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Opinión
· Artículo de opinión
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| Zombis |
| Por todas partes hay muertos que caminan como si estuvieran vivos |
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Una de las realidades más desconocidas de la sociedad, tal vez la más ignorada de todas, sea la de la existencia real de los zombis, de los cuales se suele pensar que son una especie de no-muertos o de resucitados por artes mágicas de candombe o cualquiera de esas técnicas afroamericanas tan arraigadas en el Caribe.
Sin embargo, sin necesitar de penetrar en las artes mistéricas de lo sobrenatural, no es necesario correr mucho para comprobar que nuestras calles y nuestras ciudades están atiborradas de zombis, de seres que se creen vivos pero que no lo están, por más que sean capaces de caminar, de hablar, de relacionarse y hasta de trabajar. Están muertos, y, apenas tienen ocasión, cuando cesan en sus tareas obligatorias propias de la supervivencia suelen tender a regresar a su estado natural de muertos bien muertos, inactivos ante la televisión como si fueran objetos en suspensión vital, o esforzándose con denodado afán en que se les pase el tiempo sin sentir, siquiera sea echando unos tragos o unas risas.Desmontemos algunos sofismas muy extendidos: la vida no tiene que ser divertida, sino vida; la felicidad incluso puede no tener nada que ver con la risa; y el que a uno se le pase el tiempo sin sentir o sin darse cuenta, es una enorme tragedia.
Estas realidades se oponen frontalmente a la concepción moderna de que la vida es pasárselo estupendamente, y este sofisma generalizado se agrava de forma trágica cuando a esa supuesta diversión se le añade la inconsciencia absoluta, el hacer o estar sin sentir o experimentar.Naturalmente, el sentido y objeto de la vida varía según las concepciones de cada individuo, y si éste considera que no es más que un bicho que ha nacido fruto del azar cósmico, que vive como cualquier animalillo y que morirá como cualquier animalillo, es natural que crea que cuanto más disfrute ahora, más se llevará a la tumba, aunque no queda claro qué beneficio arroja finalmente eso si estará igual de muerto si se ha divertido como si no, y estará muerto durante muuuucho tiempo. Si, por el contrario, el individuo considera la vida un suceso trascendente y trascendental, perder un minuto de su vida sin sacarle el máximo partido queda claro que para él supone una tragedia, una pérdida existencial de oportunidades para poder desarrollarse como persona, así en el plano material como en el espiritual, y una ocasión menos de evolucionar conscientemente en la infinita cadena de la existencia. Uno, en este caso, puede disponer de tiempo para escuchar a un amigo sin que le reporte otro beneficio que el solidario, pero no lo tiene para que un atasco de tráfico, verbigracia, le robe un solo segundo de su tiempo o su paciencia.Vivimos en un entorno muerto. Lo muerto, es lo que no se modifica ni se transforma, lo que no evoluciona. Una piedra, por ejemplo. Los seres vivos somos una excepción en el universo, y, cuando hablamos del cosmos, estamos haciéndolo de distancias y dimensiones que son difíciles de comprender por lo magníficas de las mismas.
En este sentido, la Tierra es un oasis cósmico, una excepción cuajada de vida en un descomunal espacio muerto. Pero es que, además de toda la excepcional eclosión de formas de vida que conforma el ecosistema planetario, el hombre (y tal vez algunas especies animales, aunque en menor medida) es el único que tiene plena conciencia de sí mismo y de su existencia, el único que no sólo sabe que vive, sino que también es capaz de preguntarse por qué y para qué, y hasta obtener algunas respuestas. Es el único que se sabe conformado por materia y espíritu, que es capaz de organizarse para sobrevivir en un medio adverso, que entiende y siente el arte, que comprende y tiende a lo sublime, que se estructura de modo que su conocimiento sea aprovechado por sus semejantes y que otros puedan seguir aprendiendo y descubriendo a partir de donde él lo dejó, y tal vez el único que sabe que después de la noche (la desgracia), llega el día (la dicha), pudiendo asumir que incluso las cosas malas son oportunidades de experimentación y aprendizaje.
