mí, si se alcanzara esta paz que proponen, sería el de la rendición, el de la claudicación, el del miedo: sería como volver a matar con mis propias manos a todas las víctimas, a todos esos niños. Un precio demasiado alto como para poder satisfacerlo. Guerra, guerra.
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