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Mentir diciendo la verdad
Las peores de todas las mentiras son aquéllas que se enmascaran de verdad
Entre las prácticas políticas más deplorables de nuestro tiempo –si es que alguna vez en política las hubo que no lo sean-, ocupa lugar preferente el mentir diciendo la verdad. Un artificio idóneo para que, aunque les sorprendan en el más estrepitoso renuncio a quienes mintieron como bellacos, tengan un escotillón de escape seguro, una gatera a través de la cual huir de sus propios testimonios y hacer lo que mejor saben, que es engañarse también a sí mismos. Sin embargo, es, tal vez, el más usado recurso del mundo en el manejo de masas, conduciéndolas con estas mentirosas verdades hacia los falsos paraísos de sus intereses particulares o de partido, los cuales, en realidad, no son sino pavorosos infiernos.
“Estamos padeciendo una enorme crisis que requiere de la abnegación, sacrificio y patriotismo de los ciudadanos”, dicen, y es verdad; pero callan que es una crisis producida artificialmente por los mismos que se benefician de ella, a la vez que piden como solución de la misma un patriotismo del que abjuraron hace sólo unos meses o unos años, cuando usaron a los emigrantes como herramienta para rebajar los derechos de los nacionales –“todos somos ciudadanos del mundo, y también nosotros emigramos en su momento”, decían entonces-, a menudo dejando a los nacionales en desempleo, cuando no ofreciendo ayudas sociales a todo aquel que lo reclamaba, siempre que no fuera español. Ejemplos sobran. Desde esta misma columna, en esos no tan lejanos años en que el patriotismo estaba mal visto y era exclusivo de la extrema derecha, advertí que exactamente esto es lo que pasaría, y que cuando llegaran las moradas –éstas que vivimos-, se recurría al patriotismo por estos mismos golfantes que entonces renegaron de él, como es el caso del PSOE, quienes solían decir, y tenían razón desde aquel concreto punto de vista, que “los nacionalismos han sido superados”, sólo que ocultaban que sólo en ese momento y sólo para salirse con su encanto, porque ya vemos que no, y que ahora lo que prima es que seamos patriotas a la hora de arrimar el hombro y aflojarles la pasta o el voto, como lo que prima es ser patriota cuando se trata de morir por ellos, los choris; el resto del tiempo, ser patriota es antinatural.
“Este acto terrorista ha sido una infamia contra toda la nación”, dijeron cuando los grandes atentados atribuidos a fanáticos islamistas en los últimos años y en distintas partes del globo, y es verdad; pero ocultan que es más que probable que los propios dedos de los arengadores estuvieran metidos en el asunto, y que tal vez esos islamistas fanáticos fueron empujados a hacerlo, como chivos expiatorios, por los propios servicios secretos, para tener así la justificación o falsa bandera con la que invadir países para apropiarse de sus recursos, invertir cantidades inmorales en ciertas empresas de seguridad para un mayor control de los ciudadanos y armar con estos polvos los lodos de uno de los más prósperos negocios de la modernidad, siempre recurriendo al consabido patriotismo de quienes irían a morir tan contentos a lejanos infiernos para mayor gloria de las propias multinacionales que organizaron el tinglado.
“Se ha desatado una pandemia a la que hay que enfrentar con todos los recursos disponibles”, dijeron, y era verdad, al menos formalmente, pues que había víctimas del mismo mal en el número de países establecido por la ley de pandemias, si bien ocultaron que era más que probable que la enfermedad fuera inoculada artificialmente en el tejido social de algunos países, que se modificaron las leyes para que la tal pandemia pudiera ser declarada y que fue la alarma de las propias autoridades sanitarias la que desató el más enjundioso negocio de las farmacéuticas, las cuales se hincharon a vender placebos a precio de oro, obligando a los ciudadanos a gastarse, a través de sus interesadas autoridades políticas, auténticas mil millonadas buenas para nada, pues que no tenían los remedios en cuestión utilidad alguna ante una enfermedad que, en realidad, ni siquiera existía.
“Ningún cometa puede afectar en forma alguna a la Tierra”, dijeron respecto de Elenin las autoridades de la NASA, y es verdad que ningún cometa con un núcleo de tres o cuatro kilómetros de diámetro puede afectar a la Tierra si es que no choca directamente contra ella; pero ocultan intencionadamente que Elenin, si es que es algo más que una mentira urdida por ellos mismos, no es un cometa, sino que de ser algo es un planeta (Nibiru) que nada tiene que ver con Elenin, si es que no es un agujero negro.
"Tal cantidad de radiación o de tóxicos es inocua para el consumo", dicen las autoridades sanitarias, y es verdad; pero no lo es si consideramos que esa radiación o esos tóxicos son acumulables porque no se pueden eliminar del organismo, de modo que el consumo continuado produce males fatales contra la salud, a menudo luego desviados hacia el tabaco, síndromes de hiperactividad o de déficit de atención (en el caso de los niños y los conservantes, colorantes y saborizantes de los alimentos infantiles, bollerías y dulces), consiguiendo de esta forma el doble objetivo de eliminar costosos controles sanitarios y no entrometerse en los intereses de las empresas a las que protegen.
Y así con todo. Mentir diciendo la verdad, es la forma natural de expresión de nuestras autoridades. Nuestra realidad de cada día está llena de poderosos mentirosos que dicen continuamente la verdad, pero enmascarando en ella las peores y más detestables mentiras, y disponemos de pretendidamente justas leyes que consagran con letras doradas las mayores de todas las abominaciones. Y esto es así, porque siempre hay argumentos para defender una cosa… y su contraria, de modo que se descuella aquello que interesa para ocultar o ningunear lo que puede resultar contrario a los propios intereses que se persiguen, los cuales suelen tener más que ver con conseguir apropiarse de la voluntad y los recursos de la ciudadanía –ya se sabe, aquellas intenciones goëbbelsianas- que con servirla en forma alguna. Una clase política que ha elevado a la categoría de arte el mentir diciendo la verdad.
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