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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Razones para un apocalipsis


El problema al que se enfrenta la humanidad es el de su propia supervivencia


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
domingo, 9 de octubre de 2011, 09:01
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A cada cultura, a lo largo de la Historia, se la puede considerar como un ser humano, con sus órganos –gobierno=cerebro, policía=leucocitos, hacienda=glóbulos rojos, masa obrera=esqueleto, empresarios y autónomos=músculo, artistas y comediantes=endorfinas, etcétera-, con sus edades –nacimiento, adolescencia, juventud, madurez y extinción o muerte-, con sus emociones –alianzas y enemigos- y con sus aspiraciones –domésticas o imperiales-. Y también el conjunto de la humanidad, visto desde cierta perspectiva, también es como una criatura en todo semejante a cada individuo. De alguna manera, es como un juego divino de fractales en el que lo mismo se repite una vez y otra a distintas escalas, desde lo muy individual o mínimo (la célula) a lo macrosocial (la humanidad), pues el hombre tiene tan poca conciencia de que forma parte de un corpus enorme (la humanidad), como cada una de nuestras células de que forma parte de nuestro cuerpo.

El individuo, a medida que va creciendo y se va abriendo a la vida, va enfrentándose a distintas problemáticas, las cuales van formando su carácter. El niño, por ser niño, tiene tan poco contacto con la realidad que ésta le genera mínimas dudas o incertidumbres; pero a medida que se abre al mundo, que experimenta sus posibilidades a través de su interrelación con sus pares o con el medio, va obteniendo respuestas positivas o negativas, afectos y desafectos, peligros y seguridades que le abrirán a la inteligencia, surgiéndole entonces, por tener mayor contacto con la realidad, más y más preguntas o incertidumbres. Si durante la etapa de ascenso de su vida, hasta alcanzar la madurez, el objetivo fundamental del individuo fue acopiar más y más experiencias, a menudo sin mucho criterio, es a partir de la madurez, cuando comienza el descenso hacia su extinción, el momento en el que empieza a eliminar lo que le sobra y a quedarse con lo que le ha sido útil, sintetizando su existencia, frecuentemente, en unas pocas cosas: unos afectos, unas seguridades o certidumbres, unos rencores…

En esa deriva por la vida, hay momentos en que el individuo se enfrenta a su propia supervivencia, y éstos suelen estar encuadrados en la adolescencia y en la juventud –juventud e ignorancia (o inexperiencia) son el elementos del cóctel más peligroso para el hombre-. Es en esta edad en la que el individuo comprender que sus juegos pueden tener consecuencias dramáticas, y mejor que lo comprenda enseguida o, de otra forma, pueden suponer su propia extinción, su personal apocalipsis. Pues justo en esta edad, se encuentra la humanidad en su conjunto: en la peligrosísima adolescencia.

Aunque muchos de mis lectores habituales me conocen como articulista de éste y otros medios de comunicación social, soy, en realidad, un escritor al antiguo uso, un novelista en el sentido del Quattrocento, ése movimiento que dio a origen a la novela como una forma de masificar (vulgarizar) la discusión filosófica y trascendente, sacándola del exclusivo y restringido círculo erudito para, a través de una historia y de una plástica literaria, extenderla al contexto del conjunto social. Tienen mis novelas, pues, distintas lecturas, según la inteligencia y capacidades del lector, pero siempre se refieren a un asunto de debate concreto, sea el argumento aparente la Guerra Civil española, los avatares de un verdugo o el devenir de un héroe de la Conquista. Sin embargo, queriendo sintetizar todo esto de una manera muy específica, en un momento dado me pareció que no era lo bastante directo el mensaje que estaba dando, que no era suficiente con presentar la queja y mostrar la fealdad o la belleza de la condición humana individual, y me animé a escribir lo que llamé la Constitución Deontocrática, una pequeña obra sin grandes pretensiones en las que propongo una sociedad más humana (en lo positivo), sostenible y racional para todos los elementos que la conforman y el medio en el que se interrelacionan, por más que no pase de ser una utopía.

El objeto de la Constitución Deontocrática (promoción de los más capaces o los mejores), es, en cierta forma, un grito de alarma, un aullido de aviso a una sociedad que se está enfrentando, o sí o sí, a su propio apocalipsis, a su autoextinción. Y esto es así, porque la bestia que hemos creado, ese bicho al que llamamos humanidad, carece de valores morales y de loables objetivos, pues que se conduce como un ignorante adolescente que vive creyendo que todo es posible y que la desgracia, en todo caso, es algo que amenaza a otros, siempre a otros. Y no es así.

