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Opinión

Etiquetas:   Con la mano en el corazón   -   Sección:   Opinión

Coherencia

F.L. Chivite
Redacción
sábado, 2 de abril de 2005, 22:05 h (CET)
Fíjense en ese tipo. Hace unos cinco años dejó de fumar. Fumaba más de un paquete diario pero lo dejó por orgullo. Era concienzudo y disciplinado. Le gustaba hacer las cosas bien y que los demás se dieran cuenta y le felicitaran por ello. Por aquel entonces, todo el mundo estaba intentando dejarlo con gran esfuerzo y constantes recaídas. Pero él no podía permitirse fallar. Dijo que no volvería a encender un cigarrillo y no lo hizo. Y, naturalmente, el aplomo y la fuerza de voluntad que demostró provocó una oleada de admiración a su alrededor. Supongo que es muy grato ser admirado por algo y él encontró en eso una buena razón para seguir esforzándose. Al poco tiempo decidió dejar de beber alcohol. De los efectos perniciosos del alcohol no hay ninguna duda. De modo que se hizo abstemio. Ni siquiera se permitió una cerveza. Y también lo cumplió. Era de los que opinan que las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas. La gente le miraba sorprendida y eso le daba fuerzas. Acto seguido, dejó de comer carne.

Decía que la carne tampoco era buena por muchas razones. Y se hizo vegetariano en un abrir y cerrar de ojos. Aseguraba que nunca se había sentido mejor y que era un hombre nuevo. La gente le miraba con respeto y le ponía de ejemplo. Y en cierto modo eso supuso su perdición. Porque ya no pudo parar. Sentía algo, un mandato interior o algo así, que le exigía ser coherente con la línea que había iniciado. Después la emprendió con la televisión. La televisión era nefasta. En esto también tenía razón, por supuesto. Afirmaba que su estética vulgar y sus contenidos violentos adocenan a la sociedad. Así que la desenchufó de un manotazo y no volvió a encenderla nunca más. Y a continuación hizo lo mismo con los periódicos y demás publicaciones. Dejó de leer. Su semblante se transformaba día a día. Pronto le resultó placentero eso de dejar cosas. Decidió prescindir de todo lo superfluo. Y en poco tiempo dejó de utilizar el coche, de ir al cine, de practicar el sexo, de actualizar su ropa y un montón de cosas más. Asumió un discurso anti-sistema que pronto pasó a ser un discurso anti-todo. Porque no le costó nada llegar a la conclusión de que todo era superfluo, cuando no sencillamente deplorable. Excepto él mismo, claro. Hasta el punto de que empezó a ver a sus semejantes como a potenciales enemigos: unos seres pusilánimes, incapaces de defenderse y a la vez virtuales propagadores de todo tipo de venenos. Lo que le ocasionó un carácter hosco e hirsuto. Por una parte era, en efecto, digno de admiración: lo sería tal vez, en cierto modo. Pero por otra, resultaba insoportable: no había manera de aguantar ni diez segundos en la proximidad de tan asfixiante coherencia.

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