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Tags: Opinión · Artículo de opinión
Atracadores
Antes los atracadores entraban embozados y con armas en la mano para asaltar a los bancos; hoy, algunos de ellos trabajan en los despachos de dirección
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 12 de octubre de 2011, 10:26
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No me caen bien los bancos; es más: me caen fatal, tan mal que cuando uno quiebra me llevo un alegrón. No; no me gustan los bancos, ni tampoco me gusta la Bolsa. Cuando la Bolsa se da un batacazo y se arruinan unos cuantos especuladores, me dan un buen día porque ellos son los responsables de este latrocinio generalizado que sumerge a nuestra sociedad en este mar de excrementos humanos y morales, los que hacen dinero con la miseria de los demás, los que multiplican artificiosamente el precio de las cosas para enriquecerse, los que hacen inhabitable este mundo y repulsiva a la sociedad. Sí; cuando quiebra un banco o se arruina un inversor, tengo un buen día. Y no creo ser el único.

A algunos, este sentir y a este parecer les parecerá contrario al orden económico de la modernidad, y tienen toda la razón: si ser moderno es esto, quiero ser de los de antes. Me produce tanto asco, tan profundo rechazo, que incluso cuando en los telediarios ponen toda esa información de la Bolsa y sus chanchullos, cambio de canal o apago la tele. No creo, y me declaro culpable de ello de antemano, en quienes hacen sus dineros con juegos que implican necesariamente el dolor y el sufrimiento de otros, y tanto los bancos como la Bolsa son fábricas de sufrimiento, y quienes invierten o ponen sus dineros en ellos, operarios del dolor ajeno. Son gentes sin alma que no merecen, para mí, ningún respeto. No me impresiona la riqueza, y cuando tengo enfrente a alguien con muchos haberes, siempre me pregunto cómo se hizo con ellos, con el fin de respetarlo o despreciarlo profundamente: nadie me vale por lo tiene, sino por lo que es. No; toda esa gente que especula, no me merece ningún respeto: ninguno.

Ahí tienen a esos pillos que, después de arruinar a muchos, a muchísimos, y de sisarnos a casi todos dineros para reflotar sus bancos -¿por qué tiene un ciudadano que reflotar esa empresa privada y no otra cualquiera de las que quiebran y allá ellos?-, van y se indemnizan a sí mismos con millonadas de euros, así, por el artículo 33, a punta de Mont Blanc. Y eso, se vea como se vea, es un atraco. Si el código penal dice otra cosa, el código penal está equivocado, mal… o interesadamente manipulado por ellos mismos, que se hacen la lay y la trampa. El código penal, por lo que se ve, está para otra cosa, como para condenar a los pillos menudos o a los asesinos insignificantes, siempre que no sean del chiringuito, o ahí tienen las sentencias, sin ir más lejos, o que muchos de los puestos por la ley en el ojo del huracán, ministros incluidos, ni siquiera tendrán que pasar por un juzgado. Pueden trapichear, cobrar comisiones, asignarse indemnizaciones de asalto, otorgarse jubilaciones y derechos de Midas, jugar con la ley y los ciudadanos, y serán impunes, porque el código penal los bendice y los tribunales, sus tribunales, también. En muchos casos, en casi todos, ninguno de estos delitos ni siquiera es considerado delito. Y así nos va, claro.

Dicen que dicen y dicen que vivimos en democracia y que el poder reside en el pueblo. Y lo dicen sin sonrojarse, sin que se les escape una risa floja por el colmillo o sin que les mueva un pelo del tupé. Tengo algo más de medio siglo y he vivido en dos regímenes contrarios, dictadura y democracia, y nada como esto, nada, palabra, en ninguno de los sentidos. Con razón se demoniza a aquello y con razón quienes mucho ganan con sus atracos bendicen esto. No; no soy partidario de dictadura alguna –las detesto-, pero esto es forrar de oro lo más abyecto, lo digo sin pelos en la lengua y sin complejos intelectuales: esto, señoras y señores, es una mierda como la santa catedral de Toledo. Los ladrones cambiaron de bando y los negocios en gordo ya no se hacen desde los tugurios mafiosos: hoy la cosa se organiza de otro modo, con pandemias inventadas, crisis artificiales, indemnizaciones, inversiones, jubilaciones, derechos de pernada, ayudas a los bancos, subidas de impuestos a los trabajadores, ventas de países, pérdidas de derechos civiles, privatizaciones espurias, especulación salvaje, guerras provocadas, autoatentados, dispensas a políticos y a pistoleros, etcétera. No sé si lo de entonces tenía un semblante luminoso, pero lo de ahora por cierto lo doy que tiene el más siniestro rostro (y más duro que el hormigón).

La democracia, de ser buena y no otra cosa, está muy, pero que muy enferma, y los llamados demócratas, o son memos, o están muy, pero muy dormidos…, o muy, pero que muy asustados de aquéllos a los que eligieron para gobernarlos. A lo mejor por eso les consienten que los roben y se asignen derechos, pensiones e indemnizaciones millonarias, y, tal vez, como en su modelo USA, en breve hagan leyes para asesinar a sangre fría, sin juicio ni pruebas, a los ciudadanos que deseen, les caigan antipáticos o les convengan, simplemente invocando el interés o la seguridad del Estado. Debe ser del estado de sus intereses pecuniarios a lo que se refieren, al de su latrocinio, al de su corrupción moral y emocional, o al del estado de su caja particular. Los atracadores, hoy, no viven extrarradios de la sociedad, sino que la comandan, llevan trajes y son muy corteses, siempre pidiendo que se hable con educación y en voz baja..., y, a ser posible, sin decir palabrotas.

 
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