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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
El valor del voto


Votar, es hacerse corresponsable de los actos legislativos y de las decisiones de gobierno de los elegidos


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 13 de octubre de 2011, 10:26
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Los partidos concurrentes a las próximas elecciones generales del 20N -¡qué sintomática y significativa fecha!- se mueven entre la exultación y la desesperación, pero sin faltar por ello toda una caterva de partidos… menores, digamos, que aspiran a pescar mucho y en gordo por causa de las aparentes diferencias ideológicas de los partidos lamentablemente hegemónicos. El ciudadano en edad de votar, así, podrá unirse al alborozo que se barruntan los unos, compartir la desesperación que ya sienten en carne viva los otros o simplemente aupar a algún partido minúsculo al Congreso para sacarle los jugos dinerarios al Estado por apoyar a éste o aquél partido cuando llegue la hora de aprobar una ley, los Presupuestos Generales del Estado o cualquier asunto capital para los intereses del que finalmente gobierne, siempre que no tenga mayoría absoluta.

Elegir al partido que nos gobierne –ya lo sabemos por extendida experiencia- es ni más ni menos que seleccionar a nuestro ínclito dictador durante los próximos cuatro años, cuando menos. Poco importará, una vez elegido el partido que dirigirá los destinos del país, que quien ostente la Presidencia nos conduzca al Paraíso o al Infierno –mejor y más seguro será lo segundo, téngalo por cierto-, que se conduzca como un orate –la estabilidad psicológica o la formación académica no tienen la menor importancia en nuestro sistema de selección de diputados, senadores, ministros o presidentes- o que porque le salga de los hígados nos alíe con arcángeles o con demonios para liar la de Dios es Cristo. Una vez con el mango del poder en la mano, el elegido (que no el Elegido) podrá hacer con nosotros lo que le venga en gana, así subir impuestos como decretar el Estado de Sitio o de Emergencia, bajar los salarios mínimos, restar derechos civiles, aupar a las arterias del Estado a toda clase de chupones y parásitos, saciar sus ansias sexuales jodiéndonos en orgiástica masa, y hasta dilapidar el Erario en su capricho, que es decir el presente y el futuro de todos -incluido usted, lector-, en beneficio de inciertas multinacionales o espurios intereses, ya sea malvendiendo las joyas patrias, subyugando nuestra independencia a favor de terceros o derrochando a trochemoche los haberes colectivos como si el Estado fuera suyo, que lo será.

Debe considerar, pues, el votante, no que elige a un gobernante coyuntural, sino a un implacable dictador en toda regla, pues la única diferencia real y práctica que existe entre una dictadura y este estilo de psudodemocracia que nos concierne consiste nada más que en las maneras empleadas: quien se impuso por la fuerza de las armas, lo hizo para satisfacer su ego en un plazo tan dilatado como pudo; y quien se impone por la fuerza de los votos, también, aunque usará corteses maneras y buenas palabras para hacer lo mismo, y usará los medios de difusión y propaganda a su alcance para perpetuarse en el poder, siquiera sea convenciendo de sus exquisitas bonanzas a los ciudadanos menos capaces o más factibles de ser convencidos de lo irracional, pues que sus votos valen lo mismo (si no más) que los de ciudadanos preparados y cualificados.

Participar con el voto, tácitamente significa que se es copartícipe de los aciertos y desaciertos de quien gobernará, y en vano será entonces quejarse de que incumplió el programa que le llevó al Congreso a La Moncloa –ya sabemos de antemano que no lo hará, que sus promesas son sólo para captar incautos-, pudiéndose apuntar en su Haber la parte alícuota de responsabilidad que le corresponde. Votar, en un sistema como el nuestro, es cogobernar, aunque en realidad no se sea sino un paganini más sin voz ni interés para quien gobierna. Mucho ojito, pues, con quién se elige.

Naturalmente, a diferencia de buena parte de las democracias impuestas en la mayor parte del planeta, el ciudadano español puede no votar o hacerlo en blanco. A efectos prácticos da lo mismo, pues con que vote uno en todo el país, lo mismo salen elegidos (y con el cien por cien de los votos en este caso) quienes se han presentado en los primeros lugares correspondientes de las listas, de modo que basta con uno o dos votos como para, por ejemplo, entremos en la OTAN, en la UE o en el Infierno; el quórum, para la cosa ésta de la elecciones, importa un ardite, pues no en vano se lo han montado ellos para que el resultado, se vote o no, sea el que les conviene. Y, por supuesto, ni sueñe con que su voto, si no lo emite o lo deja en blanco, supondrá un escaño ocupado menos, que es decir un tirano menos en la cúspide la sociedad: se ocuparán todos los escaños (o ex-coños) aunque, ya digo, vote un solo ciudadano.

La única satisfacción que tendrá si no vota o lo hace con un voto en blanco o nulo, es que podrá criticar con entera libertad e independencia a unos u otros. No; no se preocupe: hay millones que, en cualquier caso, votarán, así reventemos todos. Sin embargo, votar en blanco, no votar o votar nulo, es la única manera de que nuestra infausta clase –altísima- política sepa del rechazo social que inspiran en la población, y eso no es poco. Si el número de no votantes o de votantes con papeletas nulas o en blanco fueran muchísimas, una cantidad… alarmante, digamos, tendríamos la satisfacción de verlos darse golpes de pecho y decir con teatrera humildad –algo desconocido para sus superegos- que entendían el mensaje, que tomarían nota, y la nota, sin duda, sería apurarse en hacer negocios por si se les acababa el chollo.

Siendo realistas, con la actual clase política que tenemos en Escoña o Españistán, su grado de preparación, sus cualidades personales ya demostradas y la sobradamente conocida estabilidad psicológica de buena parte de sus señorías, usted y yo podemos esperar… un desastre en el mejor de los casos, que nos sumerjan más en la miseria, que perdamos más derechos y que privaticen más cosas, y ya les digo que lo próximo que es la Seguridad Social, puede ser que las pensiones, seguro que la Educación –la pública será para miserables parias destinados a ser mano de obra prescindible y barata, palabra-, la Seguridad (puede ser que incluso la Nacional) y convertir el mercado laboral en una simple y llana carnicería. De los derechos civiles ni los menciono, pero, por si acaso, váyase acostumbrando a llevar una cadena al cuello y a "¡chitón, que viene la bofia!". Se va a enterar usted, en fin, para qué era esta crisis inventada y de lo que vale un peine.

Y todo esto por no referirnos a que es sencillamente imposible que entienda de trabajo quien jamás dio un palo al agua, que no puede entender de rigores quien nació entre algodones, o que no tiene ni pies ni cabeza que pueda entender lo que es sobrevivir una familia con unos cientos de euros por mes, quien se gasa mucho más que eso cada día en fruslerías y cobra decenas de miles de euros por mes, negocietes aparte. Nunca, nunca podrá entender el galgo al conejo. De alguna manera, es como elegir a qué extraterrestes queremos que nos gobiernen: vean sus haberes y su historial... profesional, pero háganlo antes de votar, por si acaso les dice algo esta información.

Y ahora, con todo esto, que cada votante elija a quien desee, si es que desea elegir a alguno. La parte alícuota de la responsabilidad venidera caerá de su parte según sea su voto. Luego, no digan que no estaban advertidos.

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