El sistema que hemos creado –el bicho-, es un ser que tiene vida propia, carácter y autonomía, y o le remodelamos el carácter o con toda seguridad nos enfrentamos a nuestra propia extinción. Por una parte, nuestro orden se basa en el crecimiento productivo y económico, pero en un medio limitado (el planeta), y en una acumulación (seguridad de supervivencia individual) ilimitada, pero en un medio limitado (nuevamente el planeta). El resultado, como no puede ser de otro modo, es lo insostenible, y no hay más que mirar al estado de nuestros ríos, nuestros mares, nuestro aire o lo contaminado de nuestra alimentación para comprender que ya estamos contra las cuerdas de la propia supervivencia, y, a pesar de esto, la población sigue creciendo sin cesar en una progresión geométrica, demandando más y más bienes, capitales, servicios, empleo, etcétera, a la vez que creando mayor expolio del medio, depredación de recursos, conflicto social, desequilibrio, etcétera. En cierta forma, como digo en algunas de mis novelas (con mucha anterioridad a que este término estuviera popularizado), somos la enfermedad de nuestro planeta.

El sistema, el bicho del que formamos parte, no puede cambiar por sí mismo si no aprovecha sus oportunidades. De sobra es conocido que lo aparentemente malo de la vida es una oportunidad de cambio, algo positivo, si es que se entiende bien. A este respecto, y cuando los pérfidos poderes económicos de nuestra egoísta sociedad desataron la crisis artificial que nos concierne, dije desde esta misma columna que era el mejor momento para el cambio, que era una oportunidad sin igual para invertir en un retorno a la razón, aprovechando la ingente aplicación de recursos para paliarla que se emplearon en promover que esa parte de la sociedad que se había visto contra las cuerdas de la supervivencia y estaban en el desempleo, fueran alentados a regresar al medio natural, al campo, en unas condiciones tecnológicamente aceptables: bueno para ellos, bueno para todos (el campo está deshabitado), bueno para el planeta. Sin embargo, los políticos ofrecieron empleos falsos y coyunturales, porque lo que les interesaba eran los votos y no las soluciones al conflicto social y moral de la sociedad, querían vivir del cuento, y, para eso, necesitaban mantener a la población trabajadora en una situación de disponibilidad, de modo que invirtieron en nada, en más de lo mismo, en Planes E o inversiones absurdas que sólo supusieron el mayor endeudamiento de la sociedad, de modo que ahora, para poder pagarlo, hay que crecer más, depredar más, expoliar más, sufrir más. Es el Uróboros, la serpiente que se muerde la cola, el eterno regreso al dolor, porque somos incapaces de romper el círculo.

Los recursos del planeta son cada vez menores y la población se multiplica a sí misma cada vez en menos años. Esto no puede continuar así, estamos en el punto crítico de atravesar el umbral del no-retorno, y, o cambiamos ya, o nos enfrentamos a un holocausto provocado explícitamente por los mimos hombres, y con toda seguridad encabezado por los que menos moral tienen, que son precisamente los más poderosos.

Hace años, no muchos, poco más de una veintena, se desarrollo un plan llamado Alternativa-3, en que las potencias, analizando esto, comprendieron que no se podía corregir la conducta inmoral y depredadora de este bicho social (Alternativa-1), que tampoco se podía controlar a la población y su proliferación (Alternativa-2) a pesar que por entonces se regalaban aparatos electrónicos a quienes se esterilizaran, se desarrolló la píldora contraconceptiva y se masificó el uso del preservativo, y, como ninguno de esos planes era viable, optaron por el desarrollo de la Alternativa-3, que supone la extinción provocada de buena parte de la humanidad, reduciéndola a una población significativa mínima y eliminando a la demás. Un plan éste, que no por descabellado fue único, pues durante el gobierno de Jimmy Carter se desarrollo el Tratado de Iron Mountain, que articulaba la forma de llevarlo a efecto, o en el Proyecto hombre 2000, ya en los finales de los 80, que proponía la fórmula para reducir la humanidad a 2000 millones de almas, eliminando a algo más de 3500 millones de seres humanos mediante enfermedades controladas (SIDA, Gripes, Ébola, etc.), por supuesto comenzando por los colectivos más contrarios a la pureza eugenésica (hemofílicos, homosexuales, criminales, etc.).