Reflexiona, analiza y comprende. La vida, en fin, es demasiado importante como para perderla riendo estupideces, escuchando frikis, presenciando teleseries o programas de cotilleo o permitiendo que una realidad prosaica y vulgar nos robe un solo segundo de nuestra preciosa vida, del escaso tiempo que disponemos de este cuerpo y esta oportunidad. Uno –es necesario decirlo- puede ocupar su tiempo en muchas cosas, y me refiero al tiempo que le sobra de batallar por la supervivencia, como en aprender de otros o en experimentar por sí propio, y es tan divertido y mucho más pleno que el que “el tiempo se pase volando”, porque le deja un sedimento de conocimiento, le hace mejor, le completa, le hace útil para sí y para los demás, lo eleva.
Ver una película de entretenimiento, leer un libro que es una historieta sin sentido o reír de las gracietas que hace alguien que por inflar su ego de gracioso lo mismo hace chistes de Dios que del diablo, no es sino perder tiempo de vida. La risa no es felicidad, ni es felicidad el sentirse sano, ni es felicidad tener dinero en el banco: la felicidad es saber que uno ama y sentir que uno es amado. No hay ninguna otra felicidad. Puede ser que haya alegría, agradable sorpresa, bienestar, en algunos casos; pero nada de todo eso es felicidad. Uno puede ser feliz incluso cuando sufre o muere por los suyos o por sus propias ideas.La sociedad nos ha regalado multitud de sofismas sobre el objeto de la vida, porque la sociedad quiere hombres muertos, carne contribuyente, imbéciles que puedan ser engañados por un partido político o tontos que puedan ser seducidos por la publicidad para que se comporten como esclavos, como aquellos indiecitos ingenuos a los que los conquistadores les cambiaban su oro por cuentas de colores o aros de hojalata.Pasarlo bien es vivir con todas sus consecuencias, saber que se vive y tener un objeto o un sentido por el que vivir.
Vivir es aprovechar la vida y sus ocasiones, y no hacer que pase el tiempo sin que nos deje algo a cambio: permutamos tiempo por evolución positiva, eso es vivir. Y hay muchos, muchísimos sentidos para la vida, para todos los gustos, tantos como personas. Cada cual debe elegir el suyo. Los vivos pueden hacer lo mismo que los zombis, pero lo hacen con sentido: leen aquello que cuando concluye los ha hecho mejores, más formados y más cultos, poco importa que sea novela o cualquier otra disciplina; escuchan aquello que los enseña y que los facilita una vida más plena, que los sublima; ven aquello que los inundará de belleza, y no lo que lo que los hace más prosaicos o animales; o nada más que compartir con nuestros compañeros de camino vital lo que somos o sentimos.
El mundo está mal porque está lleno de zombis, de muertos vivientes, de cadáveres que caminan, de hombres que no saben que están vivos, que son una fuerza preciosa –tal vez la fuerza más preciosa de todas- de todo el universo. Y los cadáveres sólo se preocupan de caminar sin importarles si aquí o allí se sufre o se goza porque carecen de pansentimientos; sólo quieren consumir, que pase el tiempo sin que los entierren, tal vez por un instinto animal de estar al calor del sol o de no ser la nada definitiva, aunque ya lo son.
La solución a todos los problemas del mundo no están fuera de cada uno, sino dentro de cada hombre, en sus emociones de misericordia y sus capacidades creativas, porque cuando cada uno se llena de vida, él es ya la vida; pero para eso ha de estar vivo, saber que está vivo, comprender que está vivo y actuar como el hombre vivo que es. Vivir es sentir, es experimentar, es interrelacionarse, es comprender y comprenderse, es acertar y equivocarse, es evolucionar: lo que se está quieto, lo que espera un mañana igual al hoy e idéntico al ayer, lo que no se mueve, está muerto. Y el movimiento, ya se sabe, se demuestra andando, de la misma manera que vivir se demuestra sintiendo.
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