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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Criminales con guantes de látex

José Francisco Sánchez (Valencia)
Redacción
lunes, 4 de abril de 2005, 23:53 h (CET)
El reciente asesinato legal de la infeliz norteamericana que, en total estado de postración, ha tenido sucumbir precisamente a manos del personal sanitario al que había sido confiada para su cuidado, pone en tela de juicio, una vez más, no sólo los fundamentos del mismo complejo y variado sistema Judicial extraviado en sus disquisiciones sin sentido, sino también la propia validez de la deontología profesional asumida de hecho por la Medicina en su conjunto. Porque si la suprema ideología de autoridad que se arroga genéricamente los todopoderosos Estados, so pretexto de la defensa de los inalienables derechos individuales, palidece y revela su carácter fundamentalmente falsario en cuanto tiene que concretarse en casos críticos de trascendental gravedad, son, precisamente, individuos profesionalmente autorizados para atribuirse en exclusiva la facultad de preservar la vida o la integridad física, médicos, quienes directamente ejecutan actos de tortura y exterminio directo de sus semejantes, como el presente, en contra del solemne juramento hipocrático que los consagró.

Digamos pues, lo que no se puede decir sobre el tema y aledaños: médicos titulados han sido quienes han retirado toda alimentación asistida a la pobre paralítica cerebral, para matarla de hambre; como médicos son también los encargados de suministrar las inyecciones letales por prescripción de los magistrados, quienes realizan las amputaciones coránicas con que se castigan algunos delitos en los países sarracenos, quienes se aplican mecánicamente al aborto rutinario, y quienes perpetran en todo el mundo la sanguinaria circuncisión religiosa de menores… Por
todo ello, parece más que sádicamente cínico que la única providencia colegiada emitida por el conjunto de los facultativos ante tan grave y extensa tolerancia del deterioro moral de la profesión, sea el conformarse con contemplar la objeción de conciencia para quienes no quieran dedicarse a tan nefandos menesteres.

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