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Etiquetas:   A botepronto   -   Sección:   Opinión

Morir de hambre

Anado Uni
Redacción
miércoles, 30 de marzo de 2005, 20:47 h (CET)
Existió no hace mucho un hombre que se consideraba maldito y es que no había tenido suerte. Una mala caída en la juventud le había condenado a una vida horizontal, incapaz de mover su cuerpo más allá de girar la cabeza. Decidió que aquella vida no merecía la pena ser vivida y luchó para darle al menos una muerte digna.

Pero no es este hombre quien nos interesa, sino una mujer que buscó a su modo la perfección. Quizá por gustarle más al marido, quizá por gustarse más a si misma. Se puso una dieta estricta y se fue al suelo de golpe, perdiendo toda conciencia. Se convirtió sin quererlo ni buscarlo en representación actual de la protagonista de los cuentos infantiles y no hubo besos que la despertaran.

Transcurrieron los años que trajeron nuevas modas, nuevos bailes y nuevas dietas. El mundo cambiaba para todos, unos iban a mejor y otros a peor. Menos para ella. Se detuvo el curso de los años en un minuto eterno porque los médicos decían que no tenía conciencia, no era capaz de percibir nada de su alrededor. No estaba llamada más que a envejecer.

Unos años más tarde aquel marido abnegado que la había visitado tanto y querido tanto, que había obtenido judicialmente una buena suma de dinero, desveló una de las últimas conversaciones con su esposa. Y es que la imposibilidad de repetir un acto convierte cualquiera anterior en postrero. Las mismas bocanadas de aire que di al nacer fueron de algún modo, roto el tiempo, las últimas. El marido reveló que quizá en una conversación trivial, o quizá en un anochecer romántico cuando se cogían las manos en el porche, ella le dijo que no quería ver su vida mantenida artificialmente. Que prefería morir a vivir encadenada a las máquinas.

Esa mujer, desconectada ya, no de una máquina que le diera el aire que respira, sino el alimento y el agua indispensable apura el tiempo que le queda. Decidieron que sí, que el marido debía tener la razón, y le quitaron el sustento que la mantenía viva. No más agua, no más comida. Los labios y la piel se han cuarteado. Está deshidratada. Los ojos se le han ido hundiendo en sus cuencas como dos veleros a pique con el mar en calma.

Está tumbada aquí, si me giro la puedo ver, pero ya no miro. Yo soy el de la cama de al lado. Me dijeron que me iba ubicar junto a alguien popular y pensé que sería junto algún famoso y no junto a la doncella dormida de un cuento. La vienen a visitar mucho, miran su deterioro diario e investigan. Me han dicho que bien pronto traerán a un hombre con problemas cardiacos. Creo que ya oigo el chirriar de las ruedas en el pasillo. A ella aún le hablan, pero dentro de mí creo que la dejaron de considerar persona.
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Esta columna va dedicada a los que tratan a las personas como personas, y a Anuca.

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