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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Inconsistencias mediocres


La experiencia ha sido rica y clarificadora


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
viernes, 14 de octubre de 2011, 08:40
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Si abdicamos de las mejores cualidades, no ejercemos con tenacidad las posiciones críticas, o permanecemos apegados a un conformismo absurdo y necio; no será, no, por falta de EJEMPLOS antiguos o modernos que escenifiquen los peligros de las mencionadas actitudes. Cuando se descubre un corrupto, un político manipulador o un malvado de cualquier calaña; nunca aparecen por una generación espontánea aislada. Son muchos los circuitos sociales conectados; para lo bueno y para lo malo. Muchísimas las personas involucradas de algún modo; no quedan eximidas tan fácilmente las responsabilidades pertinentes. La negación de estas confluencias, la pretendida ignorancia sobre sus flecos, no evita la participación como colaboracionistas. Lo cual debería provocarnos alguna comezón interna a la vista de los comportamientos en boga.

Los envoltorios con que se disimulan las mentalidades turbias, utilizan cualquier truco a su alcance para realzar su prestigio. El descubrimiento de cada uno de ellos tiene su miga. Entrelazan recursos muy variados en sus esquemas, la proclamada honradez y el altruismo, pretendidos conocimientos científicos, intenciones bondadosas de boquilla, deslumbrantes progresos o estudios con resultados preparados de antemano. Sin embargo, en la medida que denunciamos sus falsedades, desvelamos el verdadero RASTRO MISERABLE del contenido mezquino. La excesiva credulidad nos pudo llevar a la confianza en sus tapaderas. La dejadez resulta cómoda en los inicios, pero impide ponerse a la altura de los ambientes. El adormecimiento general sólo contribuirá a las menguadas aspiraciones del grupo social afectado. La consistencia y viveza de las respuestas, constituirían un imperativo de difícil consecución.

Lo consecuente hubiera sido el intento de superación de las deficiencias con la dedicación y el esfuerzo necesarios. Pero a qué vendrán esos impulsos trabajosos, cuando el maleficio infiltró a sus agentes para convencernos de su inutilidad. Bastó con un malentendido propagado a fondo por los diferentes medios, ese de la tolerancia ejercida ante cualquier diferencia. Un ejemplo, la educación universitaria amplía su panorama al margen de los méritos académicos, no debe entrarse en esas distinciones. Y así sucede también en otros sectores, debemos soportar las diferencias aunque conduzcan a las peores barbaridades. El respeto general a las personas, confundido entre la ausencia de valoraciones sensatas. Alcanzamos la INDIFERENCIA ambigua, despreciamos el discernimiento de las cualidades y de los méritos. Con esas actitudes no hay reto que valga. La reprobación de lo indeseable, las conductas nefastas, no pueden diluirse en una indiferencia que diluya los intentos loables.

Semejante nivel de tolerancia confusa, acude con frecuencia a la hipocresía de las condenas grandilocuentes de los sucesos originados; sean debidos a los gobernantes, acciones electoreras, injusticias o corrupciones. Sobre todo, cuando las circunstancias previas, que condujeron a esas situaciones, fueron contempladas con la mayor indiferencia; incluso gozaron en ocasiones del beneplácito manifiesto de los mismos sectores que ahora condenan. Detrás de las conductas y decisiones previas, de una simpleza y BANALIDAD preocupantes, no sirve la condena posterior del suceso o del protagonista final del mismo; como si no hubieran factores previos determinantes. El protagonismo no es exclusivo del ejecutor final. El análisis que se precie, incluirá la consideración a fondo de las circunstancias y sus cómplices. Destacan las frivolidades de este género en las esferas públicas, políticas, bancarias, etc.

La pobreza de contenidos y las mediocres argumentaciones ponen en cuestión a una gran parte de las actividades sociales que contemplamos. Todavía oscilan los coletazos del movimiento de los “indignados”, que nos sirven de ejemplo, dado que nos muestran las dificultades para el ensamblaje de un colectivo sin el deterioro de la identidad personal de sus integrantes. Como en otras movidas, la solidez de las argumentaciones está ausente, su elaboración es muy dificultosa. Sobre esa carencia incide negativamente el influjo de las numerosas informaciones circulantes; de forma paradójica, dificultan el reposo necesario para la configuración de los criterios. La parafernalia del entorno provoca un DEBILITAMIENTO del movimiento en su núcleo; pone trabas a la asimilación y a los proyectos. El abundante ruido no contribuye a las reflexiones personales ni al plan conceptual del conjunto. Este fenómeno suele ir parejo con la mayoría de las creaciones colectivas, porque pierde fuerza el razonamiento, suplantado por alguna simpleza manejable.

Hay otra vertiente importante en este asunto. Recuerdo una frase de Ortega y Gasset, muy certera y ligada a las causas de la mediocridad, “Somos mucho más pobres en deseos que en riquezas”. No establece diferencias entre ricos y pobres. En una primera lectura resulta extraña su afirmación. Al fijarnos en las actitudes sociales, quizá la vayamos entendiendo mejor. Sean escasos o numerosos, los DESEOS también soportan una carga de aspiraciones, deleznables o dignas de encomio, según los casos y situaciones. La altura de miras no resulta dominante en los diferentes sectores de la convivencia actual. Las programaciones y niveles de audiencia de los diversos medios, consolidan a base de estupideces la frase orteguiana. Cualquiera de nosotros podrá observar si los comportamientos políticos rebajan o elevan el listón. Tampoco las expresiones artísticas –Películas, obras de teatro, exposiciones, publicaciones- vuelan a demasiada altura. El conformismo y la acomodación utilitaria instalan sus reales con carácter masivo. Claro que, si los deseos flaquean, los logros serán menores.

Anhelos y esfuerzos, criterios o proyectos, no interesarían en su desarrollo, si no fuera por que apuntan de lleno a la construcción de la realidad social en la que nos moveremos. La calidad, la labor bien efectuada y el prestigio, no son conceptos vacíos; son básicos para la buena marcha social, por mucho que sean desdeñados. Aunque, por sus propias características, son muy sensibles a las ESTRATEGIAS movidas por intereses mezquinos. En aras de una libertad mal entendida, prolifera la mezcolanza de las informaciones en las que cabe de todo, seriedad, fiabilidad, trucos y maldades; con la lógica confusión de quienes permanecen alejados de los núcleos de gestión en cada área. El descontrol contribuye a que las exigencias de calidad y prestigio no alcancen al discernimiento de sus objetivos. El individuo afronta unas tramoyas que le superan; con una libertad ineficaz por su impotencia ante las estructuras.

Las consecuencias de la mediocridad repercuten sobre la sociedad en un doble sentido. Sus insuficiencias no permiten la enjundia de los grandes proyectos, puesto que no aportan las cualidades necesarias. Pero a dichas CARENCIAS se añade la falta de aspiraciones. El genial Miguel Ángel Buonarotti advertía contra esas debilidades en torno a la mediocridad, “El mayor peligro para la mayoría de nosotros no es que nuestra meta sea muy alta y no la logremos, sino que sea tan baja que la alcancemos”. Nos acecha la satisfacción injustificada.

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