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Etiquetas:   El Consueta   -   Sección:   Opinión

Logros y errores de Interior

Félix Población
Redacción
jueves, 31 de marzo de 2005, 22:54 h (CET)
Un país tan sensibilizado y sufrido como el nuestro por la incidencia del terrorismo debería felicitarse por la actuación del Ministerio del Interior en los últimos meses. La labor del señor Alonso al frente de su departamento se puede calificar a estas alturas de notable por la diligencia y éxito de las operaciones policiales desarrolladas. Tanto el oscuro activismo de tendencia islamista como el etarra, cuya deseable extinción aún puede sorprendernos por su rabia final, han sufrido las consecuencias del rigor y la efectividad sin triunfalismos con que Interior ha desempeñado y expuesto su meritorio trabajo. Ese proceder denota inteligencia y cautela ante una misión que más que ninguna otra nunca ha de confiarse a la vanagloria. La entidad del fenómeno a combatir así lo aconseja.

Donde no ha llegado ni siquiera al aprobado el señor Alonso es en esa otra área adscrita a su cartera que cada Semana Santa depara al país una estadística estremecedora. Una sola muerte más en las carreteras con relación al año precedente es de por sí un indicador inequívoco de fracaso. Máxime si para prevenir la accidentalidad en ruta se ha invertido presupuesto en la confianza de haber acertado con el diseño y los fines de la campaña de sensibilización. Ni las consignas luminosas, ni los coches camuflados de la benemérita, ni las amedrentadoras imágenes publicitarias han conseguido rebajar esta vez el recuento de víctimas mortales.

Sin embargo, como cada año por estas fechas, una vez más se han repetido las causas fundamentales de los siniestros: velocidad excesiva y falta de uso del cinturón de seguridad. Visto que ni la una ni la otra son tomadas en serio por quienes se juegan la vida vulnerando las normas establecidas, compete a la Administración una mayor severidad en la aplicación de medidas y sanciones que eviten tanto derroche de conducción acelerada y negligencia. O sea, de tanta muerte.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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