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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
España, Escoña, Españistán


Nos movimos entre lo excepcionalmente sublime, para desembocar entre lo ridículamente hilarante y lo dolorosamente casposo


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 7 de octubre de 2011, 09:04
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España ha dado singulares valores y hombres excepcionales a la humanidad, pero fue en tiempos remotos. De todo aquello no quedan hoy ni recónditos vestigios, y parece mentira que alguna vez haya podido ser este país cuna de tan enorme talento, o de alguna clase de talento tan siquiera. A lo más, hoy, nos desenvolvemos de forma cotidiana entre lo ridículamente hilarante y lo dolorosamente casposo, no importa en qué segmento de la sociedad reparemos, ya sea en lo más alto el poder o a ras de calle.

Siempre he dicho que mis tres hijas mayores me dieron enormes satisfacciones: la una, es una excepcional arquitecta; la dos, una brillante doctora en Ciencias Medioambientales; y la tres, abandonó Derecho. La cuarta, ya veremos en qué da (con el actual sistema educativo lo imposible está al alcance de la mano, como que un burro reciba el Premio Nacional de lo que sea), pero si llega a hacer Periodismo para cosas tan ridículas y risibles como cubrir la casposa noticia social de la disparatada boda de esa duquesa o cualquier otra chorrada por el estilo en un planeta que se descuartiza entre enormes problemas vitales, aunque los memos legisladores que tenemos (no dan para más) lo hayan convertido en delito, palabra que la doy un cachete.

España: sol y amargas lágrimas. O, lo vale casi lo mismo, España: sol y caspa. O Escoña, porque es para llorar; o Españistán, porque, aunque parezca que estamos en el Primer Mundo, en realidad estamos culturalmente en el Tercer Submundo. Una pena, pero así es. Ya se ve que si dimos talentos como los numerosos nombres que orlan el Siglo (o siglos, porque fueron dos) de Oro, o a insignes autores como los de la Generación del 98 o del 27 o los modernistas, hoy nos tenemos que conformar con que nuestro egregio gurú sea Sánchez Dragó, qué le vamos a hacer. A esto, señoras y señores, hemos llegado: a la antesala de un merecido Apocalipsis.

Y, sin embargo, no es en lo único, lamentablemente. Véase, sin ir más lejos, que tenemos un hilarante partido que nos gobierna, que lo mismo dice una cosa que la contraria, y no se despeina ni se ruboriza. Como un partido peronista cualquiera, en fin, pero con risa. Los mismos que gritaban “OTAN no, bases fuera”, colocaron a quien escribió “100 razones para no entrar en la OTAN” como Secretario General de la OTAN, y a quien se manifestó como visceral antiamericano y partidario de no tener en el sagrado suelo patrio una base extranjera, Zapatero, le han concedido el dudoso honor de convertir a España, Escoña, Españistán, en blanco nuclear de cualquier enemigo del Imperio al convertir a Rota en centro de operaciones navales del Escudo Antimisiles, los cuales enemigos ni son pocos ni ninguno es manco, y es sólo cuestión de tiempo nada más, y menos que más, que alguno le salga contestón. Bien por el PSOE, un partido acorde con la realidad que nos abruma, y sus tradicionales síes pero no o sus noes pero sí.

Nada desacorde en este país donde nos dirigen quienes, legitimados por los votos recibidos y deslegitimados por sus propias acciones y capacidades, no tienen ni una ligera idea de lo que siente o padece el ciudadano medio, se suben los sueldos mientras generan millones de desempleados y se los bajan a los que tienen un trabajo, viven como marajás en el país que están inundando de miseria, rebuscadores de basura y leyes ridículas, ni trabajan ni tienen la vocación de hacerlo pero igual se conceden jubilaciones de superlujo por siete años de vivir como parásitos mientras los ciudadanos deben cotizar cuarenta, y hasta cuando se marchan porque se les hecha a patadas (que es no recibir los votos necesarios), se organizan para ponerse al frente de chollos fabricados ad hoc para llevarse un pastón sin renunciar al pastón jubilatorio, quién sabe si porque durante los años de su ejercicio realizaron los debidos servicios a favor de los empleadores. Y eso, los que no se han forrado el hígado por vía directa o indirecta, que no son pocos y se debería crear un Ministerio de la Corrupción, al menos para que algunos no se tengan que despedir a sí mismos como aquel infausto Director de la Expo que se dio a sí propio la carta de despido cuando se terminó el chollo, y, como no se la entregó a sí mismo con el plazo reglamentario de quince días de preaviso, se indemnizó a sí mismo con una millonada, o como esos banqueros que, después de poco menos que quebrar su banco y de recibir una mil millonada de dineros públicos, se retiran indemnizándose a sí mismos con una veintena larga de millones de euros. Y todavía, a pesar de que los tales no han de tener ni formación exigible ni estabilidad emocional demostrada (vale cualquier individuo para ser señoría, aunque esté p´allá), los hay que defienden su honradez y capacidad: díganme si no es para tirarse de los pelos.

Claro que, puestos a contar ridículas miserias, podríamos redundar sobre esa Justicia que considera que cuarenta y tantas puñaladas no es ensañamiento, que llevar la falda corta es provocar que la violen a una, que llamar zorra su mujer y decir que terminará en una caja de pino no vale más que una multa, o que Bildu son buenos chicos o que del Faisán, en fin, pelillos a la mar. Y podríamos hacerlo sobre esa Educación que es adoctrinamiento, o sobre esos sindicatos que, inanes y cobrando por los millones de desempleados, se enfrascan ahora en una lucha suicida por un colectivo sin la preparación adecuada que produce más fracaso que éxito escolar, con más derechos y vacaciones que un multimillonario y con menos horas de trabajo que un desempleado. Y podríamos seguir así con casi todo, como con ese Ejército profesional que precisa de seguratas para guardar sus cuarteles y que, a pesar de ello, les guindan las armas porque, ¡ángelitos!, estaban durmiendo, aunque no duermen cuando se trata de servir a quien manda en verdad, ya sea en Afganistán, en Líbano o donde el amo les mande, que para eso están los gobernantes para decirle: “¡Señor: sí, señor!”

Ah, pero es que todo esto no es sino el resultado de muchos decenios, tres, de adoctrinamiento en la estulticia popular y el descerebramiento ciudadano, con esa cultura de verdulería difundida desde las televisiones que ya es acervo popular, esa calidad artística que a algunos les ha llevado a enlatar sus excrementos y a otros a hacer teleseries o telenovelas, o ese famoseo de gentes con culo por cerebro que tanto sorbe la atención del respetable, etcétera. Tenemos, al fin, lo que nos merecemos, porque ninguno de nuestros dirigentes, los que nos han puesto entre la irrisión y la caspa, es un dictador, sino que ha sido elevado a los altares del mucho chupar del bote y más mangonear para beneficio propio y de los suyos, por los votos de los maduros ciudadanos (intelectualmente). Sólo queda exigir, pues, para ser algo coherentes con nuestra dolorosamente ineludible realidad, un referéndum para poner a nuestro subsidiado país de otros el nombre que le corresponde en verdad: Escoña o Españistán.

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