Algunos de estos planes, una vez descubiertos o hechos públicos (hay quién dice que intencionadamente como aviso o advertencia de los poderosos de lo que podría llegar a pasar si no se detenía el desastre por otros medios), fueron descreditados o desinformados, llegándose en algunos casos, como es el de Alternativa-3, a decirse que eran bromas para el equivalente anglosajón al Día de los Inocentes latino. Sin embargo, no sólo no es así, sino que los mimos planes siguen estando en el candelero y en vías de una aplicación masiva. La Gripe Aviar, la Gripe A o los nuevos brotes de enfermedades infectocontagiosas que están apareciendo en distintos lugares del globo, no son sino una continuación de esto, los cuales, aun fallando, no suponen sino un medio de enriquecimiento de los que proyectaron esos mismos planes.

A todo esto ha de sumársele los movimientos militares actuales que nos hacen prever en breve un conflicto de enormes dimensiones. Los apocalípticos, curiosamente, están siendo promovidos en ambos bandos, así el Occidental como el Musulmán, el Sionista o el Oriental. Hay ruido de sables y botas que marcan el paso de la oca, y bien pudiera ser que nos levantáramos una mañana con la noticia de que nuestra vida cómoda y ordenada ha cambiado para siempre. Demasiadas evidencias hay por todas partes, desde la implementación de recursos de infraestructura para contingencias de conflicto masivo (campos de detención, elaboración de listas negras y rojas, control de la información, etc.) a movimientos estratégicos puramente militares (escudo antimisiles, movimientos de tropas, posicionamiento estratégico de tecnología avanzada, despliegue de flotas y cuerpos de ejército a los límites de las áreas potenciales en conflicto, etc.), a lo que ha de añadírsele las pruebas masivas de ejercicios militares de las superpotencias, las filtraciones (interesadas o no) de planes de agresión a objetivos muy específicos (Irán, Corea del Norte, Paquistán, Sudán, etc.), y, por supuesto, a los enfrentamientos marginales que están teniendo las superpotencias (Rusia, EEUU y China), ya sea en la economía o en la interceptación como aviso de pruebas balísticas, como el misil ICBM norteamericano recientemente derribado por Rusia en el Pacífico.

La posibilidad de que en los próximos meses tengamos una conflagración global es mucho más alta de lo que la mayoría imagina. Demasiados codos rozan el tintero –ya lo he dicho muchas veces- como para que alguien no lo derrame sobre el pliego. Y, en cierta forma, es la consecuencia lógica a un carácter egoísta y descerebrado de ese bicho colectivo que llamamos humanidad. Todo tiene consecuencias, y es por nuestra propia ignorancia que nos estamos poniendo en la tesitura de optar entre la supervivencia de todos o la extinción masiva. Nunca el futuro estuvo tan en nuestras manos, pero para tener ese futuro nunca fue tan necesario que evolucionáramos a nivel individual, produciendo el cambio de carácter desde cada célula al conjunto del organismo.

Es una obviedad resaltar que el medioambiente da síntomas evidentes de rendición, y que, de seguir por este camino, nos enfrentamos a un holocausto por falta de recursos. Es necesario el cambio, y un cambio radical. Ningún hombre, en la tesitura actual, se puede salvar solo. Hay que plantearse un porvenir de armonía, o tendremos que enfrentar una extinción colectiva. En lo que a mí respecta, no sólo me empeñado a lo largo de mi vida literaria en denunciar lo que no funciona o es terrible y en ensalzar con sentidos ditirambos la belleza y lo sublime de la condición humana cuando vibra en armonía con su medio, sino que también he propuesto (sin mucho éxito) una fórmula alternativa, quizás ofreciendo una solución a este devenir que nos tiene instalados en la adolescencia de la especie. Si no queremos enfrentarnos a nuestro propio apocalipsis, es hora de variar nuestro carácter estableciendo un nuevo sistema distinto a éste que nos ha puesto ante esta locura de acontecimientos que está por extinguirnos. Y a ese nuevo sistema, a esa solución utópica social que he imaginado, para aportar una solución y no sólo la queja, la llamé deontocracia. No sé si es la mejor, pero es la única que alguien ha escrito y propuesto en todo el mundo, al menos que yo sepa. En nuestras manos, de cualquier modo, está abrir la puerta que nos conduzca al futuro en armonía o a la extinción colectiva: no hay más. La salida airosa de nuestra adolescencia está en nuestra capacidad de adquirir responsabilidad.

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