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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Luis Agüero Wagner
El delirio de designar al sucesor


Al estilo de una monarquía, el deseo de designar sucesor desvela al cura Fernando Lugo


Luis Agüero Wagner Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
martes, 18 de octubre de 2011, 09:12
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Advertía un lúcido observador de la realidad política, el doctor Juan G. Granada, que en Paraguay alcanzar el poder es algo así como convertirse en procónsul romano, dueño del destino nacional, ser Jefe del Ejército, declararse salvador de la patria, cambiar de fortuna, cambiar de domicilio, tener seguidores, consejeros, adulones, nuevos amigos, asistir a reuniones donde nadie tiene opinión diferente a la suya, saberse importante y comenzar a pontificar sobre la naturaleza, sobre Dios y sobre los hombres como si fuera un oráculo.

Pero como advirtiera Fenelón, un rey está perdido si no rechaza la adulación, y prefiere a los que dicen audazmente la verdad. Esa es la razón por la cual hace tiempo el Paraguay discurre en la penumbra de las improvisaciones y desencuentros con la historia.

Granada también observaba que al individuo agraciado con el bastón presidencial, lo primero que se le ocurre es nombrar como ministros a sus viejos compañeros de correrías, sin medir la competencia de cada uno, sino su contribución para la campaña electoral. Así ocuparon importantes cargos durante sucesivos gobiernos algunos desatinados que, después de los escándalos en que se vieron enrededados, volvieron al anonimato de donde nunca debieron salir.

A todas estas observaciones añadimos que una vez que se aproxima el final de su mandato, este individuo es asaltado por la irrefrenable obsesión de buscar desinar un sucesor. Es la tradición de los autócratas y caudillos latinoamericanos, por supuesto, no podemos responsabilizar a Lugo de una historia que tiene inspiradores como los Somoza, Duvalier, etc.

Como los hijos que se conocen al cura aún no tiene edad para sucederle en el cargo, y algunos siguen sin ser reconocidos, se apela al expediente de lanzar nombres seleccionados entre la caterva de mayores caretones y obsecuentes del país.

En ese contexto, en las carpas de los seguidores del luguismo las candidaturas se multiplican tanto que se antojan más numerosas que los votantes, todas ellas solícitas en busca de la bendición del gobierno arzobispal. No podía ser de otra manera.

Embusteros reincidentes

Advertía un filósofo francés que alabar a los príncipes por las virtudes que no poseen equivale a hablar mal de ellos impunemente, por lo cual Fernando Lugo se encuentra en la misma categoría de sus críticos. Sus credenciales durante su proselitismo, que coincidió con el mayor auge del socialismo del siglo XXI, fueron una nebulosa adscripción al socialismo del siglo XXI y una propaganda de supuesto partidario de la teología de la Liberación.

Hoy ni siquiera Leonardo Boff se hace cargo de tales mentiras, dado que por única respuesta a los cuestionamientos de Tácito Loureiro ensayó como respuesta que “no tenía obligación de seguir el día a día de la política paraguaya”. Los Tuiteros socialistas de Venezuela señalaron en las redes sociales que Lugo traicionó al pueblo, tras saberse de que el país se encuentra bajo estado de sitio y la izquierda marxista perseguida.

Evidentemente, Lugo no hubiera ganado jamás las elecciones de abril del 2008 si hubiera confesado que en realidad era impulsado por la embajada norteamericana que entonces ocupaba James Cason, NED, USAID, la prensa de la SIP, periodistas cooptados por la AFL-CIO, etc. Tampoco hubiera ganado las elecciones si adelantaba que suscribiría acuerdos en materia represiva con Alvaro Uribe, avalaría la ejecución extrajudicial de varios de sus ex aliados o que profundizaría la penetración estadounidense en instituciones paraguayas a través del Plan Umbral.

Por su parte ni Lugo ni su séquito se preocupó jamás por desmentir las inexactitudes de esa propaganda pues como lo señalara un analista de la realidad, que un príncipe escriba contra la adulación es algo tan raro como un Papa que escriba contra la infalibilidad.

Al tratarse de un personaje a mitad de camino entre príncipe y Papa, no queda espacio para las especulaciones. La campaña de engaños seguirá incólume, porque así lo requiere la coyuntura y los intereses individuales de los agazapados.

Todo sea por el inveterado delirio de elegir al sucesor.

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